La filarmónica del colorado demostró nuevamente que está en gran forma, mientras anuncia una despedida temporal de los escenarios.

El 23 de agosto fue un día agridulce para la relación entre Megadeth y la Argentina. En un Luna Park colmado —aunque reducido en capacidad al no usarse las plateas laterales—, Dave Mustaine, autodenominado “The Motherfucking Colorado”, líder de una de las cuatro cabezas del monstruo del thrash metal, anunció que el grupo se iba a tomar un tiempo luego de la gira. “Lo necesitamos”, sostuvo intentando aplacar la reacción de algunos miembros del público.

Mustaine & Co. tendrán sus razones. Pero lo cierto es que lo que se vivió en el palacio de los deportes porteño fue por lejos una de las mejores presentaciones de la banda tanto a nivel sónico como instrumental e incluso a nivel setlist.

La cantidad de variables es enorme, pero se puede apostar que estar en un espacio más reducido ayudó notablemente al sonido. Se mantuvo parejo, si bien en ciertos lugares las frecuencias graves parecían dominar, lo que hacía que se perdiera un poco de claridad. Eso tampoco era un gran problema; solo hubo un inconveniente que resultó molesto y pareció venir de la guitarra del instrumentista brasileño Kiko Loureiro (Angra), durante Tornado Of Souls y She Wolf.

A nivel instrumental, el recambio previo a la producción de su flamante álbum, Dystopia, puso a Megadeth en el carril correcto. Además de aportar los coros, Loureiro deslumbró en formato acústico (Conquer Or Die) y en eléctrico: feeling y habilidad. Por su parte, el baterista belga Dirk Verbeuren (ex Soilwork) se mostró contundente y demostró cómo el death metal lo preparó para este momento. El bajista David Ellefson, siempre jovial,  se encargó de trabajar con él para mantener la base sólida que necesita Megadeth para moverse. En cuanto al propio Mustaine, si bien se le notó cansado entre tema y tema, al tocar se mostraba convencido y feroz.