Sobran casos de músicos que deciden escribir literatura, ¿pero qué pasa cuando es al revés? El intercambio entre ambos mundos puede enriquecer el proceso productivo, aunque también dificultarlo. Hablan Rosario Bléfari, Ulises Conti y Pablo Dacal.

La música todavía puede ser vista como un universo de múltiples rutas, autopistas y caminos donde cada uno de los artistas toma el recorrido que decide, intuye o simplemente disfruta. Algo, desde adentro, los impulsa. Uno de esos espacios inasibles y crípticos para los músicos es la literatura.

Músicos que, un buen día, se sientan a escribir por fuera del mundo que los vio nacer y les dio un lugar de contención. Cargan con otras intenciones que la de construir una lírica para la música. Pero a veces ocurre algo extraño y poco conocido: hay seres que empezaron como escritores y que luego se encontraron con la música en el medio del camino. Era un auto que los estaba esperando y agarraron viaje, a pesar de que nunca dejaron de lado la escritura. Por ejemplo, la gran Patti Smith relata, en su libro Just Kids, sus comienzos con la lectura, el arte y especialmente con la escritura: soñaba con ser poeta cuando era joven en Nueva Jersey. Luego se trasladó a Nueva York, su encuentro con la palabra cobró otro espesor y ella utilizó el rock para hacer llegar de una mejor manera sus textos que desbordaban misticismo, religión (“Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”) y una mirada angelada de lo cotidiano. Antes de grabar su primer disco, el mítico y luminoso Horses, ya había publicado los libros Seventh Heaven (1972), Early Morning Dream (1972), A Useless Death (1972) y Witt (1973). Su fibra poética fue lo que le dio un camino dentro del rock, a pesar de ser llamada “la abuela del punk”, y lo que la hizo distinguida y reconocible. No fue al revés. Y para demostrar el valor de su obra escrita, su libro de memorias Just Kids, aparecido en 2010, ganó el prestigioso premio National Book Award. Pero Patti siguió produciendo textos y su última obra es el fabuloso Mr Train.

En ese sentido, el caso de la cantante, actriz, artista plástica y poeta Rosario Bléfari es similar. Ella comenzó interesándose por la literatura, sobre todo. Aspiraba a un futuro como escritora y de pronto se vio liderando Suárez, una de las bandas más trascendentes de la década del 90. Luego continuó con su proyecto solista y ahora está al frente de Los Mundos Posibles. Pero la literatura siguió encaminando su vida hacia un terreno fértil y productivo: sus últimos dos libros son los cuentos de Los ejemplos (Lecturas Ediciones) y las prosas poéticas e inclasificables que componen Antes del río (Mansalva).

Cuenta Bléfari en su casa de San Telmo acerca de su búsqueda y sus intenciones con la escritura: “En la literatura busco la reflexión, pero también el exceso. Puedo extenderme más, puedo ampliar, puedo estar un rato más. La música es como una ráfaga, algo que pasa y pasó, siento que al escribir me puedo quedar más. Todos los músicos creen que tienen oído para escribir literatura, pero no creo que sea tan cierto. La contaminación sonora propia de la literatura alcanza a ese oído musical entrenado y puede hacerlo bobo en el ámbito de la escritura. Depende mucho de las lecturas y de las ideas acerca del escribir bien, que son terribles aliadas o enemigas. Alguien con mucho oído musical puede tener que luchar con fuerza para despojarse de músicas que pueden jugarle en contra a la hora de escribir”.   

Ulises Conti ya tiene nueve discos publicados, viajó por todo el mundo mostrando su arte y además está al frente de su propio sello discográfico: Metamúsica. Por afuera de estas realidades, a Conti también le gusta hacer literatura. Explica: “Nunca sé lo que busco cuando hago literatura, nada tendría realmente importancia si lo supiera. Me gusta escribir, inventar sonidos, filmar cosas que veo en la calle. Con el tiempo fui entendiendo que no tiene sentido conocer todas las razones que te llevan hacia una obra o hacia un deseo. Las obras de arte necesitan misterio. Por otra parte, creo que las palabras ʽarteʼ, ʽmúsicaʼ, ʽcineʼ o ʽliteraturaʼ son demasiado grandes, hay mucho espacio en ellas. Son términos habitados por pequeños organismos que hacen que su significado esté en permanente mutación. Cuando escribo soy consciente de que el sentido del lenguaje es una transformación constante”.

Hace unos años, Conti publicó el diario de viaje En Auckland ya es mañana; y en 2017, el maravilloso, desconcertante y radical La cinta transportadora. Proyectos personales y en colaboración [2003-2013]. En unos meses sacará un volumen de poemas escritos el último tiempo: Copacabana Palace. Todos son textos que salen por la editorial vanguardista Mansalva.

En esta dirección surge la posibilidad de ver lo que sucede cuando una editorial se permite tomar ciertas libertades por encima de las expectativas del mercado y de ciertos lectores. En ese contexto, libros como los de Ulises Conti tienen una existencia probable.

En la misma dirección, el trovador Pablo Dacal acaba de publicar Las canciones escritas (también de Mansalva), un libro que reúne sus líricas que fueron escritas “en colaboración con Tálata Rodríguez, y otras junto con músicos y artistas amigos de Buenos Aires”. Y especifica: “Me limité a descubrir la melodía en los versos ya resueltos. A excepción de las líricas ya editadas, en este libro todos mis escritos están presentes porque alimentaron mi voz con sus palabras y puntos de vista. El resto fue escrito en libretas de bolsillo y cuadernos de viaje, por diferentes casas y ciudades, caminando las calles y los parques de América y Europa”.

Las canciones escritas es una obra de factura poética y, por supuesto, literaria: “La escritura permite mayor desarrollo de las ideas, caminos inciertos y la posibilidad de trabajar con el lenguaje cotidiano. La música tiene otros secretos, y el encuentro de ambas en la canción me parece supremo. Además, leo de todo y simultáneamente poesía, ensayo, ficción. Me influencia todo lo que voy leyendo, la escritura de mis amigos, aunque también algunas películas. Mezclo épocas: me gusta leer textos del siglo XIX y contemporáneos, alternando unos y otros”.

Ellos no son los únicos argentinos: los músicos Antolín Olgiatti (Nunca seré millonario, Amigo de los mutantes, entre otros), Iván Noble (Como el cangrejo) y hasta Fito Páez (La puta diabla y Diario de viaje) –quien este año publicará una novela policial– construyeron sus puentes con la literatura y sacaron sus obras escritas.

Respecto de la relación de Páez con las letras, dice el poeta Martín Rodríguez que le presentó la novela a Fito y le escribió la contratapa: “Páez tiene un espíritu sesentista: es un tipo que se autopercibe como artista y no se considera un rockero. Él viene de la literatura y del cine también, de la escena rosarina de principio de los 80, que fueron unos sixties en la Argentina. Por eso, para Fito es natural el pasaje a escribir. Me gusta mucho su literatura. Él se siente un artista integral, no se siente parte de un campo y se pasa al otro”.

Entonces, del escenario al papel, la historia de amor entre los rockeros y la literatura es un relato que se sigue escribiendo día a día.