El cordobés tomó por asalto el indie local, se convirtió en el protegido de Adrián Dárgelos y grabó uno de los mejores discos del año en un lenguaje compatible con el mainstream.

En las calles de Villa Urquiza, el empedrado separa veredas donde la arquitectura se distancia de la ciudad y comienza a mezclarse con el Conurbano. Es un martes a las 11 y el aire fresco de suburbio es acentuado con el silencio de los chalets, PH y edificios bajos. El barrio no se destaca por la presencia de oficinas, pero sí por los templos escondidos donde el rock hizo historia. En un radio de diez cuadras se levanta La Diosa Salvaje, el búnker-estudio donde Spinetta vivió sus últimos 23 años; también Melopea, la nave nodriza de Litto Nebbia; y El Pie, el monstruo hi-fi creado por Alejandro Lerner. Muy cerca, en un complejo de varios dúplex de fines de los 90, el timbre parece no funcionar. Hasta que, de repente, de la ventana de un segundo piso se asoma un flaco de remera blanca arrugada, pelo largo y barba espesa. Con los ojos entrecerrados y lagañosos, golpea su frente con la mano y dice: “Uhhh, guacho, ¡me reolvidé!”. Fran Saglietti, de 27 años, le dedicó varias canciones al insomnio en su tercer disco, Franco, pero hoy consiguió quedarse dormido.

En un living despojado conviven una cajonera, algunos libros, pocos vinilos, una guitarra acústica y un cuadro abstracto pintado por su novia, la artista y música Laura Hita. El departamento está en silencio. Sobre una mesa redonda hay un pequeño sintetizador que parece de juguete, pero es en realidad el Op-1, una maravilla del audio boutique. “Descubrí hace poco este bebito. Con esto gané la Bienal”, dice. Después de un fútbol 5 nocturno, Fran se acostó temprano, pero no concilió el sueño hasta entrada la primera luz de la mañana. Siendo su propio mánager, está ocupado. Y no es para menos. Se va de gira por un mes y medio a Europa, después siguen varias fechas en el interior argentino, Chile, Ecuador, Colombia, México, participaciones en festivales de cartel internacional y la edición física de sus dos primeros discos, Barbuda (2013) y Ra (2015). “Estoy recontento, a puro café”, dice entre risas.

“Es como si Fito Páez se juntara con Kevin Parker y tuvieran un hijo con microtatuajes dispersos, que se la pasa todo el día entrando a Pitchfork. El resultado es una de las voces medulares y futuristas de un indie que de a poco está alejándose del under”.

Franco, publicado en abril de este año, apareció solo meses después de Ra. Se trata de una colección de ocho baladas con instrumentación minimalista, que se resuelve en 24 minutos de folk, rock de raíz y un sutil bolero. Franco, el artista, es un cordobés trasplantado con un estilo único para componer y cantar. Se erige desde una óptica frágil y tímida, a través de un imaginario pop de producción cerebral sin límites; como si Fito Páez se juntara con Kevin Parker y tuvieran un hijo con microtatuajes dispersos, que se la pasa todo el día entrando a Pitchfork. El resultado es una de las voces medulares y futuristas de un indie que de a poco está alejándose del under.

Pero rebobinemos a unos años atrás. Un Fran Saglietti adolescente se aburre en un secundario católico ortodoxo de Córdoba capital. Sale los sábados “a ponérsela fuerte” con sus amigos y durante la semana sueña con ser jugador de fútbol, empujado por el deseo colectivo, y un poco por la simpatía con el club Instituto de Córdoba. No tiene un lenguaje musical extenso, pero, como hobby y por sugerencia externa, empieza a tocar el bajo. Sus padres, un dueño de frigoríficos y una profesora de Geografía, son cultores del trabajo sacrificado y lo empujan a seguir una carrera. Se mete a trabajar en un call center, estudia Comunicación Social y se pone de novio. Ama a su familia y a sus amigos, pero algo en todo eso no termina de encajar. En el medio, Juan Ingaramo, un conocido, tiene el plan de mudarse con su banda de Córdoba a Buenos Aires. Necesita un bajista y llama a Fran, quien, no muy seducido por la idea, decide rechazarlo. Dos meses más tarde reevalúa las posibilidades y elige abandonar su existencia serrana para vivir con tres músicos en una pocilga de San Telmo.

La aventura que empezó en 2010 duró solo dos años: “La banda, pum, quiebra. Mambos de ego, la de todos los realities. Y me quedé en la nada. Corta. Ahí, mágicamente, me empezaron a bajar temas”, recuerda Fran. De a poco, y sin currículum previo como compositor, creó Francisca y Los Exploradores, un conjunto unipersonal de pulsión curiosa y fuerza sensible para cambiar el mundo a través de canciones. Al mismo tiempo, en Buenos Aires, coincidió con Rayos Láser compartiendo varios shows con ellos. Así fue como Barbuda se editó en 2013 a través de Discos del Bosque, el nombre detrás de los lanzamientos de la fértil escena cordobesa encabezada por los Láser, Ingaramo, Hipnótica y De La Rivera. Gracias a su instinto poptimista y el encanto del relato existencial, el debut de Francisca puso en el mapa a un artista nuevo y subterráneo hablando en un lenguaje compatible con el mainstream.

“Tengo mi costado rebelde, piromaníaco. Siempre tuve eso de querer salir a romper. Justamente si todo el mundo esconde el rol, yo ya quiero ir a mostrarlo, romperlo y ponértelo en la cara”.

