A 50 años de 'The Piper at the Gates of Dawn', la obra fundacional de Pink Floyd. Es uno de los puntos más altos de la psicodelia, pero lejos de proponer paz y amor como los grupos de San Francisco, genera un clima sombrío e introspectivo al delimitar los distintos matices que podía albergar el género, en parte debido a la distancia cultural entre el rock británico y el estadounidense.

Entre la formación definitiva de Pink Floyd y su primer disco, grabado dos años después, hubo un verdadero abismo. Su nombre respondía a la música estadounidense, en referencia a los artistas de blues Pink Anderson y Floyd Council, lo que evidenciaba que su repertorio estaba compuesto solo por R&B. En ese entonces, solían presentarse muy seguido en el bar Countdown. Sus incontables conciertos les permitieron, además de los covers, comenzar a estirar sus composiciones en profundas jams lisérgicas, en gran parte motivadas por su cantante y guitarrista, Syd Barrett.

En marzo de 1966 se presentaron en el Marquee, donde conocieron a Peter Jenner, su primer mánager, que dirigía el diminuto sello DNA, inspirado en el neoyorquino ESP-Disk de Bernard Stollman, que publicaba grupos experimentales y de vanguardia como The Fugs. Jenner estaba fraternizado con los fundadores de la librería Indica, donde se comercializaban libros vinculados a las drogas psicodélicas y poetas beat. Pink Floyd logró inmiscuirse en el arte subterráneo con absoluta ligereza; Joe Boyd, uno de los personajes más importantes de aquella época, explica en su autobiografía White Bicycles: “Mi creciente implicación con el llamado underground fue una subtrama habitual durante mi año en Elektra. En 1966, el underground merecía ese nombre: pocos, ajenos a él, ni siquiera eran conscientes de su existencia. Cuando floreció en la primavera de 1967, se vio como una subcultura de drogas, política radical y música construida alrededor del periódico International Times, la librería Indica, la revista Oz, el UFO, la London Free School, Release, Granny Takes a Trip, el 14-Hours Technicolour Dream y el Arts Lab”. En esa pequeña oración, Joe Boyd define la gran mayoría de los elementos que constituían el cotidiano de Pink Floyd: presentaciones en la Free School, en el UFO (del cual Boyd era uno de los dueños) y otras interminables y cada vez más estroboscópicas que podían emparentarse a las Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol junto a The Velvet Underground, grupo con el que tuvieron más de una similitud.

Pink Floyd se negó a aceptar el miserable contrato que proponía Elektra, y tras negociaciones con Polydor, terminaron siendo fichados por EMI. Ingresaron a los estudios Abbey Road a principios del año con la tutela de Norman Smith, quien había producido los primeros discos de The Beatles. En ese entonces, el cuarteto de Liverpool se encontraba registrando Sgt. Pepper’s en uno de los estudios contiguos. Es así como The Piper at The Gates of Dawn funciona como la oposición absoluta a la visión Beatle de la psicodelia: no hay orquestación ni instrumentos exóticos. The Piper at The Gates of Dawn es una obra de sonoridades, con extensos pasajes instrumentales que no presumen virtuosismo, sino climas introspectivos.

Claramente, no se trata de un disco alegre. Parece un ripioso viaje por la mente de Barrett, que sin saberlo se ponía al hombro prácticamente el único disco en el que participaría. Las canciones no llegan a hilarse como haría el Floyd con Roger Waters al poder, pero mantienen una lógica interna que hace que la obra sea indivisible, que logre manejar una coherencia conceptual. Casi la totalidad de las canciones funcionan de la misma manera: algún pico de extravagante pop que roza la novelty song que luego se sumerge en complejas masas instrumentales; a veces relajantes y en otros casos muy agotadoras.

Pink Floyd logra movilizar y el oyente es incapaz de quedar inadvertido. Piper at the Gates of Dawn puede ser una obra extenuante, pero con una lógica propia que ramifica a la psicodelia, abstrayéndola de su obvia inocencia.

Barrett y compañía experimentan a más no poder, destruyen el pop a su manera (¿o lo reconfiguran?). No hay un solo gesto de blues o de referencia al rock estadounidense en toda la obra. Apenas es posible trazar algún referente previo o paralelismo con una obra similar: tal vez, el grupo de improvisación londinense AMM. Pero lo que distingue a Floyd es que, al documentar sus composiciones en un estudio, le dio una forma definitiva, aunque en vivo fuese imposible de reproducir a rajatabla, mientras que los registros de AMM fueron siempre orgánicos, en vivo.

En esta primera obra, Pink Floyd se presenta como algo más que un grupo psicodélico. Podría decirse que plantea el space rock, con experimentaciones sonoras que atraviesan todo el disco en una deuda clara a las invenciones del productor Joe Meek.

El deterioro de la salud mental de Syd Barrett hizo que se buscara un apoyo instrumental para las presentaciones en vivo. Ese refuerzo fue David Gilmour, que terminaría desplazando al líder y fundador de la banda tanto en los conciertos como en estudio. En A Saucerful of Secret, el segundo LP de Pink Floyd, Barrett apenas participa con su guitarra en dos canciones; y como cantante, en tan solo una. El resto de la placa está constituida prácticamente por composiciones de Roger Waters, que encontró un gran aliado y enemigo en Gilmour al reinventar el grupo en más de una oportunidad. Por su parte, Barrett registró dos asombrosos discos en solitario, en los que fue resguardado por sus excompañeros de banda y miembros de Soft Machine. Luego, la reclusión y el silencio, que dieron lugar al mito.