El viernes pasado, mientras Perras on The Beach ponía a sonar las últimas notas de su deformidad naif de soft rock, hip-hop y punk, el festival Buena Vibra siguió confirmando la supremacía del indie local. Y no lo hizo a través de un acto bombástico o una declaración de principios solemne. Fue con el sencillo hecho de poner cuatro bandas, una detrás de otra, sin mayores pretensiones. En su tercera edición, en Ciudad Cultural Konex, el ejercicio era uno: que la música hable.

Las columnas desnudas del salón interno del Konex parecían enmarcar un espíritu similar de liberación al que tenían las paredes inconsistentes de Cemento, aunque entre el público se respiraba más selfie y Tinder, y menos fanzine y adrenalina de lo impredecible. Claro que son años y generaciones las que ponen distancia del boliche de Omar Chabán, pero el presente es ciertamente alentador.

A Las Sombras solo un solo disco les alcanzó para posicionarse como una máquina de rock-blues indestructible. Encargados de la apertura, el grupo pampero destiló una batería de riffs humeantes en sintonía con el clasicismo de los setenta, pavimentando el escenario con firmeza para Morbo & Mambo. Los segundos, con un despliegue visual al compás de los vientos procesados por delays y reverb, pusieron su tradicional acento en el baile bucólico, mostrando la rareza de que el afro-beat conviva en armonía con el post-punk y otros ritmos.

En esa tónica integradora es que el evento supo desplegar sus mejores cartas: desde la amplitud federal de los grupos (Mar del Plata, La Pampa y Mendoza) hasta la propuesta sonora. Por eso no fue extraño ver a Bandalos Chinos, de Beccar, en tercer lugar luciendo su electro-pop sintetizado a lo largo de cuarenta minutos, donde el festejo de Isla consagra al tema como hit silencioso en este círculo.

Pero si hay algo que va en contra de ese silencio es la forma en la que Simón Poxyrrán se adueña del escenario. Subidos al caballo del hype actual, Perras on the Beach reafirmaron su localía a sala llena, sin permisos ni inmediaciones. El cantante y guitarrista lo sabe y se da el gusto: invita a sus amigos (Louta en Turco x y Luca Bocci en Una tuca), se bate a duelo en un freestyle de técnica dudosa pero celebrada con el bajista Bruno Beguerie y hasta se unge a sí mismo junto a sus compañeros en la gloria de un stage dive para el final de Mis amigos.