El gran guitarrista de los Redondos lanzó su séptimo disco solista, En el corazón del laberinto. Nos contó los entretelones de cada tema y admitió que tiene muchas ganas de presentarlo en Capital, aunque mientras tanto sigue recorriendo el país

Sin prisa pero sin pausa, con un ritmo casi perfecto de un disco cada tres años, Skay Beilinson volvió a sorprender con el lanzamiento de un nuevo álbum en su carrera solista que a los 67 años de edad ya suma siete discos en diecisiete temporadas. Un “cuerpo de obra” enorme, que no se detiene y que reafirma su talento y personalidad con cada opus, tal como ocurre con el flamante En el corazón del laberinto, editado en agosto.

Esta vez, sin embargo, hubo una gran novedad: durante las diez semanas previas, cada siete días se estrenaba un nuevo tema, los jueves en el programa de Bebe Contepomi en FM Mega y los viernes en plataformas como Spotify. Un plan sencillo pero adictivo, nacido en la mente de Skay a partir de varios detonantes. Por un lado, la ansiedad por presentar las canciones mientras esperaba que el gran Rocambole entregara el arte de tapa. Por otra parte, las ganas de darle difusión a todo el material del disco, y no solamente los temas de difusión

“Se me ocurrió a mí -admite Skay en un momento de la distendida charla en su casa- a pesar de que no escucho radio, no tengo celular y no participo de las redes. Pero creo que cuando uno presenta un disco generalmente se le da un poco de atención a tres o cuatro temas del disco, y el resto queda un poco en el olvido. En cambio esto de escuchar uno por semana por ahí te da tiempo de volver a escucharlo y tiene más que ver con mi manera de escuchar”. 

¿Tenías sólo estos diez temas para el disco, o descartaste otros que no te convencían?

-A ver, dejame recordar… Como soy de componer mucho, hago muchas canciones, pero en el momento de ir al estudio ya hago mi propia selección. Me ha pasado en otros discos que un tema empieza y en un momento se me pincha y pierdo el hilo, así que en vez de insistir es mejor dejarlo y pasar a otra cosa. En este disco no me pasó que una canción quedara afuera.

¿Es una evolución del sonido de los shows en vivo o buscaste algo nuevo especialmente?

-En realidad se empieza a determinar en el estudio. Porque acá en casa hago las maquetas, los bocetos, y para mí hay básicamente dos sonidos: guitarra limpia o guitarra podrida. Pero ya en el estudio empezamos a ver qué guitarra rinde mejor, y depende de los arreglos o de lo que le empieza a pasar al tema. 

El álbum abre con un tema muy distinto y genial en la letra y en la música, que es “El sueño de la calle Nueva York”.

-Yo tenía armada la escenografía, el escenario del tema, pero luego fue creciendo. En un momento pensé que me faltaba algo, imaginaba unas trompetas o algo así, y me acordé de los arranques de orquesta de Stan Kenton y pensé que me encataría lograr algo así. Lo busqué a Hugo Lobo, que lo conozco y es un capo, le mostré un poco lo de Kenton y le dije que me gustaría que pasase algo en esa línea. Se llevó el tema, volvió a los quince días y trajo esa maravilla. Lo que hizo Hugo está buenísimo.

Skay Beilinson. Fotos: Paula García.

La letra sigue la línea de Moris y Manal, algo poco habitual en vos.

-¡Es que en realidad ese lugar existe! Está en la zona de Beriso y es parte de la historia de la zona, desde principios y hasta mediados del siglo pasado, cuando estaban los frigoríficos y venían los marineros a cargar las cosas por la callecita Nueva York, empedrada y con lucecitas rojas. La conocí a través de relatos y Poli es también una enamorada de esa época y esa zona. Siempre rememoramos ese lugar y hemos ido varias veces. Sigue teniendo cierto halo misterioso, como cuando vas a La Boca. Los frigoríficos cerraron y la convirtieron en una zona que tuvo su “esplendor” y se quedó con una melancolía especial. 

El segundo tema es “El ojo testigo”, un rock medio Keith Richards, con la frase “Siempre hay alguien mirando a través de mí y tal vez sea dios”.

