La cuarta edición amplió el eclecticismo de su grilla con los Ratones Paranoicos (y su último show del año), La Beriso, Eruca Sativa, Los Huayra, El Bordo, Perota Chingó, El Kuelgue, Nonpalidece, Emanero, Malajunta y más en cuatro escenarios. No es solo rocanrol, pero nos gusta.

“Viva el rocanrol, viva la Argentina”: mientras el pulso definitivo de Roy Quiroga sobre sus parches iba desarmando la épica hitera que levantó el riff inoxidable de “Para siempre”, último tema del último show del año de Ratones Paranoicos, Juanse alzó los brazos y tiró el saludo populista que justificó el delirio de la multitud −más de 15 mil personas− que se juntó en el predio de Tecnópolis, a propósito del Festival Nuestro.

“Ya tengo religión, no tengo ansiedad”, había cantado poquito antes, invirtiendo las tenencias y carencias que había manifestado en la grabación original (2000). Se sabe: Juanse profundizó su espiritualidad sin abandonar el rock, pero ya no es aquel que se trepaba a las cornisas de los escenarios durante el clima zapado que estiraba, por ejemplo, a “La nave”. Ahora prefiere acompañar a sus compañeros atornillado a una alfombra persa y evangelizando a su público nada más (y nada menos) que tocando hábilmente su guitarra, mirando hacia el mar de cabezas y trapos delante suyo con una visera fierrera de Mustang, que le hace sombra y tapa su inocultable cabellera canosa.

El epílogo de esta vuelta paranoica fue un paseo resumido por su carrera, a bordo del impecable soundsystem de big-band que reforzó y aumentó esas pícaras viñetas de “sexo, drogas y rock & roll” tan noctámbulas (“Destruida roll”, “Pesado burdel”) como psicodélicas (“Isabel”): se sumaron el motor groovero de Pablo Memi, la pasión guitarrera de Sarcófago, el swing de Germán Wiedemer frente a las teclas, un trío de vientos y los coros de Gori y Boconas (Flor Ibarra y Adri Rodríguez); un equipo ideal que entregó varias gemas de la amplia paleta estilística del catálogo ratón, desde el blues (“Damas negras”) al postpunk (en la atmósfera de “El hada violada”) e incluso un rockito modelo 2017 como “Los Verdaderos”, que desde la letra los impone como la única y original banda de rock que importa.

“Hay un montón de grupos muy buenos… nosotros nos quedamos a ver a los Ratones”, bromeó Juanse, pero parte de su público le hizo caso al retirarse tras su set. Más tarde, el mismo Escenario Rock sería ocupado por La Beriso, que por credenciales y convocatoria fue la segunda banda en importancia de esta cuarta edición del Nuestro. En veintidós canciones, lo de Rolo y los suyos tuvo un poco de cada uno de sus cinco álbumes de estudio, siendo mayoría las de “Historias” y “Pecado capital” (los últimos dos y sus más logrados trabajos, en los que supieron profundizar su identidad cancionera que resuena en piezas como “Risas de pobres” y “Cómo olvidarme”). Lo distintivo estuvo en el homenaje instrumental a Charly García (“De mí” y “Los dinosaurios”) desde el teclado de Conde Kunga, que derivó en uno a Andrés Calamaro (“Estadio Azteca”, cantado por Rolo y dedicado a Diego Armando Maradona, impreso en la remera del cantante).

Pero lo del Nuestro no fue solo rocanrol. La cuarta edición de este ecléctico encuentro, organizado por la productora Crack, tuvo un final pintado de rojo, verde y amarillo con el reggae combativo de Nonpalidece (Néstor Ramljak había sido invitado de La Beriso para cantar “Madrugada”) y la fineza jazzera de Dancing Mood. Antes, sobre el Escenario Churro, Onda Vaga había sido el separador cancionero entre la electricidad de Ratones y La Beriso, potenciando su fuerza suave con las Perotá Chingó de invitadas (las chicas habían cantado más temprano) para “Curruco”. En tanto, el set de El Kuelgue, en el mismo escenario, había sido el preludio a eso. El desenfado teatral de Julián Kartún al frente de su grupo lo llevan a ser un sampler humano de cultura pop: tiró un “yo no soy ortiva ni nada por el estilo” de la intro de “Rebel Pose”, de Fun People, se volvió movilero del noticiero de Rodolfo Barilli, gritó un “que viva el fútbol, Pisculichi”, más parecido a Gustavo Kuffner que a Rodolfo de Paoli. Y azuzó a su público con un “el que no baila es Luis Majul” antes de “Sin parangón”, para levantar un poco más de agite.

Pero lo más destacado de la artística fue la existencia de un Escenario Urbano, copado por el trap y el hip-hop: no es habitual que el género tenga un tablado exclusivo en un festival masivo de rock y si bien estructuralmente tuvo una disposición equivalente a la de un balcón francés (tampoco contó con grandes visuales), sirvió para que el público supiera del girl powah  pintado de rosa de Dakillah, el flow calculado de Emanero, la visita de Maikel Delacalle y la presencia dos “veteranos” como XXL Irione y Malajunta, acaso el artista de trap más maduro artísticamente de la escena local. El delay en la programación (obligado por la tormenta matutina que, afortunadamente, no volvió a aparecer) hizo que el final de Malajunta se superpusiera al arranque de Ratones Paranoicos, por lo que su “De la risa” sonó encima de “Ceremonia en el hall”: un versus que fue explícito testimonio de los tiempos musicales que corren.