Ale Kurz cuenta el camino que los llevó al flamante álbum El refugio, confiesa su miedo a perder espontaneidad y anuncia los nuevos desafíos para la banda, que se acerca a los 20 años de historia.

Ya desde el arte de tapa, El refugio preanuncia un álbum diferente de El Bordo. Hay una gran antena digna de Nikola Tesla que convierte al blanco y negro en color. El nombre también es el de la sala de ensayos que construyeron con paciencia y dedicación, hasta decidir incluso grabar ahí mismo el disco, tocando en vivo y con producción artística de Alejandro Vázquez.

En cuanto a las canciones, es una colección impecable de 11 temas propios y una inesperada versión en castellano de una rareza de Nirvana llamada Talk to Me. El sonido es contundente y roquero, con toda la fuerza que El Bordo tiene en sus recitales, aunque también aparece un puñado de gemas que exploran otros arreglos y temáticas, como el juguetón y sarcástico Humano, la línea de bajo de Mi alma va, el arreglo de guitarras de El traje, el lento Que ella vuelva sonreír y los vientos beatle de Deporte nacional.

Gracias a esos colores que sintonizaron desde su sala El refugio, más la energía rocanrolera de Corazones olvidados, La libertad, Destino y Metafísica suburbana, este disco confirma el crecimiento y la madurez de la banda que se formó en épocas de colegio secundario y recorrió todo el circuito under hasta llegar a llenar Cemento, Obras e incluso el Luna Park, el año pasado.

Un lunes al mediodía, antes de un ensayo para las dos funciones en El Teatro Flores (8 y 9 de abril), el cantante, guitarrista y compositor Ale Kurz contó que está feliz y sorprendido con la buena recepción que tuvo el álbum en las redes sociales, aunque también admitió que en los últimos días no pudo dormir debido a la ansiedad.

“El disco es la cristalización de los últimos tres años de nuestras vidas –explica–. La verdad es esa, y yo como letrista traté de condensar vivencias, experiencias, sentimientos y aprendizajes. El grado de compromiso que tenemos con nuestra obra es muy grande, por eso tanta expectativa, y el cuerpo lo sufre un poco”.

¿Te pasó lo mismo al sacar los trabajos anteriores?

Sí. Es así cuando salen los discos y también antes de los shows. Antes de irme a dormir, empiezo a repasar la lista de temas y los enganches. Igual, no está mal, porque como dice la canción Soñando despierto, la mayoría de las cosas que hicimos fueron mientras soñábamos despiertos. El ejercicio de vivir las cosas en tu cabeza y en tu mente antes de que sucedan es una proyección. Mal que mal, es generarlo y crearlo, entonces, en un montón de esas noches de desvelo se me ocurre qué decir entre tema y tema, qué canciones unir, e incluso se me han ocurrido arreglos.

Es una constante en tus letras esa cosa de concretar lo que uno sueña o crear un destino. Y que está bien equivocarse porque significa que estás haciendo.

Totalmente. Hay una frase en el disco nuevo que la saqué del fútbol, cuando se dice “¿Quiénes erran los penales? Los que los patean”. El que está mirando no lo va a errar. El refugio tiene mucho de eso, de concreción de sueños. Este lugar mismo, la sala, era un quincho en una terraza donde construimos nuestra sala, y la primera vez que entramos dijimos que acá teníamos que grabar el disco. Así que todo este camino fue forjado de esa forma, soñando despiertos.

¿Cuándo decidieron hacer este álbum con producción de Ale Vázquez?

Lo conocí en 2011 e hicimos juntos Vivo lo que pensás y Hermanos, que para nosotros fue todo un salto a nivel calidad y sonido. Nos ayudó un montonazo a ordenarnos, y creo que a partir de ahí se inició un proceso que nos llevó a estar tres años de gira con Hermanos, algo que nunca habíamos hecho. En total, fueron unas 60 fechas por año, y fue alucinante. Para este disco, entonces, ni lo charlamos, porque era obvio que lo íbamos a hacer con él. Lo admiramos, lo queremos mucho y nos ha hecho mucho bien como grupo y musicalmente. A esta altura ya es un amigo y queríamos compartir este disco con él. Este álbum está hecho en casa, ¿y a quién invitás a tu casa? A los amigos.

