En una noche atravesada por algunas dificultades menores –la llovizna- y otras más serias –la falla de las pantallas-, Depeche Mode trajo su Global Spirit Tour al Estadio Único de La Plata.

“Siempre la idea de ir al campo”. Ese verso de “Sin guía no” parece dirigido a los muchachos de la popular, que silban la performance de Juana Molina y miran el campo con ansias. “Ya vienen las bestias”, los calma Juana. Tiene un outfit de hada impermeable y su voz, en el estacionamiento del Estadio Único, resuena como el eco de un sueño. Aquí dentro, el público es un blend que solo permite Depeche Mode: jovencitos góticos y veteranos de las raves que se exiliaron en el gimnasio; chicas de jean y flequillo, familias bien constituidas y pibes de claritos con las gafas sobre la frente. Barbas de barbería y barbas de la mera desidia. El más freak y el más normal, sea lo que fuere que esto signifique.

Regresa la llovizna, se apagan las luces y, a través de las torres de sonido, se escucha la versión eléctrica de “Revolution” de los Beatles. Martin Gore se cuelga una de sus Gretsch, toca los primeros acordes de “Goin’ Backwards” y, recortada sobre un cuadro de Pollock, aparece la silueta de Dave Gahan. Como si fuera un predicador de True Detective, el tipo abre los brazos, se golpea el pecho y anuncia el fin de la era del afecto: “We Feel Nothing Inside”. Unos segundos después está girando en el centro del escenario mientras sus compañeros (Andrew Fletcher, Peter Gordeno y el baterista Christian Eigner) tocan una versión demoledora de “It’s No Good” y las pantallas revelan las posibilidades artísticas de un concierto. Todo es retorcido, intenso y decadente: el anuncio de una noche perfecta.

Pero no. Para cuando arranca “Barrel Of A Gun”, las pantallas dejan de funcionar. No solo quedan fuera del programa las visuales de Anton Corbijn, sino también las dos laterales que emiten el concierto. La popular, en este marco inesperado, se aleja y se aleja. Las plateas, más lentamente, empiezan a preparar los silbidos de su indignación. A partir de aquí, es solo un quinteto de Basildon frente a 45.000 personas desconcertadas. Si no fuera Depeche Mode, sería una batalla desigual.

A pesar de los bemoles, el grupo no cede un milímetro. El repertorio se apoya en su obra más compleja (además de los tres temas del flamante Spirit, buena parte del repertorio pivoteó desde Ultra hacia otras páginas oscuras de su discografía) y nadie dice una sola palabra en español. Para cuando llega el momento solista de Gore, la situación revela la belleza de su fragilidad: sin acusar recibo de nada excepto de la música, canta una versión a piano y voz de “Insight” mientras el aire se tensa entre la emoción y el devenir de la tecnología. A su modo, es un pequeño triunfo.

El público le pone onda y, aunque la canción termina, regresa sobre el coro final de “Home”. Gahan se pliega a la ceremonia, se prenden las pantallas y arranca con una lectura uptempo de “In Your Room”. ¡Ahora sí! Pero no, de nuevo. Se apagan otra vez y el concierto se empieza a acercar inexorablemente a su final. Aunque los arcos melódicos de “Everything Counts” y “Enjoy The Silence” sea enormes, el baterista apele a sus recursos de estadio y Gahan se abisme al extremo de la pasarela, el esfuerzo no logra cubrir la distancia. La distancia que, como dijo Manuel Moretti, es brutal.

La emoción resulta agridulce. El veterano del gimnasio que vino listo para la fiesta del synth-pop no estaba preparado para este viaje al fondo de la noche. Todo parece una escena de Mulholand Drive: las pesadillas, las autopistas, el desdoblamiento, la redención que no llega nunca. La única diferencia es que aquí si hay banda. Lo que no hay son pantallas.