El pianista y cantaor de flamenco Diego Amador habla de su disco 'Soy de las 3000', en el que combinó el canto tradicional del género con orquestaciones y sonidos salseros; una fusión inédita y arriesgada, con dos invitados de peso: Alejandro Sanz y Oscar D’León, “el faraón de la salsa”. Lo presenta el 11 de mayo en la Sala Caras y Caretas.

“Diego Amador, ¡déjame gitanizarme!”, le implora “el faraón de la salsa”, el venezolano Oscar D’León, al cantaor de flamenco, compositor y ambicioso pianista sevillano. “¡Échale candela!”, retruca Amador, ardiendo su voz  en La sandunguita, el séptimo tema de su disco que mezcla salsa y flamenco para el siglo XXI: Soy de las 3000. Lo presentará este 11 de mayo a las 21 h en la Sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037).

Es un día de fines de marzo, falta media hora para que Diego Amador parta desde Aeroparque a Chile, en otra escala de la gira promocional de Soy de las 3000. En la combi de traslado, junto a Billboard Argentina, sonríe pensando en los cruces de pasiones y penares en su cante jondo: el flamenco callejero, las síncopas salseras y rumberas con una orquestación caribeña.

Es hermano menor de Raimundo y Rafael Amador, quienes en el innovador grupo Pata Negra fusionaron en los  años 80 el flamenco, el rock y el blues, sin borrar su identidad. Diego Amador extendió esa escuela primero al piano jazzero y ahora con la salsa (producido por el cubano Alain Pérez). “Estoy pasando por la salsa sin ser un salsero. Yo sigo cantando flamenco puro, pero con percusión y arreglos latinos. ¡Es fascinante”, dice Amador.

“En Soy de las 3000 busqué arriesgar y por eso me rodeé de un gran grupo. También convidé a grabar a mi amigo Alejandro Sanz en la canción Regálame la silla donde te esperé. Soy de las 3000 es un homenaje a mi linaje y al barrio de mi infancia, donde muchos jóvenes se perdieron en la droga. Yo me liberé con la música, que no tiene fin. Mis raíces serán el flamenco hasta que muera”.

Amador percibe los opacos colores del Río de La Plata bajo el sol de la tarde y gira la cabeza hacia Aeroparque. Ahora, ya de regreso en Buenos Aires, se concentra en su deseo: conmocionar. “Este trabajo refleja otra etapa de mi vida. Es más alegre, pero no se pierde el flamenco en la voz, las guitarras y los cajones. Hay rumba flamenca y rumba salsera. Es un disco caliente. ¡Prueba escucharlo sino!”.

Lo suyo es puro respeto, dice. “Yo gozo de verdad con la salsa. Por eso llamé a Alain Pérez para los arreglos y le dije: ‘No quiero un disco de salsa. Yo sólo voy a cantar flamenco con este otro sonido’”. Juntos, buscaron los tonos, las armonías y los acentos, hasta que Pérez le dijo: “¡Esto camina solo, tío!”. Porque, retoma Amador, “la voz flamenca está en su sitio. Yo nunca me voy a Cuba: me quedo en mi origen”.

Se abre la puerta de la combi y los aviones que despegan aceleran los latidos de Amador. “Cuando las músicas se mezclan desde los cimientos, nunca van a ofender a nadie. El dolor del flamenco sigue estando. Pero ahora es un dolor bailable. ¿No es eso bonito?”.