El quinteto de San Francisco vino a Buenos Aires por primera vez a dar una cátedra de metal moderno y disruptivo.

A las 21:30, las cortinas del escenario de Uniclub se abren y solo un sampleo en clave drone es lo que cubre a los cinco miembros de Deafheaven. De camisa negra ajustada y chupines, George Clarke se asoma para marcar la cancha; corre el pie del micrófono a un costado, hace unos pasos y se frena al borde de los monitores para mirar con el ceño fruncido a cada persona del público. Los examina mientras levanta los brazos a media altura con los puños cerrados apuntando al techo en una postura monolítica de dictador. Es la imagen más perfecta a la que puede aspirar una de las bandas más polarizadoras del metal moderno: un líder buscando intimidar detrás de un rostro limpio, ojos claros y pelo corto rubio, y músicos que bien podrían ser baristas de Starbucks.

Desde ese quiebre de lo predecible, la sala se llena de un humo gélido y el grupo ataca el feroz blast-beat inicial de Brought to the Water. Clarke comienza a sacudir su cabeza como si fuese una patología y se vuelca en un gruñido venenoso e inteligible: herencia directa de las voces del verdadero metal noruego. Deafheaven repasa New Bermuda (2015) de principio a fin. “Por si no lo notaron, acabamos de tocar todo nuestro último disco entero. Así que si no lo tienen, lo acaban de escuchar”, bromea el cantante cuando llegan los bises.

El tercer disco del quinteto de San Francisco le calza a la perfección. Permite a los guitarristas Kerry McCoy y Shiv Mehra elaborar los acordes explosivos que sostienen el grueso de las canciones y, a la vez, les da espacio suficiente para probar texturas ambientales. El bajo de Stephen Clark los sigue con un gesto relajado a lo Bill Wyman, pero es Daniel Tracy quien, detrás de la batería, acepta el desafío físico y angular de seguir una marcha que parece no detenerse. Ellos cuatro, a pesar de los embates técnicos a lo largo del show, construyen la épica black metal-shoegaze-post rock que hizo de Sunbather (2013) una obra esencial, y que con New Bermuda se expande a nuevos terrenos. Baby Blue tiene la capacidad de generar un pogo de piñas voladoras y un vaivén introspectivo en sus minutos finales, pero es el cierre parcial de Gifts of the Earth una de las revelaciones de la noche. En poco más de ocho minutos la banda expende su vocabulario, tomando el post punk de The Cure era Disintegration y una progresión de acordes calcada de Champagne Supernova, de Oasis. Clarke aprovecha la calma para dirigir orquestalmente a través de brazadas que marcan el tempo y las melodías; porque en un show de Deafheaven se puede ser cavernícola y elegante al mismo tiempo.

Ese gesto es una de las pruebas de cómo esta joven banda ha logrado en poco tiempo lo que otros tardan décadas. Por eso, el final con el doble punch de Sunbather y Dream House se celebra a todo vapor con Clarke haciendo crowd-surfing, a micrófono suelto y sin funcionar; es que no hace falta si tus últimas palabras son: “Me estoy muriendo / ¿Es algo feliz? / Es como un sueño / Yo quiero soñar”.