Cuando la música disco desbarrancó, Barry Gibb vio sus álbumes ardiendo en el fuego y su falsete parodiado. Durante las décadas siguientes, perdió a sus hermanos y decidió retirarse a las sombras de su mansión. Entrevistado en Miami en la víspera de su primer lanzamiento solista desde 1984, el autodefinido “enigma con el estigma” busca hacer desaparecer sus fantasmas con nuevos colaboradores (sus hijos) y una actitud “gurú”.

Barry Gibb, el suave romántico cuyo fantástico falsete definió la era de los Bee Gees y de Fiebre de sábado por la noche, camina por su mansión de Miami en medias blancas y un par de anteojos sin marco que descansan sobre su nariz. A los 70 años, Gibb es un genial –si bien un tanto excéntrico– abuelo de ocho chicos. De aspecto leonino años atrás, hoy su pelo está gris y su barba cada vez más delgada y rala. Renguea al andar. Su living room está lleno de espejos y estatuillas de querubines. Hay una mesa ratona de vidrio abarrotada de libros que muestran sus gustos eclécticos –lo sobrenatural, arqueología alternativa, historia británica, el Tercer Reich– y una copia de I Declare, el libro del evangelista Joel Osteen. Mientras el sol se cuela a través de un agujero en las cortinas, Gibb entra como si fuera un gurú sereno, ataviado completamente de negro, con un rosario de yoga atado a su muñeca. Se parece a un muy reconocido estudiante del Maharishi.

“George Harrison parecía ser el más feliz de ellos, el más cómodo con la vida –afirma Gibb–, y yo siento que estoy en mi zona de confort, donde no voy a aceptar la negatividad. No lo voy a hacer. No voy a tener problemas. Estoy perfectamente feliz. Hay mucha gente que se pelea. No hay tiempo para eso. No lo entienden”.

Su perro Boo, un ejemplar rescatado, no para de ladrar, interrumpiendo a Gibb. “No permito discusiones en mi casa –sigue Gibb, que dibuja una sonrisa–. Voy a matar al perro, pero… no vivo de esa manera ahora”.

Este es un Barry Gibb muy diferente al que se sentó ahí dos años atrás, cuando su esposa de 46 años, Linda –una ex Miss Edimburgo que Gibb conoció en 1969 en el programa Top of the Pops–, lo encontró en su ropa de baño viendo televisión en la oscuridad. Durante 50 años, su vida había sido definida por los hits que creó con los Bee Gees, desde el clásico de 1968 To Love Somebody hasta el indeleble Stayin’ Alive de 1977. Después de la caída del disco a fines de los 70, Gibb se retiró del foco, temiendo que él y sus hermanos fueran “barridos afuera” si no se reinventaban como productores detrás de escena. Y después de las muertes de sus hermanos mellizos Maurice (2003) y Robin (2012), tres años más jóvenes que él, Gibb se sentía como un hombre anclado en el pasado. “Estaba listo para renunciar. Estaba hecho. No tenía sentido seguir para adelante –dice ahora–. Hice trabajos solistas toda mi vida, pero nunca me sentí como un artista solista”.

Según el propio Gibb, estaba “bajoneado, errante”, hasta que su esposa lo sacó de ese lugar esa misma noche. “Entró y me dijo ‘Tenés que mover el culo’”, recuerda Gibb. Él contestó que no se sentía como que pudiera hacer música todavía. “Ella me respondió ‘No, no, todavía tenés una vida. Tenés que vivir’”. No era algo sencillo. En esta mansión, el tiempo pareciera haberse frenado en 1981 –una visión de la riqueza concebida por un flamante ricachón británico para el cual lo victoriano, los candelabros adornados y el arte del Lejano Oriente significaban la cumbre del lujo–. Unas 80 fotos en la pared documentan sus días de gloria: Gibb con Roy Orbison, Gibb con Leslie Nielsen, Gibb con Michael Jackson (“Ah, estuvimos completamente en pedo sobre esta alfombra”, cuenta Gibb sobre la visita de Jackson en los 80). Y también, los siempre presentes fantasmas de sus hermanos (incluyendo al solista Andy, que murió repentinamente en 1988 por una inflamación en el corazón, exacerbado probablemente por años de consumo de drogas), sonrisas y miradas presentes en todas las paredes de la casa, incluso en los baños.

