Duran Duran vuelve a la Argentina apadrinada por el Lollapalooza 2017 y con varias medallas a cuestas: la inmortalidad de sus himnos ochentosos, el atrevimiento de nuevas canciones y un profundo interés por mirar hacia el futuro.

Birmingham no es Londres. Tampoco Liverpool. Y mucho menos, Mánchester. Pero tratándose de la segunda ciudad inglesa más habitada fuera de la capital, su herencia industrialista terminaría por empujar a muchos jóvenes a una música inspirada en el rugir de las máquinas. Por eso, siendo el lugar que dio nacimiento al primer heavy metal en los 70 (Black Sabbath, Judas Priest) y su brutal upgrade en la década siguiente (Napalm Death), nadie hubiera pensado que el pop podría germinar de ese concreto.

Duran Duran se formó en 1978 y cultivó un imaginario a partir de cosas que ocurrían fuera de su tierra natal. Adoraban la sensualidad del funk metropolitano de Chic, las bases italo-disco de Giorgio Moroder y las inflexiones postpunk sintetizado de Gary Numan. Combinado con videos ambiciosos y looks estrafalarios de estos chicos que querían ser del jet set, el resultado no tardaría en verse. Gracias a un primer álbum con excelentes canciones y fanáticos como la princesa Diana de Gales y Andy Warhol, el mundo les abrió las puertas.

Quizás, una de las claves fue encapsular el espíritu de un sector societario que se negaba a levantarse en armas contra el Estado. Ausente del odio colectivo provocado por las medidas del Gobierno de Margaret Thatcher, Duran Duran solo quería pasarla bien. Y lo hizo en grande: en una escenografía distópica a lo Mad Max, en la selva de Sri Lanka, arriba de un enorme yate en una playa paradisíaca; convirtió el hedonismo en el lenguaje propio de la banda. MTV también ayudó, por supuesto. En su etapa más formativa, la cadena los abrazó como a ningún otro y se encargó de premiarlos cada vez que hubo oportunidad. Y fueron también los tabloides quienes encontraron en la banda una usina inagotable de chimentos. Durante gran parte de los 80 no era extraño verlos asistiendo a fiestas de alto perfil y rodeados de modelos, siempre con champagne en mano.

Cien millones de discos vendidos más adelante, cambios de formación, cierto olvido y recelo popular, una reinvención en los 90 y alguna que otra rehabilitación, los wild boys siguen hambrientos como lobos. En 2015 editaron Paper Gods, un disco con intenciones de aggiornarse que en el camino reunió a nombres como Mark Ronson, John Frusciante, Nile Rodgers y hasta Lindsay Lohan (sí, la actriz).

De todos los de su época, Simon Le Bon, Nick Rhodes, Roger Taylor y John Taylor se erigen como sobrevivientes; hay una búsqueda que todavía los impulsa a seguir existiendo. En especial al último, que amasó una extensa discografía solista, profundizó otros proyectos paralelos y hasta jugó con una breve carrera actoral.

Para ser alguien que –en referencia al punto más cáustico de sus adicciones– definió a 1985 como “el año en que nadie comió”, Taylor suena elocuente y despierto. A sus 56 años analiza con claridad los momentos retratados en su autobiografía best seller de 2013, revela novedades sobre su banda y explica la fórmula para escapar a la nostalgia.

Fiel a su estilo multitasking, Taylor atiende el llamado telefónico de Billboard desde el estudio: “Estoy trabajando en unos remixes para unos amigos, pero es como un recreo de mi banda. Tocamos en año nuevo en Washington DC, pero ahora estoy en Los Ángeles, solo pasándola bien. Con un poco de trabajo, pero básicamente disfrutando de mi tiempo”.

¿Seguís viviendo ahí?

Sí. También paso bastante tiempo en Inglaterra, pero mi esposa trabaja en Los Ángeles, así que esa es nuestra principal base de operaciones.

Por ahora, porque dada la perspectiva migratoria del nuevo presidente norteamericano…

– Bueno… no estoy muy entusiasmado con eso.

¿Considerás volver a radicarte en Inglaterra?

Si lo hiciera, probablemente no sería por eso, ¿sabés? Para serte sincero, realmente no quiero hablar de ese tema [risas].

En 2013 publicaste una autobiografía en la que hablás abiertamente de la relación con tus padres, estar sobrio en el momento que fallecía tu madre y el proceso de formar tu propia familia. ¿Cómo resultó esa experiencia?

Mirá, yo creo que luego de que mis padres fallecieran, el miedo a olvidarme fue la motivación principal para escribir el libro. He tenido una vida y una carrera fantástica, pero ha sido una vida extensa, alejada de donde me crie. Eso se debe a cómo la fama me sacó de mi ciudad, del lugar de donde soy. Por eso el libro es una forma de abrazar mis raíces, una carta de amor a mis padres y a su generación, a la ciudad de Birmingham y también al tiempo. Yo crecí a fines de los 70 con la explosión del punk rock, que fue un impacto muy poderoso e influyente. Quise mostrar gratitud y reconocimiento hacia todas esas cosas. Sirvió para cerrar un capítulo de mi vida, ponerle flores a eso y saber que están ahí.

