La banda de Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella celebró sus 27 años de carrera con dos fechas agotadas en el tradicional estadio porteño.

Atravesado por un reflector amarillo, que lo diferenciaba del resto del escenario, la intro del show quedó en manos del percusionista Marco Pusineri. Mientras tanto, el Luna Park parecía que iba a quedar chico. La previa de un público tranquilo contrastaba con las imágenes que pasaban en cámara rápida desde las pantallas: Luca, Sumo, giras, grabaciones, todo en blanco y negro, también para hacer hincapié de que ya han pasado muchos años de camino recorrido. 

A ninguna banda actual le queda mejor el calificativo de power trío. Desde la apertura del setlist con Villancico del horror, Divididos mostró que son más que un complemento. Sonaron todos los clásicos, pero la entrada en calor estuvo en manos de Haciendo cosas raras, La ñapi de mamá, Alma de budín, Buscando un ángel, Casi estatua y Elefantes en Europa.

En cada recital, Diego Arnedo reafirma su calidad como bajista. En Qué Tal arrancó con un solo y caminó hasta la batería invitando a Catriel a que lo acompañara con su sangre joven desde los parches. El stop reflexivo en un show comienza cuando la banda tiene algo más para ofrecer que una lista de temas, cuando son capaces de estimular todos los sentidos. Una versión menos power de Sábado allanó el camino para las banquetas y los acústicos: Vengo del placard de otro, lento y con la criolla, hizo aun más impenetrable la voz de Mollo. Mientras, desde el costado del escenario, Truman dibujaba con arena sobre una placa que se proyectaba en las pantallas. Las visuales también aparecieron en Spaghetti del Rock; en este caso, hechas por Andy Riva y María Verónica Ramírez. 

Con ojos de admiración, Ricardo le dio la bienvenida al joven guitarrista Federico Mendiry para darle ritmo a Sisters, una canción poco frecuente en los shows. “A veces, los músicos somos algo cerrados con las cosas nuevas”, fue la frase honesta que recibió a Lisandro Aristimuño para que prestara su voz en Par Mil.

Huelga de amores
es una chacarera que deja en claro el idilio de Divididos con la música autóctona, y que incitó a que Ricardo desplegara todo su caudal con las cuerdas vocales y que la guitarra pasara a manos de Arnedo. La conexión en escena quedó reflejada en el medio de Mantecoso, una zapada que desparramó blues, punteos, riffs de bajo y explosiones de platillos. 

Se habló poco entre tema y tema, pero cada palabra tuvo un significado especial. Orgulloso de su Stratocaster roja y blanca, Mollo contó: “El legado del más grande, Luis Alberto Spinetta, me la regaló antes de irse”. El recuerdo para el Flaco fue doble, porque Pescado Rabioso tomó vida con la versión de Despiértate nena. Hubo más homenajes con Tengo, que tiñó el Luna Park de Sandro desde la música y las pantallas. Salgan al sol le dio su lugar a La Pesada y Sucio y desprolijo contaba que todas las mañanas son iguales y que Pappo sigue vivo. 

“Ahora, a la amapola te la venden en un frasquito para curar la tos y todas esa boludeces”, se reía Ricardo antes de Amapola del 66, que musicalizó una proyección de imágenes del rock argentino. Los clásicos más grandes quedaron para el final: Ala Delta cerró los bises para que el exguitarrista de Sumo repartiera púas desde la valla y saludara a los de las primeras filas, como siempre. 

Fotos: Nacho Arnedo