Los de Sacramento desplegaron un arsenal de hits y hasta se dieron el lujo de no tocar temas de Gore, su último disco.

Son aproximadamente las 20:30 h del 24 de enero de 2001. Diluvia sobre el estadio de Vélez y por eso ni Santos Inocentes ni Catupecu Machu pudieron salir al escenario. El Chino Moreno exige su garganta y enfrenta dos misiones imposibles a esa altura de la noche: que cese la lluvia y que su ancho pantalón deje de caerse. Entre el clima hostil y un escenario repleto de equipos tapados con lonas, Deftones hace su debut en Buenos Aires en la previa de los Red Hot Chili Peppers de Californication. Lo hace sin saber que el cielo alguna vez despejará y que este país comenzará a recibirlos de una manera más amigable.  

A pesar de tener varios años en la escena, de haber seducido a Madonna y a su sello Mavericks, y de haber grabado el auspicioso Adrenaline (1995), el furioso y contundente Around The Fur (1997) y el bellísimo White Pony (2000), no desconocen su condición de teloneros y que en la Argentina aún hay mucho camino por recorrer. Y, tras haber cargado injustamente en el lomo la etiqueta del ñu metal, no haberle vendido el alma a la industria del espectáculo y afrontar la dolorosa perdida de un compañero de ruta, ese camino lo ha recorrido y no solo ha alcanzado sus metas, sino que aun con 30 años de carrera sigue autoexigiéndose en pos de no caer en la tentación de repetir su propia fórmula.

Es viernes por la noche y afuera hace mucho frío. Ya pasaron casi 17 años y medio de aquella acuática noche en Liniers. Son las 21:30 h y el escenario es el del Luna Park, un sitio consagratorio tanto para locales como para forasteros. Hoy, los Deftones, más allá de ser una inquieta y respetable banda de culto, se sienten a gusto y merecedores de dicho espacio. Y, como durante toda su carrera, no hay artilugios que los desnaturalicen o que confundan a la audiencia; solo un telón a rayas y un sobrio juego de luces son suficientes para dejar paso a lo más importante que tienen: su repertorio y su credibilidad.

Ya han pasado los Quicksand, banda neoyorquina con aires a Incubus -de hecho su nombre coincide con la canción que el grupo de Brandon Boyd firmó para Light Grenades (2006)-, y Camilo “Chino” Moreno, Stephen Carpenter (guitarra), Abe Cunningham (batería), Frank Delgado (teclados) y Sergio Vera −el bajista de Quicksand que hoy ocupa el lugar del trágicamente fallecido Chi Cheng−, salen al escenario con la certeza de que no necesitan administrar ni energías ni hits para los diferentes momentos de la noche. Por eso sueltan de entrada un certero golpe de knock out que hasta el propio Tito Lectoure hubiese celebrado: “Headup”, “Be Quiet and Drive (Far Away)”, “My Own Summer (Shove It)” y “Around The Fur”.   

“Gracias por recibirnos siempre tan bien. Ustedes son tan pasionales…”, es el primer y breve mensaje del Chino, antes de abrir la etapa White Pony, con “Elite”, “Digital Bath” y “Knife Party”.  A ellos les pegan “Rosemary” y “What Happened To You?”, de Koi No Yokan (2012),  “Kimdracula” y “Hole in the Earth”, de Saturday Night Wrist (2006), y, luego del clásico “Change (in the House of Flies)”, de White Pony, regalan otras dos joyas como “Diamond Eyes” y “You’ve Seen the Butcher”, de Diamond Eyes (2010).

No tocan ni creen necesitar tocar ninguno de Gore, su más reciente álbum (2016). Y con esa deliberada omisión, parecen marcar una diferencia entre lo que necesita el público, cuando los tiene en enfrente, y lo que necesitan ellos cuando están en la intimidad de su estudio. Lo confirma el Chino cuando avisa: “Esta es nuestra última noche en Sudamérica. Ahora nos vamos a grabar un nuevo disco”.   

Los Deftones tienen 30 años de carrera pero ningún delirio de estrellas, es por ello que no se hacen rogar para los bises y tras una breve pausa de 30 segundos vuelven con “Minerva”, del disco Deftones (2003) y se despiden en clave old school con “Nosebleed” y “7 Words”, ambos de Adrenaline.