Antes de grabar este disco, todo indicaba que iba a ser muy roquero y duro, pero se fue para otro lado, con mayor variedad musical. ¿Cómo se dio ese proceso?

Yo creía que iba a tener menos colores, que sería más monocromático, más como Yacanto, que es más hard rock. Y la verdad que el disco comenzó a llevarnos para otros lados. Las canciones se empezaron a interpretar de esa manera y fueron apareciendo muchos más colores de los que creía. No fue premeditado.

¿Hubo algún tema en particular que abrió esa compuerta?

Creo que fue Humano, uno de los primeros temas que traje. El riff es de Pablo, el bajista, y es la primera vez que una canción sale así. Me parece que ahí se abrió un poquito una compuerta, porque tanto ese tema como El alma ve y El traje tienen un poco de funk, algo que nunca habíamos explorado. Nos sirvió para abrir el panorama y que aparecieran otras cosas. Después lo llevamos al máximo, porque Deporte nacional era solamente un punk rock y Pablo sugirió hacer una intro, así que puse un fragmento que tenía de otro tema. Y como venía medio beatle, a los vientos les pedí una fanfarria y les mostré All You Need Is Love. Lo cierto es que creía que iba a ser un disco puramente de rock y al final es muy roquero, pero con matices.

¿Les costó abrirse musicalmente y meterse en ese tipo de temas?

No. Como instrumentistas, los chicos a mí me exigen mucho como compositor. No les puedo caer con un tema muy simple, porque no les entusiasma. Pero los temas con cierta complicación son los que mejor nos salen. Incluso nos pasó en discos anteriores y con muchos himnos de la banda, como Cansado de ser, que en la preproducción parecía que iban a quedar afuera porque al grupo no le entusiasmaban. Si les tiro algo muy predecible, que le sacan la ficha al toque, se aburren.

El nuevo dilema es armar la lista de canciones para los recitales, ¿no?

Ahora tenemos siete discos de estudio y alrededor de 80 canciones, así que es medio difícil elegir. Entiendo al fanático que quiere todo, porque yo también soy fanático de bandas, así que para estos dos shows en Flores hicimos dos listas con bastantes variaciones: vamos a repetir seis clásicos todas las noches, seis temas nuevos y después 14 diferentes por noche. Lo hacemos por la gente que compró el abono y también para nosotros, porque el piloto automático nunca nos rindió. Mi miedo es que si la banda crece mucho en estructura se pueda perder la espontaneidad. Yo quiero que El Bordo sea la banda más grande que pueda ser con nuestras cualidades, con lo que tenemos. Ese será el desafío.

¿Qué balance hacen del Luna Park?

Fue increíblemente efímero. Hacía muchísimo que veníamos imaginando tocar ahí, donde habíamos visto a Divididos, Los Piojos, Queens of the Stone Age y Stone Temple Pilots. Es un lugar clásico de Buenos Aires, no hace falta decirle la dirección a nadie. Nos seducía la conquista de Buenos Aires y de Capital. Por eso la foto de los afiches era nosotros parados frente al Luna Park, plantando bandera los cinco amigos del secundario.

Fue genial cómo el público armó su fiesta y pequeño bardo en la plaza de al lado, pero adentro todo estuvo muy tranquilo, sin descontrol.

Al ser una banda que transitó y sufrió Cromañón, nuestro público entiende que hay cosas que ya no se pueden hacer y que nos tenemos que cuidar. Porque si esperamos que el Estado nos cuide, estamos en el horno. La realidad es que el verdadero cambio pasa por cada uno y por cuidar al de al lado. Es un error esperar que alguien externo se ocupe de nosotros. Al mismo tiempo, hay que dejar de estigmatizar al de al lado como si fuera el enemigo, cuando los que estamos en un recital vamos a cantar, disfrutar y hasta abrazar a alguien que no conocés.

¿Por qué tuiteaste una frase de Deporte nacional cuando ocurrió lo del Indio en Olavarría?

La frase es “Idolatramos siempre al gran campeón y en un segundo se volvió el peor. Muy peligroso es el pedestal. La verborragia nos puede matar”. Creo que destrozar a los ídolos es una de las actividades preferidas de la gente. O sea, ponerlos en el pedestal y luego tirarles flechas y dardos. Es paradójico cómo nos gusta elevar a alguien y después hacerlo mierda. Hay como un disfrute morboso en eso.