Pero Gibb está finalmente emergiendo de su cápsula del tiempo con el primer álbum en 32 años, con el esperanzador título de In the Now. Los Bee Gees, románticos empedernidos del pop, nunca fueron compositores de confidencias. Pero el nuevo álbum de Gibb es algo distinto: una especie de diario de su mundo privado, con canciones sobre su vida underground (Home Truth Song), su enojo ante la situación del mundo actual (Blowin’ a Fuse), su escepticismo respecto de la religión (Cross to Bear) y el duradero dolor de amor de los últimos años (End of the Rainbow). Gibb, que tuvo su coqueteo con las drogas –aunque nunca fue adicto–, se considera “the one who will not fade away [Aquel que no se va a desvanecer]” (In the Now), pero también hace un retrato de un hombre llevando la carga de la tragedia: “If tears were diamonds, I’d be a rich man now [Si las lágrimas fueran diamantes, sería un hombre rico]” (Diamonds). “El álbum es mi opinión de vida –sostiene Gibb–, mis sentimientos y mi viaje con mis hermanos y sin ellos. Con mis padres y sin ellos. Con mi familia, ver a mis hijos tener sus propios hijos”. Hablando de ellos, reclutó a los Gibb más cercanos a su órbita para que colaboren: sus hijos mayores, Stephen y Ashley, de 42 y 39 años respectivamente. (Barry estuvo casado antes y tiene cinco hijos, incluyendo a una hija, todos con Linda). “Ellos me dan esa juventud –afirma–. Me dan ese fuego”. Creciendo en lo que Stephen llama “la burbuja Bee Gee”, los hijos de Gibb sabían muy bien hasta dónde había llegado su padre y cuánto más le faltaba. Como cocompositores del álbum entero, lo ayudaron a articular sus sentimientos con letras tan indirectas (y a veces un tanto cliché) como para que pasen por pop, pero lo suficientemente honestas para ilustrar la saga de Barry Gibb y su familia –la larga y difícil relación con sus hermanos, y su relación en constante evolución con sus dos hijos crecidos, los cuales nunca escaparon de la sombra de su padre–. Para Gibb, vivir el ahora es enfrentar su pasado.

Los Brothers Gibb –Bee Gees, más corto– arrancó como un show de personas a la antigua, en el que los hermanos viajaban por el mundo con su padre Hugh, baterista de una big band que tocaba en cruceros y quien mudó a la familia a Australia en 1958. “Era un Gibb típico, justamente porque no sabía realmente quién era –reflexiona Barry Gibb hoy–. Siempre estaba buscándose. Soy bastante parecido a mi padre en ese sentido”. Él y sus hermanos comenzaron como The Bee Gees Comedy Trio, tocando hits americanos y canciones novedosas en clubes de rugby y cines. Gibb era el galán, sus hermanos menores, Robin y Maurice, los cómicos. Inspirados por los Beatles,los Bee Gees lograron un hit regional en 1966 con Spicks and Specks, que los lanzó a Inglaterra y a los brazos del empresario de rock Robert Stigwood, quien los hizo famosos.

