Antes de su regreso a Buenos Aires, East Bay Ray recuerda sus orígenes, la situación actual de la política norteamericana y qué banda hay que ver en el festival Rockout.

Era una aventura. Si entre 1980 y 1985 vivías en San Francisco con tus padres y lograbas esgrimir una excusa creíble para que te dejen ir a un oscuro concierto punk, ya tenías el primer paso resuelto. El segundo era zafar de la agresión policial en la puerta del boliche. El tercero era que te duela lo menos posible el aterrizaje de un crestudo después de un stave diving o recibir la menor cantidad de piñas voladoras en el pogo. Recién ahí se develaba el misterio de porque la aventura valía la pena: una banda con un nombre sin sutilezas, el vibrato venenoso y el histrionismo escénico –aún hoy intacto- de su cantante, el ritmo demencial de la base bajo-batería y los riffs multifacéticos de su guitarrista. Dead Kennedys eran una fuerza imparable, la pieza seminal de un género que nunca morirá a pesar de que hace décadas se insiste en firmar su acta de defunción.

Sus shows no eran el único objeto de leyenda. El medio era también el mensaje. Jello Biafra vociferaba himnos en contra del uso de armas, la brutalidad policial, las clases altas norteamericanas que ignoraban los horrores de medio oriente y los neo-nazis de la escena punk. Toda esa provocación también se extendía a los instrumentos gráficos. En el universo Dead Kennedys valía satirizar a Ronald Reagan en los flyers de los shows –generalmente hechos en modo collage con cutter y pegamento-, también se podía poner a Jesús en una cruz hecha con dólares (In God We Trust) y por supuesto, rellenar el booklet interno de un disco con una pintura fálica (Frankenchrist).

Dead Kennedys eran una fuerza imparable, la pieza seminal de un género que nunca morirá a pesar de que hace décadas se insiste en firmar su acta de defunción.

¿Y la música? Hardcore frenético pasado por surf, rock&roll y hasta cierta sensibilidad melódica (¿Quién puede negar que Moon Over Marin es un perfecto proto-punk pop?). Mucho de ello salía de la novedosa combinación de acordes y riffs que East Bay Ray disparaba con su guitarra.

Desde la primera disolución del grupo en 1986 a su regreso en 2001 hubo un lapsus. Un litigio que empezó por problemas de royalties, sigue al día de hoy al punto que Biafra se refiere a sus antiguos compañeros como “unos republicanos. Una pésima banda de covers”. Por eso, sin la presencia magnética de su cantante original y sin nuevo material desde hace treinta años, los Dead Kennedys pelean por mantener vivo un legado.

El regreso a Buenos Aires los trae como parte del festival Rockout, donde compartirán escenario con The Offspring, Anti-Flag, Cadena Perpetua y Lash Out. Apenas atiende el teléfono para hablar con Billboard Argentina, East Bay Ray dice entre risas: “Gracias por llamarme a tiempo. Estoy desde las 6 am despierto”.

Es casi un mito eso de que “todas las bandas punk no tienen formación”. […] A cualquiera que se dedique a la música y toque un instrumento, la músicale sirve como educación. 

Desde un principio el punk fue la puerta de entrada para muchos chicos que querían ser músicos y no tenían una educación formal. Pero en cierta forma, vos pudiste sumar nuevos elementos de experimentación sonora. ¿Qué recordás de esos tiempos en que comenzaste a desarrollar tu estilo?

Es casi un mito eso de que “todas las bandas punk no tienen formación”. No es cierto. A cualquiera que se dedique a la música y toque un instrumento, la música le sirve como educación. Creo que eso aplica a Dead Kennedys.

¿Qué cosas pudiste traer a esa ecuación?

– Los miembros de la banda escuchaban distintos tipos de música y cuando nos juntábamos creábamos algo nuevo. Yo traje el sonido de la guitarra. Eso es algo que muchas personas no se dan cuenta porque suelen prestar más atención a las voces. Pero creo que el sonido de la guitarra es lo que hizo que el sonido de los Dead Kennedys sea único. Si vas hacia atrás y te fijás en el trabajo de Scotty Moore con Elvis Presley o Keith Richards en los Stones… Bueno, hay muchísimas bandas que tienen una combinación. Lo que yo pensaba era en un estilo único, diferente al de cualquiera. Tiene influencias de heavy metal, spaghetti western, punk. Y pensé también en la estructura de canción pop, como en Hollywood in Cambodia que tiene estrofa-estribillo-estrofa.