-En un principio había pensado que la letra hiciera un recorrido, suponete A mira a B, B está mirando a C, C mira a D, y al final D termina mirando a A. Como una especie de loop. Y cuando empecé ese relato me pareció que también hay alguien que está mirando toda la escena, y ahí aparece el ojo testigo.

En general manjeás primero el riff y el sonido de la canción, para luego ponerle letra, ¿no?

-Exacto. La letra después. Me cuesta muchísimo más que hacer la música. Se diría que casi no es mi elemento y me tengo que esforzar bastante. Por suerte tengo a Poli, que siempre me va tirando puntas, me cuenta historias y algunas frases. 

Te imagino de entrecasa con la guitarra encima pero no con el cuadernito y la birome.

-Lo que hago es que todos los días salgo a caminar un buen rato, y muchas veces en esas caminatas empiezo a jugar con alguna idea, alguna letra o alguna frase. Así se van armando. ¡Incluso hay veces en que me detengo para anotar!

Siempre fuiste hombre de caminatas.

-Sí, hace bien. Y después de caminar un rato viene el premio, que es tirarme bajo los arbolitos y escuchar a los pajaritos y las plantas que me hablan. (risas)

Y el cuarto tema ya se manda para otro lado: “El valor del encanto” tiene un inicio con cuerdas, redoblante y marcha que va creciendo y creciendo, un poco en la línea de “Juguetes perdidos”.

-Puede ser. Tiene una historia particular, porque la letra es de una chica que se llama Cristal Belén Fernández, que es del Hogar Juanito. Resulta que un día me llama Gastón Pauls y me dice que tiene una fundación que van a los barrios carenciados y ofrecen talleres literarios para los chicos. Me mostró un montón de poesías y me dijo que me fijara si me gustaría hacer algo. Primero me sentí medio perdido, porque siempre laburo al revés y me estaba proponiendo partir de la letra, que para mí es el camino inverso. Empecé a leer las poesías y me constaba mucho encontrar una letra porque son de una ternura muy naif para mi sensibilidad. Hasta que me encuentro con la poesía de esta chica, aunque no sé muy bien de qué está hablando y me genera enigmas. Me gustó, fui a un arpegiador que tiene el teclado, y la canción salió sola. Fue un gran encuentro.

Sé que si no toco “Ji ji ji” me lo van a pedir, así que lo pongo siempre en la lista. Lo que hice fue sacarlo del lugar del final y lo puse terminando la primera parte, antes del intervalo.

Skay beilinson

Después viene “Tam-tam”, con un inicio medio Pink Floyd de Gilmour y después una mezcla de música árabe y todas tus “beilinsoniadas”.

Me gustaba la musicalidad de la palabra. Poli tenía algo escrito con el tam-tam, yo tenía una melodía y así empieza a aparecer esta idea con los tambores en la noche y la selva, los golpes del destino en la puerta. Eso se desarrollaba hasta cierto punto, y después tenía ese otro riff que tenía hecho como un tema todavía sin letra. Se engancharon y me parece que funciona bien.

¿Vas armando temas todos el tiempo o solo cuando se acerca la época de sacar un disco?

-Todo el tiempo voy trabajando en dos o tres temas al mismo tiempo. Pruebo cosas en un tema y si no funcionan lo pruebo en otro, o empiezo a jugar cambiando el tempo o la tonalidad. Grabo la maqueta recién cuando tienen espíritu de canción.

El siguiente es “Las plumas del condor al viento”, que arranca acústico, luego es eléctrico y tiene uno de los punteos más lindos del disco.

-Salió pensando en nuestro mundo y nuestra sociedad, que es casi como un Babel con una confusión total donde todo el mundo anda corriendo detrás de cosas. Y hay cosas que van sucediendo que nadie las advierte, como pequeños destellos de libertad y cosas interesantes que pasan. Un poco se refiere a eso.

En “La cueva de San Andrés” arrancás a capella y después viene una onda Led Zeppelin.