¿Solés ir seguido a Birmingham?

No mucho. La última vez que estuve fue cuando tocamos en diciembre de 2015.

¿Cómo viste la ciudad en comparación con lo que era cuando te criaste?

Ahora es un lugar tan distinto que es imposible comparar. Mi percepción era la de un joven, y al crecer en los suburbios, de alguna forma te vas alejando y la ciudad te atrapa con su magnetismo. Iba a disquerías y a shows, o a veces no tenía entrada, pero me quedaba en la puerta a pasar el rato. Encontré mi identidad en la música, en la ciudad. Esa fue la conexión y fue hace 30 años. Cambió mucho. Podría ir ahora a hacer un recorrido y decir: “Oh, ese lugar antes era tal cosa…”. Lo podría hacer, pero tampoco quería llenar el libro con eso. Necesitaba sacarlo de mi sistema y vivir la vida que tengo ahora [risas]. Así que hoy estoy en contra de volverme nostálgico.

¿Qué cosas hace Duran Duran para no volverse nostálgico?

Es un ejercicio bastante complejo. Primero, tenés que crear nuevo material. Escribir nuevas canciones hace que te generes nuevos interrogantes, incluso cuando las trasladás al vivo. Tenés que encontrar formas de refrescar la marca. Es un mindset. No creo que el resto de mis compañeros estén interesados en vivir en el pasado. Somos por naturaleza personas que piensan en el próximo paso, por eso buscamos nutrirnos de distintas cosas: escuchamos música contemporánea y tratamos de llevar eso al estudio. Puede ser desde un sonido de batería o de voz a escribir en un estilo que no hayamos desarrollado antes. Para lograrlo, también nos rodeamos de buenos productores de la actualidad como Mark Ronson y Ben Hudson. Mr. Hudson levantó lo más pesado, nos ayudó mucho con la arquitectura del sonido y las letras del disco [Paper Gods, de 2015]. Él fue muy bueno al darnos lugar para desarrollar cosas modernas. De todas formas, Duran Duran es una banda que no está atada a un estilo específico. Nuestro sonido es bastante elástico, podemos ser puramente tecno o usar beats de hip hop. Hicimos muchas cosas, pero siempre debajo del paraguas de lo que los fans esperan de nosotros.

¿Ya están pensando en nuevas canciones?

Siempre estamos pensando en eso. Al cabo de un par de años tenemos que hacer un disco nuevo y eso nos sirve para juzgar nuestro progreso creativo. Pero tengo que decirte que hoy, más que nunca, estoy pensando más en términos de canciones. No estoy seguro de si tenemos planes inmediatos de embarcarnos en un álbum, pero me parece que antes de fin de año volveremos al estudio para trabajar en algunos tracks. Veremos a dónde nos lleva eso.

No sé si lo viste, pero alguien subió a YouTube un video con la pista de bajo aislada de Rio. Es interesante la complejidad y el ritmo que tiene. Tenías tan solo 22 años. ¿Qué recordás de aquella grabación?

En ese momento estaba en una edad donde quería impresionar a todos, lucirme. Tenía una idea de cómo quería desarrollar ese ritmo y toqué todo lo que podía tocar entonces. Estaba empujándome al borde de mis capacidades. Tal vez, al crecer, me hice más selectivo. Ya para mediados de los 80 pensaba en la economía de tocar menos, pero en ese punto quería hacer todo lo que mis dedos me dejaban [risas]. Pero lo genial de ese disco es que tenés a aquellos chicos veinteañeros que estaban aprendiendo. Llevábamos solo un par de años tocando y giramos por todo el mundo después de nuestro primer disco. Aprendimos tanto. Grabar Rio fue como una suerte de celebración de todo ese aprendizaje.

Duran Duran y Metallica son las únicas bandas del Lollapalooza 2017 que explotaron a partir de los 80. ¿Cómo es tocar en ese contexto y para una audiencia más joven?

Lo afrontamos como cualquiera de los shows que nos toque hacer, inclusive si viniésemos solos. Le damos a nuestra audiencia lo mejor que tenemos. Si son dos horas, 90 minutos o 60, nos ajustamos al tiempo que nos dan para mostrar la versión más certera de lo que la banda es. No lo pienso más allá de eso. Somos conscientes de que va a haber personas jóvenes que quizás no nos escucharon antes, pero gran parte conoce alguna que otra canción. Cada vez que fuimos a la Argentina nos recibieron tan bien que está bueno ir de vuelta, aunque en un contexto distinto. La última vez creo que tocamos en ese estadio cerrado… ¿cómo es que se llama?

Luna Park…

¡Ese! ¡Qué lugar fantástico! Tuvimos shows geniales ahí. ¡También los de Vélez Sarsfield en los 80 fueron increíbles! Pero creo que ser parte de algo diferente es excitante. Me entusiasma ir con este circo rodante que es el Lollapalooza, y creo que va a estar buenísimo.