Su amiga Nina Simone una vez dijo: “No es humano; David no es de acá”. Antes de que cualquier terrícola pisara la Luna, David Bowie estaba inmerso en el espacio, parado en su propia versión del cruce de caminos y cautivando generaciones muy raras para este mundo.

En el marco del primer aniversario de su muerte (10 de enero de 2016) y de lo que sería su cumpleaños N° 70 (8 de enero de 1947), se estrenó el video de No Plan −dirigido por Tom Hingston− y el EP del mismo nombre. La obra recopila las canciones del musical Lazarus, que se estrenó hacia finales de 2015 en New York y que escribió el mismo Bowie. Las canciones fueron grabadas en las sesiones de Blackstar.  

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LA CONQUISTA DEL ESPACIO EXTERIOR

“Don’t be afraid of the man in the moon/Because it’s only me” (“No tengas miedo del hombre en la Luna/porque soy yo”). Así cantaba David Bowie, a los 20 años, en Love You Till Tuesday, una de las 12 canciones que hay en su álbum debut homónimo de 1967. Este era un tema no cantado a la luz plateada de la luna, como en varias canciones pop de antaño, sino desde la Luna −una señal transmitida a todo volumen a la Tierra−.

Dos años después de ese LP vino otro, que también llevó su nombre, que luego fue renombrado Space Oddity por su track más famoso. Había muchas más canciones sobre el espacio por venir: Moonage Daydream, Starman, Life on Mars?, Hallo Spaceboy, Dancing out in Space, Born in a UFO. Eventualmente, la ciencia ficción de Bowie se convirtió en un hecho: en 2013 el astronauta Chris Hadfield grabó un video viral de Space Oddity, rasgueando su guitarra mientras flotaba a través de la estación espacial internacional. Fue un tributo apropiado para un hombre cuya música parecía no tener límites terrenales. El espacio nunca estuvo lejos de la cabeza de Bowie. En una entrevista por televisión en 2000, preguntó: “¿Hay vida en Marte? Sí, acaba de aterrizar aquí”. Se refería a Internet, a la que él llamaba “una forma de vida alienígena”. Por supuesto, el alienígena supremo de la cultura pop era el propio Bowie. El más indeleble de sus álter egos era la estrella de rock extraterrestre de pelo amarillo intenso, Ziggy Stardust. Interpretó a otro visitante del espacio −una especie de E.T. gótico− en el clásico de culto de Nicolas Roeg, El hombre que vino de las estrellas (1976). Incluso fuera del escenario, la presencia de Bowie era de otro mundo. Nina Simone, amiga desde principios de los 70, consideraba con admiración que no era humano. “David no era de acá”, afirmaba.

La temprana acogida de la ciencia ficción por parte de Bowie era un signo de los tiempos. Space Oddity fue grabada el 20 de junio de 1969, exactamente un mes antes que el alunizaje del Apollo 11. Antes que Bowie, el pop sci-fi había sido puro kitsch: hits novedosos y ridículos como Flying Saucer Rock’n’Roll y Martian Hop. Pero en el trabajo de Bowie, el espacio exterior juega el mismo rol que el cruce de caminos en el blues del Delta y la autopista de peaje de Nueva Jersey en el catálogo de Bruce Springsteen. Es un lugar y una musa; es una metáfora multiuso que da lugar a enigmas existenciales, fantasías utópicas, pesadillas distópicas, parábolas sobre tecnología y sexo, drogas y rock’n’roll.

Ziggy Stardust era una broma elaborada de arte y presentación sobre las cualidades superhumanas, incluso mesiánicas, que el público les daba a las estrellas de rock. Pero Bowie no se ponía solamente por encima de la multitud que lo adoraba; también se ponía entre ella. Personificando un alienígena, les hablaba a los alienados, a aquellos que por cuestiones de preferencia sexual, confusión adolescente o pelo, maquillaje y ropa fabulosa, sentían que habían caído a la Tierra desde un planeta distante. “I’m the space invader/I’ll be a rock’n’rollin’ bitch for you” (“Soy el invasor del espacio/Seré una putita rocanrolera para ti”), cantaba Bowie. Millones se sintieron identificados con ese “ti” y tomaron sus palabras como una promesa de solidaridad, un código tribal.

Una proclamación diferente puede ser oída en el nuevo single de Bowie, Lazarus: “Look up here, I’m in heaven… I’ve got nothing left to lose”. (“Miren hacia arriba, estoy en el cielo… No tengo nada que perder”). Aquí no canta como el invasor del espacio, sino como un viajero en la dirección opuesta, que se ha escapado de las ataduras de la Tierra y ha ascendido al firmamento. Como otras canciones en el siniestramente hermoso Blackstar, Lazarus se enfoca en el llamado místico-espiritual detrás de las visiones astrales de Bowie. Escuchen otra vez las palabras que trina en Space Oddity mientras el condenado Mayor Tom sale de su cápsula espacial: “I’m stepping through the door” (“Estoy cruzando la puerta”). David Bowie ha cruzado la puerta; el dolor de su partida está agudizado y aliviado por la pila de música visionaria que dejó detrás. Si, alguna vez, debiéramos mandar una ofrenda de paz a nuestros adversarios intergalácticos, lo mejor sería cargar la discografía de Bowie en un disco rígido, engancharlo en un cohete y enviarlo hacia las estrellas.