-Tiene un aire a Zeppelin, sí. Ese tema tiene letra de Daniel Amiano. Me gustaba cómo arrancaba con la frase “Eran 123 en la cueva de San Andrés”. No sabía de qué carajo estaba hablando pero me gustaba la frase cuando estaba buscando algo para acompañar la melodía. Le dije “Dany, tengo esto, ¿te animás a hacer algo? Si te sirve usá este comienzo y sino tiralo y arrancá por otro lado”. Se puso a escribir y lo hizo. Ya habíamos laburado juntos en un tema del disco anterior. 

“La estatua de sal” tiene un inicio lento y después se manda al mundo de “Led Zeppelin II”.

Para mí Zeppelin es una gran influencia. Mis bandas son: primero Beatles, segundo Stones, tercero Zeppelin, cuarto Pink Floyd y después Hendrix. Un poco de Chuck Berry también. En una época previa a los Redondos me gustaba mucho Cream por sus zapadas infernales donde el bajo y la batería se van entrelazando. 

Sigue “Las flores del tiempo”, otra acústica y con una segunda parte tipo “Kashmir”. Obviamente te gustan tanto el rock & roll fuerte como los climas de la guitarra acústica y las cuerdas.

-Si vamos al ADN de mi formación, está tanto la canción como la cuestión hipnótica psicodélica, todo entremezclado. Creo que en algún momento del disco tiene que aparecer ese tipo de climas.

El cierre parece el final de un recital, con un rock lleno de “Esdrújulas en órbita”, como dice el título.

-Sí. Es curioso como vas jugando con las esdrújulas y solas van contando algo, sin importar la manera en que las dispongas.

¿Cómo surgió el título del disco?

-No encontraba cuál era el hilo que unía todos los temas, entonces pensaba en títulos como “Fragmentos de un espejo roto”. Y una noche me apareció la idea del laberinto, que un poco resume la historia del disco, que propone diferentes recorridos.

¿Te da ganas de sacar el álbum en vinilo, como hacen muchos rockeros actualmente?

-Primero, no tengo bandeja. Y casi no escucho música. Lo pide la gente y lo piden las disquerías, pero sé que fabricar discos de pasta es muy complicado y ocupan mucho lugar. Encima cada vez la gente escucha menos un disco. Está bien que el esfuerzo lo hagan otros, pero yo no tengo ganas. 

Con los shows no venís manejando el concepto de presentación de disco, ¿no? Simplemente vas incorporando temas nuevos a los recitales.

-Exacto. Estaría bueno presentarlo con el arreglo de Hugo Lobo en vivo, pero la logística se complica porque estamos tocando sobre todo en el interior del país y Hugo tiene sus propios planes. De todas formas, ese tema lo armamos con el tecladista, que lo sacó exacto y en vivo está buenísimo. 

Hace mucho que no tocás en Capital.

-Sí, hace mucho. Antes hemos tocado en Vórterix, el Teatro Flores, el estadio Malvinas Aregntinas y el de Pompeya. Ya vendrá.

¿Cómo manejás el ritmo de shows?

-Generalmente estamos haciendo uno o dos recitales por mes. En casa estoy grabando prácticamente todo el tiempo, y al estudio voy cuando tengo una masa crítica de temas. Mi método para trabajar en el estudio son a lo sumo cuatro horas muy intensas, luego dejo dos o tres días en el medio y retomo. 

¿Cómo suenan las canciones nuevas en vivo?

-Suenan buenísimas y la banda está en un buen momento. Hay mucha química, hay muchas ganas, hay mucho entusiasmo. Disfrutamos mucho tocando.

Con siete discos ya, ¿al hacer la lista de temas se complica tener que agregar uno o dos temas de los Redondos?

-Está buenísimo incorporar temas nuevos pero lo difícil es qué temas sacás, porque ahí se pone complicado. Sé que si no toco “Ji ji ji” me lo van a pedir, así que lo pongo siempre en la lista. Lo que hice fue sacarlo del lugar del final y lo puse terminando la primera parte, antes del intervalo. Del resto de los temas, ahora estamos tocando “Kriminal mambo”, que es un tema que se presta para un poco de locura y diversión.

¿Cómo sigue la gira?

-Hacemos el festival Cosquín de Uruguay en octubre, a la semana nos vamos a Tandil y en noviembre tenemos Neuquén. Falta definir diciembre nomás.