Esa fama inició una rivalidad ligera entre Barry y Robin. Si bien Robin cantó en grandes hits como I Started a Joke, el encantador Barry vencía a su paletudo hermano como la atracción principal (el genial Maurice era el mediador familiar). El intento fallido de Robin de convertirse en solista en 1970 solo demostró lo obvio: los Gibb estaban atados por sus increíbles armonías y sus composiciones colaborativas. Cuando Arif Mardin, empresario de Atlantic, descubrió el falsete de Barry mientras grababan Nights on Broadway en 1975, alentó a la banda a que reacomodara el sonido alrededor de la voz de Barry, reajustando al grupo como un conjunto de R&B/disco –y reanimando la tensión con Robin–. En 1977, Barry no habló para la primera nota de tapa que hicieron para la Rolling Stone, algo que todavía lo irrita si se le menciona. Robin se presentó como el líder. “Para Robin era importante estar en todas las entrevistas, en todos los centros de atención –cuenta Barry–. Así de áspera era la batalla entre nosotros”.

La producción de hits pop de los Bee Gees fue increíble: seis Nº 1 consecutivos en el Billboard Hot 100 entre 1977 y 1979, empatando a los Beatles en su récord; y el soundtrack de Fiebre de sábado por la noche, fogoneado principalmente por singles de los Bee Gees como Stayin’ Alive y How Deep Is Your Love, un álbum que pasó 24 semanas en la cima del Billboard 200. Pero los Bee Gees hacían gala de su talento muy ligeramente para algunos críticos. El cómico británico Kenny Everett hizo un sketch televisivo llamado “El Kit Hágalo-Usted- Mismo de los Bee Gees” (dientes falsos, vello corporal, medallones) y sugirió que los Gibb eran gay. En realidad, los hermanos nunca habían dejado de ser el trío cómico venido de Australia. En privado, grabaron sketches inspirados por Monty Python de la mano de un personaje llamado Sunny Jim, con episodios como “Sunny Jim Goes To A Male Gynecologist [Sunny Jim va a un ginecólogo masculino]” y “Sunny Jim Develops a Third Tit [Sunny Jim desarrolla un tercer pezón]”. Mostrarles sus rutinas cómicas a los periodistas no mejoró su imagen, como tampoco ayudó que Robin se ufanara diciendo que los hits de Fiebre… habían sido concebidos en el mismo estudio francés donde se habían grabado sus pornos favoritas. “Teníamos que dejar de ser un grupo de hermanos que entretenían –cuenta Gibb con un dejo de resignación–. Nunca lo logramos. Porque no estaba destinado a ser así”. La elección de Ronald Reagan marcó un revés para la música disco, que ya estaba sufriendo una saturación del mercado. Los fans blancos del rock empezaron a quemar los álbumes de disco. “Tuve que convencer a mis hermanos: ‘Dejemos de tratar de estar en la radio, cambiemos el curso, porque estamos encaminados a una situación de mierda ahí’ –rememora Gibb–. ‘Si seguimos haciendo estos temas, estamos condenados como el resto. Compongamos para otras personas’”.

Robin no podía aceptar otra cosa que no fuera la cima de los charts; Gibb estaba en desacuerdo. “Siempre sentí que valíamos la pena y que debíamos seguir andando, estuviéramos o no de moda. Fuimos literalmente la Banda del Club de Corazones Solitarios de Sgt. Pepper –afirma, refiriéndose al notable desastre fílmico de 1978 que tuvo a los Bee Gees y a Peter Frampton–. No podés estar siempre en boga”. Mientras Robin buscaba el éxito solista, Gibb se reinventó como un productor exitoso, trabajando con Barbra Streisand, Dionne Warwick, Diana Ross y Kenny Rogers (el dueto con Dolly Parton Islands in the Stream). Después en 1988, su hermano menor Andy, una estrella en su propio derecho, falleció a los 30 años –un golpe devastador para Gibb, que fue como su mentor–. Los Bee Gees se reunieron periódicamente a lo largo de los años venideros, pero no se estaban hablando cuando en el 2000 Gibb contrató a John Branca, abogado de la industria del entretenimiento, para recuperar el control de los masters que estaba en manos de Universal. Gibb sostiene que él fue el único que tenía la motivación para luchar por los masters, y los recuperó. (En 2003, el New York Times estimó el valor de la cuota de Gibb en 60 millones de dólares). “Fue perturbador y estresante, y es una de las razones por las cuales no nos llevamos bien al final –subraya–. Porque tuve que hacerlo solo”. Trabajó con MGM unos ocho años en una biopic de los Bee Gees, pero las tensiones entre hermanos –especialmente de Maurice, que no quería su vida privada expuesta en la película– desbarataron el proyecto. Entonces, en 2003, Maurice murió de repente a los 53 años por complicaciones intestinales. La familia –incluyendo los cuatro hijos de Robin y, por supuesto, los dos hijos de Maurice– estaba devastada. “Era el pegamento que mantenía no solo a los Bee Gees juntos –dice Stephen Gibb–, sino a toda la familia”.

