Ricardo Mollo y compañía celebraron sus 30 años ante un estadio colmado.

“Con el Cóndor antes nos encontrábamos en un bar; ahora, en alguna farmacia. Y qué querés, después de 30 años de esto…”. Esto, para Ricardo Mollo, no es solamente la inoxidable “Ala delta”, que estaba siendo introducida por el irresistible riff de bajo en las manos de Diego “Cóndor” Arnedo, conjugado con el ritmo galopante sobre los parches de Catriel Ciavarella. Divididos está a pocas semanas de cumplir tres décadas en la ruta (formalmente, será el próximo 10 de junio) y antes de emprender una gira nacional para celebrarlo, el pasado jueves 24 de mayo pusieron a tope al Luna Park. No cabía un alfiler y el calor humano allí adentro fue más intenso que las bajas temperaturas de la noche, afuera. Y para ese momento de show, casi el final, el vapor en el aire también ya era parte del pogo.

Lo de Divididos es (¡vaya noticia!) clásico y rockero. Y nada, ninguna canción de las interpretadas ni ningún gesto hace pensar que eso vaya a modificarse. Enfocados en mejorarse a sí mismos, actitud palpable en cada uno de sus shows, se encuentran regrabando su primer álbum, “40 dibujos ahí en el piso” (1989): justamente “Caballos en la noche”, nueva versión con letra del antiguo instrumental “La foca”, fue la única novedad. Acá, Mollo le prestó una de sus más antiguas guitarras (la Gibson roja y negra) a Federico Mendiry, técnico de la banda, para que se encargue del punteo rabioso y nervioso que distingue al tema. En tanto, Ricardo aullaba, para sí mismo y para sus compañeros (especialmente Arnedo); una alegoría a continuar pese a la adversidad: “La muerte grita en el pasado / la música es la eternidad (…) / Suena y suena, olvida el dolor / Sueña y sueña, olvida el dolor… sueña para siempre”.

No se los nota incómodos ni urgidos por renovar su repertorio, que tuvo su última actualización hace ocho años -mismo lapso temporal que hubo entre sus últimos dos discos, “Vengo del placard de otro” (2002) y “Amapola del ‘66” (2010)-. Debajo del escenario no hubo quejas, sino aliento y más aliento a esa “aplanadora del rocanrol” plantada sobre las tablas. Una gran pantalla rectangular los proyectó con filtros rojizos; un poco más arriba, un hexágono, un círculo y un rombo transmitieron primerísimos primeros planos sobre Mollo, Ciavarella y Arnedo, respectivamente.

En ese marco, no escatimaron ni hits (“Paisano de Hurlingham”, “Rasputín”, “Paraguay”), ni tapadas (“Miente el after hour”, primera de la noche). Tampoco faltaron los homenajes y las citas a los maestros de allá y de acá: el enganchado “Light My Fire” (The Doors) / “Voodoo Child” (Jimi Hendrix), la intro de “El 38” engordada con el “Whola Lotta Love” de Led Zeppelin, e invocaciones a Sandro (“Tengo”) y Pappo (“Sucio y desprolijo”: según Mollo, el riff de este tema devela el orígen italiano de los Napolitano y para probar su punto, lo fue tocando un poco más lento hasta que lo transformó en una tarantela). Claro, el espíritu de Sumo también se corporizó en el insert de “La rubia tarada” entre “Qué tal” y “Azulejo”, y luego  en el final, con el popurrí “El ojo blindado” / “Estallando desde el océano” / “Mañana en el Abasto” / “No duermas más”. “No es reedición, es redención”, tal como entonó Mollo en “Amapola del ‘66”, quizás el momento más sentido de la noche cuando hubo distorsión.

Porque no todo es al repalazo con esta banda. Cuando Divididos baja los decibeles y toma asiento, gana en sutileza y conmueve como nunca. Como es costumbre, hicieron un set acústico que estuvo iluminado por las fábulas de “Como un cuento” y “Spaghetti del rock”, dejando también espacio a lo telúrico con las chacarera-rock “Huelga de amores” y “Ortega y Gases”, ideales para la víspera del 25 de mayo: “Revolución interna hoy, Revolución de Mayo mañana. Que haya luz adentro nuestro para saber a dónde queremos ir”, certificó el cantante antes de que la multitud arrancara el coro del hit ya no del verano, sino del año, ese que recuerda el origen del actual presidente argentino.