Rápidamente, la agenda empezó a llevarlo por el circuito de reductos porteños y hasta a una primera gira, hecha a mano, por Europa. En 2014, gracias a la inclusión de El día de la lenteja en un compilado de Geiser –el subsello de Pop Art dedicado a artistas nuevos–, logró tejer un lazo providencial con su curador, Adrián Dárgelos. “Fue en un show de Sheldon donde estaba Migue Castro, amigo de él, y me dijo: ‘Che, Adri me dijo que quiere hacer un disco con vos. Él pone el estudio’. Le dije que no porque yo estaba en otra”, recuerda. Para ese momento, Saglietti empezaba a coquetear con acordes nuevos para el sucesor de Barbuda. Ra, de 2015, se valió de una sonoridad disruptiva, donde algunos elementos de la paleta existente se fusionaron con kraut-rock, postpunk, psicodelia y guiños progresivos. También supuso un salto visual transgresor con los videos de Gorilas y Automático. El primero retrata al cantante bailando en un boliche, maquillado y vestido de mujer, mientras aparecen flashes pornográficos; y el segundo se adentra en la rutina de una familia disfuncional donde interpreta a una madre que asesina a su propio hijo. Las imágenes son en ambos casos escalofriantes y provocadoras, y funcionan como una antítesis de la calidez audible. “Tengo mi costado rebelde, piromaníaco. Siempre tuve eso de querer salir a romper. Justamente si todo el mundo esconde el rol, yo ya quiero ir a mostrarlo, romperlo y ponértelo en la cara”, dice.

Apenas terminado de cocinarse Ra, una convocatoria para La Bienal de Buenos Aires resultó tentadora. “Una vez que quedé seleccionado, ya empezó a ser como un laburito: reuniones, ensayos, clínicas, juntarse con el tutor, etcétera –resume–. Y en paralelo yo seguía tocando con la banda, presentando Ra. Pero cuando gané, ahí empezó la verdadera montaña rusa”. La experiencia le facilitó los fondos necesarios para Franco, y por eso en un mes había que tener un disco cerrado. La mitad de los temas se escribieron durante ese tiempo y la otra se completó gracias a un puñado de maquetas rescatadas. Saglietti había elegido un productor con quien al poco tiempo empezó a tener problemas, o como se refiere él: “Mambos de guita. El chabón medio que tiró una rara”. Aquel episodio inspiró la composición de Aspirinas, la apertura del disco. Sin productor y con el trabajo incompleto, Dárgelos apareció como refuerzo (agregó también sus letras y voz a El destino) y sugirió grabar en un día y una noche en JUNO, el cuartel general de Babasónicos. Con el tiempo ajustado, la preproducción era el momento clave para cerrar el proyecto. Saglietti llamó entonces a su viejo roommate, Juan Ingaramo. “No me acuerdo si fue que le dije que el productor ideal para zafar rápido era yo, como haciéndome el canchero –explica Ingaramo–. Le hice una propuesta: ‘Ya tenés dos discos con electrónica, edición moderna. Hagamos uno puro. Banda de rock, sonido clásico. ¿Te pinta?’, y él dijo ‘Re. Dale’. Lo que nos salvó fue esa idea inicial de hacerlo así”.

Gracias a su instinto poptimista y el encanto del relato existencial, el debut de Francisca puso en el mapa a un artista nuevo y subterráneo hablando en un lenguaje compatible con el mainstream.

A diferencia de sus contemporáneos, la arquitectura de la canción de Francisca no pasa por un proceso de ensayo y pulido. Se crea y se registra, pero no se detiene. Esa dinámica hace de cada show suyo una incertidumbre: puede tocar solo con una guitarra acústica haciendo tracks deformados de sus dos primeros álbumes, o bien con un sintetizador y una caja de ritmos mezclando el repertorio con covers trasheados de Sumo y Él Mató, o quizás en formato power trío psicodélico o quinteto que se expande a octeto cuando suma vientos y coros, como una big band hípster. Sofar, Matienzo, Niceto, Lollapalooza, no importa el escenario; el vehículo es la sorpresa. “Me parece clave esa improvisación que surge en el momento, fundamental para ser un explorador. No me gusta que sea como un acting de algo que ya hicimos mil veces. Me gusta que tenga algo único”.

Fran agarra su Macbook y trata de explicar ese sentido único, dándole play a The Life of Pablo, lo último de Kanye West. “Me encantó este disco del chabón. Reminimal. Los negros la redescubrieron. Tres capas, buenos vocals”, dice. Justo en el octavo tema, Freestyle 4, cierra los ojos y menea la cabeza. Cuando termina, prende el Op-1 y lo conecta a unos parlantes: “Mirá, te voy a mostrar algo”. Son ideas para un nuevo LP que ya está armando con un productor.

Suena un trap de percusión quebrada y voces graves pasadas por un vocoder tenebroso. Frena. Pasa a un sample de Duke Ellington, le baja un par de octavas. Frena. Suena el canto de una tribu africana. Lo sigue un fraseo de synth denso que parece un instrumental del rapero yanqui en boga, Fetty Wap. Se sube encima de la melodía cantando versos de Todos como vos, de Barbuda. Sin darse cuenta –o a propósito– está haciendo un show en su propio living. Frena y pasa a otra porción de audio. ¿Cómo se da cuenta Fran Saglietti de que una canción ya está terminada? “Es un momento en que estoy contento con la cosa y sale grabarlo. Pero me encanta reversionar todas las veces que pueda. Nunca digo ‘Ya está’”.