Y está también el elemento surf. ¿Eso surgió de la influencia directa de Dick Dale, The Ventures y el resto de esa escena o vino por otro canal?

– Sí. En realidad yo no escuchaba música surf per se, pero creciendo en California, todos los chicos escuchaban eso y terminé investigándolo. Cuando empecé a meterme en el punk, no tenía un Marshall enorme, tenía un Fender, que en ese tiempo se usaba más para el surf. Entonces, al no tener el sustain de un Marshall, para darle intensidad yo hacía un punteo doble, que es lo que hacía Dick Dale. Y después conseguí un pedal de echo y eso le dio un estilo surfero. Aunque técnicamente para el surf se usa reverb, no un echo, así que terminó quedando bastante parecido (risas).

“La mayoría de la gente no entiende que el gran arte nació a partir de límites y restricciones. Si te dan demasiada libertad, no sabés como hacer las cosas con inteligencia”.

O sea que nació a partir de un límite en los recursos.

– Claro. Sí. La mayoría de la gente no entiende que el gran arte nació a partir de límites y restricciones. Si te dan demasiada libertad, no sabés como hacer las cosas con inteligencia. Como pasó en los 50, que no podías hablar de sexo explícitamente.

Hacían uso de la metáfora, como Prince en Little Red Corvette. Los artistas debían encontrar nuevas soluciones.

– Es un desafío. Como los haikus japoneses, que son algo como veinticuatro sílabas. Y es un desafío divertido, como resolver un rompecabezas. Pero no solo resolverlo, sino transformarlo en un proceso artístico, de manera que le comunique algo a la gente.

Dentro de ese proceso, ¿qué resultados fueron los que más orgullo te dieron?

El setenta por ciento de nuestra audiencia son veinteañeros, mientras que el resto son fanáticos de los viejos tiempos. Y como músico, especialmente de rock, es un honor. Muchas bandas, por ejemplo The Moody Blues, tocan para una audiencia que es de la misma edad que sus miembros.

El setenta por ciento de nuestra audiencia son veinteañeros, mientras que el resto son fanáticos de los viejos tiempos. Y como músico, especialmente de rock, es un honor.

La escena hardcore punk de los ochenta explotó en parte como contraposición a lo que ocurría con el gobierno de Reagan. Hace unos años ustedes volvieron a estar activos y ahora existe la posibilidad de que Donald Trump sea presidente. ¿Cómo les resuena eso?

Las cosas se pusieron peor en cierta forma. Donald Trump me recuerda a Italia en los treinta. Trump es como Mussolini, y parte de eso es porque compañías de internet como Facebook y Google. Ellos hicieron sus fortunas a partir de la publicidad y necesitan los titulares llamativos y explosivos que él les da. Eso genera plata rápida y arruinó al periodismo profesional. Para tener una democracia la gente necesita estar informada con objetividad de opinión. A la internet no le interesa que las personas estén informadas, ellos solo quieren influenciar la opinión de la gente y hacer plata a partir de eso. Internet no nos liberó, terminó creando como una mafia. Pero bueno… a Mussolini lo votaron y a Hitler también, en un principio.

Pero Internet también le facilitó a grupos como Dead Kennedys a expandirse a esas nuevas audiencias.

– Sí, pero en el negocio, estos nuevos jefes son peores que los viejos jefes. Es como el sistema de plantación: el que vende el algodón se queda con la mayoría de las ganancias producidas por los trabajadores. Google y Youtube regalan todo porque ganan con la publicidad. La diversidad está muriendo. Muchos estudios de grabación están cerrando, pequeñas tiendas de discos también. Nosotros no estamos en contra de la tecnología e internet, estamos en contra de la forma del negocio. Google es la corporación más grande del universo, controlan la información y le sacan la plata a la gente como si todavía estuviésemos en 1890. Es un monopolio y los artistas tienen cada vez menos posibilidades.

Vienen a Argentina de nuevo, pero esta vez con The Offspring y Anti-Flag, bandas que tienen marcada la influencia de Dead Kennedys. ¿Qué te parecen ellos?

– Son buenos pero si las personas vienen al show con oídos receptivos se van a dar cuenta de que nosotros somos mejores (risas).