Nadie llevó adelante lo espiritual y lo secular –separados desde los días de la esclavitud– como esta hija de un predicador.

A los 14 años, Aretha Louise Franklin ya era una veterana del circuito góspel de los años 50, un mundo privado de pastores carismáticos y cantantes desenfrenados que viajaba de iglesia en iglesia, entregando un mensaje de alegría, creencia y salvación. Como su padre, el reverendo C.L. Franklin –de la Iglesia Nueva Bautismal de Detroit–, era un orador deslumbrante, Aretha fue parte de la realeza negra, una chica rodeada por los gigantes de la música góspel: Mahalia Jackson, James Cleveland, Albertina Walker y un joven Sam Cooke, que lideraría a los Soul Stirrers como un ídolo adolescente. De todas las personas talentosas en el entorno de Aretha, la cantante y pianista no era solo una protegida, sino una prodigiosa. Su don es evidente en una grabación hecha un domingo a la mañana durante un servicio de misa en 1956. Acompañándose al piano, una adolescente Aretha canta el clásico “Take My Hand, Precious Lord”, de Thomas Dorsey, con extraordinario control y registro vocal. A los cuatro minutos la canción desaparece, y durante los siguientes dos, la joven cantante improvisa gemidos, quejidos y hurras que algún día serán lugares comunes del canto norteamericano. Las técnicas vocales que Aretha exploraba en la iglesia habían sido confinadas, debido al racismo y la tradición, a los “negros”. Pero el sonido era un producto de ese país, un sonido que hablaba de raíces sureñas y la dura realidad de las ciudades. Fue un estilo de improvisación que demandaba la intensidad de John Coltrane y los matices de Miles Davis. Era un maridaje de jazz, blues, ritmo y religión. Fue un estilo que redefiniría el canto en los Estados Unidos. Se llamaría “soul”, pero, en realidad, su nombre era “Aretha Franklin”.

De los días de esclavitud a los años 50 ha habido una línea divisoria entre lo espiritual y lo secular. Los cantantes de iglesia, crecidos entre los cantos y las respuestas del coro, la congregación y los ministros, eran desanimados por la costumbre para llevar técnicas devocionales de la iglesia negra a la música popular. El venturoso Ray Charles, que no estaba profundamente atado a la cristiandad, se ocupó de unir los sonidos, mientras Cooke fue una de las primeras estrellas del góspel que abandonó la música devocional para cantarle al amor romántico. Pero con el debido respeto a ambos, nadie encarnó el maridaje musical de lo sacro y lo profano como Aretha Franklin. Ella era una chica de la iglesia, pero podía ser tan sanguínea como un bluesman y tan sensual como una madama de burdel.

Aretha respetó la melodía, pero nunca quedó ceñida a las notas escritas, añadiendo un complejo significado a canciones compuestas por otros, sea el compositor Otis Redding (“Respect”), Paul Simon (“Bridge Over Troubled Waters”) o los Beatles (“Eleanor Rigby”). Su habilidad para comunicar el anhelo romántico, el deseo frustrado y el puro deseo no tuvo rival en la música norteamericana de posguerra. La síntesis de soul que tan bellamente enmarcó su voz no fue conseguida sin ensayo y error. Sus primeras grabaciones seculares, la mayoría hechas en Columbia Records, hoy suenan como denodados intentos por maniobrar su energía volcánica. En esas canciones suenan estándares de jazz, musicales de Broadway y canciones pop; muchas fueron meritorias, pero fallaron en conseguir un balance artístico y comercial. Pero mientras Aretha luchaba por conseguir el vehículo apropiado a su voz, el paisaje musical alrededor suyo cambiaba. A mediados de los 60, una generación de cantantes y cantautores que incluyó a Curtis Mayfield, Wilson Pickett, Glady Knight y David Ruffin borraba los límites entre el R&B y el góspel, cambiando el sonido de la música pop negra y afectando el sonido de toda la música en el intento. El sonido soul –con una actitud que reflejaba las ideas progresistas del movimiento de derechos civiles– era imperante para una persona joven, como lo es hoy el trap. En 1967, Aretha firmó contrato con Atlantic Records, donde fue apadrinada por Jerry Wexler, y grabó el notable “I Never Loved a Man (The Way I Love You)”, acompañada por la legendaria y blanca sección rítmica de Muscle Shoals, Alabama, aumentada por el saxofonista King Curtis (quien coescribió dos canciones del álbum).

El LP es el big bang que proclamó su ascenso al trono de “Reina del Soul”. Un elemento crucial del disco, como de subsecuentes grabaciones clásicas, fue que Aretha no solo era cantante, sino una gloriosa pianista con un tremendo sentido del ritmo y el entendimiento de cómo acompañar su voz. Escuchá los resonantes acordes que toca en “Don’t Play That Song (You Lied)”; te hace desear que haya hecho un álbum solo de riffs en las 88 teclas. Aunque ha hecho partituras de grabaciones clásicas y apariciones en vivo, el álbum esencial para entender a Aretha es Amazing Grace, grabado durante dos noches en la iglesia del reverendo James Cleveland en Los Ángeles, en 1972. Acompañada por un enorme coro y una experta sección rítmica de R&B, y sentada al piano, combina el poder góspel que ha procesado como adolescente con la sabiduría y la dureza de una vida adulta. Las performances del disco son tan poderosas que te hacen llorar.

El director Sydney Pollack filmó el show de las dos noches, pero la filmación durmió en los archivos de Warner Bros. por décadas. Finalmente se realizó una película con los shows, pero Aretha bloqueó su lanzamiento en vida. No sé si sus razones fueron personales o económicas. Vi el film dos veces, y necesita ser visto por millones de personas. Para Aretha, cierra el círculo de su vida, conectándola a sus raíces de la música spiritual, ilustrando cuánto creció como artista, y celebrando una voz divina y gloriosamente humana al mismo tiempo.