El power trío celebró sus 15 años de carrera con un recital en el que la inversión escénica y la emotividad fueron protagonistas.

El ticket para ver cualquier banda de metal viene con un dresscode tácito: vestir de negro. En ese desfile clónico de casacas carajeras que de a poco fueron llenando el Luna Park, había una estampa que se repetía: un puño al aire y el grito de “¡festejemos!”. La expresión de júbilo del tema Joder no podría ser más apropiada para la ocasión; Carajo celebró sus 15 años. Y la fiesta fue total.

En la previa, los dos niveles del escenario se veían vírgenes y austeros. Pero a pocos minutos de las diez de la noche, cuando las luces del estadio se apagaron, lo que parecía una puesta escénica tranquila se transformó en una demostración de buen gusto. El power trio se paró estático en el segundo piso y una cortina bajó, formando una pantalla traslúcida frente a ellos. Al momento de la primera explosión de Libres, la idea estaba clara: con la aparición de una tercera pantalla que ocupaba el tercio superior se generaba un marco enorme, ideal para el lucimiento total de los clips especialmente creados para esa noche, en juego constante con el movimiento de los músicos.

A partir de entonces, la dinámica se repitió: un par de temas fueron tocados en esa gran tarima tecnológica y otros debajo −en un escenario más tradicional−,  para más tarde volver a comenzar el círculo de subir y bajar las escaleras. Sonó ajustado, como promete Carajo en su contrato invisible con el público, y (demasiado) fuerte, siguiendo las reglas del metal. Sin embargo, entre tanta coreografía en pos del lucimiento visual, parecía diluirse aquello que es bandera del grupo: la conexión con el público.

Para calentar la noche, una cortina de fuego floreció en Chico granada y Ácido, pero todavía no era suficiente. Inmediatamente, un Ciro Pertusi tamaño real llegó caminando por una de las pantallas y comienzó Constrictor, el primero de los cuatro temas nuevos que regala el DVD Hoy como ayer. Un Walas digital tomó el escenario con la misma modalidad y aunque era un recurso ingenioso y bien logrado, la chispa todavía no había generado la explosión.

Fue en la mitad del show, con Humildad −cuando Corvata dejó el bajo para entregárselo a Luciano Scaglione− que los dos polos de la conexión (músico-público) se reencontraron. Comenzaron a llegar más invitados: Julieta, la hija de Corvata, junto con Miguel Vilanova y el productor Ale Vázquez interpretaron una versión relajada de De frente al mar, para dar paso al final del show, donde el Knario Compiano reveló sus dotes de gran frontman con Cicatriz y Joder. Luego, Compiano llegó con una gran torta de cumpleaños y el obligado “que los cumplas feliz”.

Sobre el final y tras la tocata obligatoria de Sacate la mierda, totalmente despojados de cualquier obligación escénica, el show ganó en emotividad y conexión, para terminar de coronar un Luna Park que quedará como un highlight carajero por su inversión escénica, pero también por su capacidad para romper la cuarta pared del escenario cuando era necesario. Carajo festejó sus 15 años, y los cumplió feliz.