Nueve años después, Gibb se encontró sentado al lado de la cama de otro hermano: Robin, que estaba en coma después de una cirugía por cáncer de colon. Barry cantó levemente las primeras líneas de una nueva canción en la que estaba trabajando, End of the Rainbow, un pedido de paz –y paz mental– al final del amargo viaje de los Bee Gees. “La idea detrás de End of the Rainbow es esta: ‘Lo que estabas buscando, lo encontraste’”, cuenta Gibb, recordando el momento. “Robin estaba siempre golpeando, queriendo otro hit, otro hit. ‘Todos queremos otro hit, Rob, pero el sueño se hizo realidad. Está bien’”. Gibb no está seguro de si Robin lo oyó; falleció días después.

End of the Rainbow fue la semilla de un álbum nuevo, y una nueva epifanía para Gibb. “Robin siempre fue un solista desesperado –afirma–, y ahora puedo ver que todos lo éramos. Todos queríamos ser solistas. No hay un grupo en el que nadie quiera ser el centro”.

Para encontrar su propia voz, Gibb tuvo que enfrentar el legado de los Bee Gees –una labor incómoda al principio–. Incluso, en el ingreso del grupo al Salón de la Fama del Rock & Roll en 1997, reconoció: “Somos, de hecho, el enigma con el estigma… Somos conscientes de eso, lo oímos todos los días, vivimos con eso, lo sufrimos”. En Saturday Night Live, Jimmy Fallon había estado imitando a Gibb como un anfitrión de un talk show que usaba “medallones locos copados” y se despachaba furiosamente con aullidos (Justin Timberlake usaba dientes falsos para imitar a Robin). A Gibb no le pareció gracioso –“No podía verlo al principio”, revela Ashley Gibb–, y se sintió irritado cuando un joven periodista le preguntó si el vello corporal de la época de Fiebre… había sido falso. Pero el fallecimiento de Robin coincidió con lo que se sintió, finalmente, como un momento de plenitud para los Bee Gees. El pop con una fuerte influencia disco como el de Maroon 5 o Daft Punk estaba claramente en deuda con su sonido. Cuando Fallon invitó a Gibb a SNL, su hija Alexandra lo convenció de que era hora de aceptar el chiste (la parodia es una forma de homenaje, después de todo).

“Cuando llegamos al set, vimos a todos estos tipos meándose, entusiasmadísimos de que estuviera ahí –recuerda Stephen–. Y él no se da cuenta. No lo entiende. Es adorable”. Incluso Paul McCartney apareció en un saco blanco para la ocasión. “Hubo una época en la que no era cool tener una foto con los Bee Gees –rememora Gibb–. Y ahora la gente quiere sacarse una foto conmigo”. El respeto hacia Gibb, finalmente, se siente como algo inevitable: con o sin los Bee Gees, es uno de los mejores compositores de pop de la historia. Lo logró en dos eras distintas con dos estilos distintos, demostrando que la composición desafiaba los géneros, ya sea desde el pop británico o con la música de baile negra. En el corazón de todo estaban las virtudes de Barry Gibb: el romanticismo, la melodía y la vulnerabilidad masculina.