El teatro y el género musical más relevante del siglo XX se complementan con la obra de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, que acaba de cumplir cien funciones en Valparaíso y tendrá su reestreno el próximo viernes en Timbre 4, con ocho únicas funciones. Un culto al coleccionismo de discos y un homenaje artístico a Peter Hammill.

Son amigos íntimos desde la infancia, y desde más de una década trabajan juntos en distintos proyectos de cine y teatro independiente. Su ópera prima, Los talentos, fue un éxito de crítica que giró por Europa hasta llegar a países como Estonia. En su segunda obra, surgida desde una propuesta del Centro Cultural Rojas, Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu transmiten su pasión por los vinilos y, en especial, por Peter Hammill, el vanguardista del rock progresivo que ambos autores idolatran.

Un marplatense de unos 35 años decide desprenderse de una colección de discos que acumuló en su adolescencia, en una época que tiene idealizada. A su cueva llega un veinteañero dispuesto a gastar su sueldo, y con quien genera una identificación muy grande al descubrir que ambos son fanáticos de Peter Hammill. El conflicto empieza a desatarse cuando el joven pretende llevarse los vinilos de Hammill, pero se entera de que son los únicos que el dueño no está dispuesto a vender.

“Lo importante es el valor que tienen estos discos para ellos, un valor tremendamente subjetivo. Están asociados a una época muy especial en que uno está formándose, definiéndose”, explica Walter Jakob. “Algo típico de la adolescencia: decir quién soy a través de los gustos, de algún modo me construyo a mí mismo. Por eso los discos tienen un enorme valor afectivo y sentimental. Es un poco sobre el pase a una vida más adulta, donde algunos de esos berretines, locuras e ilusiones de la adolescencia uno deja, suelta, y también de la dificultad o imposibilidad de dejarlo”.

La elección de Peter Hammill como eje de la trama está relacionado exclusivamente a que ustedes dos son fanáticos de él desde chicos, aunque uno podría pensar que fue elegido estratégicamente para contar una historia.

Agustín Mendilaharzu: Nos encontramos con gente muy inteligente y colegas que preguntan si Peter Hammill es real o si lo inventamos nosotros. Es gracioso porque él es real, y porque de otra forma la obra no tendría ningún sentido para nosotros. No es que teníamos una historia y elegimos un músico que nos venía bien. La obra se fue dictando por nuestra relación rarísima con Peter Hammill. También hay gente que nos dice “qué bien que estuvieron en elegirlo a él para hacer esta obra porque es un músico que…” como si hubiese un plan previo a Hammill. De chicos escuchábamos muchas cosas, pero con Hammill siempre tuvimos algo especial, que tenía que ver con la frecuencia con que él venía a la Argentina y el grado de intimidad que tenía con el público. En esa época venía mucho y estábamos muy cerca. Nos íbamos a sacar fotos y nos firmaba los discos.

Walter Jakob: Éramos como una secta. No podía no ser él. Cuando empezamos a escribirla, nos reíamos pensando en quién vendría a ver una obra sobre Hammill. Después, por suerte, algo de la narración y de cómo se despliega la dramaturgia hace que sea interesante más allá de que el espectador sepa o no quién es él.

Sobre todo, por la forma en que tratan la nostalgia…

AM: Una de las caras de esa nostalgia es una postura que a nosotros nos refleja mucho: la reivindicación de los artistas postergados. En este caso, de uno que fue muy ignorado a pesar de ser una referencia ineludible para cualquier que quiera entender la evolución del rock.

¿Cuál es la ventaja de hablar de un músico impopular?

WJ: Le permite al espectador una posición donde puede ver el funcionamiento del fanatismo del melómano sin quedar atrapado en una identificación muy directa. Si nosotros habláramos de David Bowie o de Pink Floyd, eso generaría mucha opinión en el espectador. Estarían todos metidos en la discusión. En cambio, al estar un poquito más corridos, más afuera, les permite observar bien lo que sucede, que tiene que ver con la celebración del ídolo y todo eso que solemos hacer los melómanos cuando nos juntamos a hablar y tirarles flores a los músicos que nos gustan.

¿Cuánto tiene de autobiográfica la obra? Los personajes más grandes se parecen mucho a ustedes.

AM: Por supuesto que es una obra autobiográfica, pero también hay una síntesis brutal. En nuestras vidas han influido muchas más cosas. Para trabajar personajes hay que concentrarse en un aspecto.

WJ: Nos identificamos bastante con esto de que largar o no largar los discos pareciera que tiene una connotación directa con pasar a la vida adulta. Y eso lo dice el personaje, Horacio.

AM: Los personajes no son tipos que hayan tenido una relación sofisticada con la lectura o con otros intereses, pero sí son personas que han profundizado en algo, y eso para mí es importante. Lamentablemente, una enorme cantidad de gente pasa su vida sin haber profundizado en nada, y estos son tipos que lo hicieron, aunque sea en un campo muy acotado como el rock, que para muchos carece totalmente de importancia. Por algo llegaron a Hammill.

WJ: No se quedaron en Deep Purple. Dieron un paso más.

No son personajes chatos, sino que tienen algo para contar…

AM: En la vida melómana o en el circuito roquero está lleno de gente que te sorprende, que a partir de haber profundizado en el rock empieza a tener un pensamiento más sofisticado en otros ámbitos, incluso en la política. A nosotros, concretamente, pensar el rock nos dio herramientas para pensar la realidad.

Durante la gira de Los talentos por España tuvieron la posibilidad de encontrarse con Peter Hammill y entregarle una copia del texto. ¿Recibieron alguna devolución de su parte?

WJ: Decidimos no molestarlo a pesar de que podríamos escribirle de nuevo. Tenemos un amigo que lo fue a ver a Inglaterra, y se lo encontró en un bar después del show. Charló con él desde un lugar completamente diferente al nuestro, porque no es fan. Le preguntó si pudo leer la obra, pero le dijo algo así como que no la terminó [risas]. Si bien Hammill es real, también es una invención nuestra, sobre todo respecto del endiosamiento a su figura. Y no creo que un tipo como él se identifique con eso, más bien se va a desmarcar de algo así. Y esa es la gran diferencia de Hammill respecto de cualquier otro músico. Si le decís a Keith Richards que es un dios, por ahí te comparte una cerveza, pero con Hammill no pasaría eso, porque no entraría en el juego roquero. Que no nos haya hecho una devolución de la obra tiene que ver con ser fiel a sí mismo. No sucumbe a nuestra idealización.

Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob junto a Peter Hammill en Buenos Aires, en 1993.


La edad de oro se presenta en Timbre 4 (México 3554, C.A.B.A.), los viernes a las 23.30 h con ocho únicas funciones.

Ficha técnica:

ELENCO: Ezequiel Rodríguez, Pablo Sigal, Walter Jakob y Denise Groesman
ESCENOGRAFÍA: Magali Acha
ILUMINACIÓN: Adrián Grimozzi y Eduardo Pérez Winter
ILUSTRACIONES: Ignacio Masllorens
DISEÑO GRÁFICO: Lady “R” y Andrés Mendilaharzu
FOTOGRAFÍA: Sebastián Arpesella
COLABORACIÓN ARTÍSTICA: Alberto Ajaka, Gabriel Zayat, Agustín Godoy, Katia Szechtman, William Prociuk
PRODUCCIÓN EJECUTIVA: Carolina Martín Ferro
DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu