Mientras esperamos 'Warzone', su nuevo álbum, repasamos por qué Yoko Ono importa también en la música.

John Lennon y Phil Spector están en la sala de Ascot Sound, en Tittenhurst Park, esperando que el ingeniero Philip McDonald acierte al verso en el que quieren añadir coros. Es mayo de 1971, y en la cabina del ingeniero, que oye los insultos de Lennon por altavoz, se encuentra la tercera productora del disco, Yoko Ono. La canción que intentan terminar está dedicada a ella, o mejor, a su compañía. “Oh Yoko!” canta John mientras se baña, se afeita o sueña, y ella, lejos de esperar el producto acabado como un obsequio, está ahí, sentada junto a McDonald, explicándole qué es lo que quieren de la canción. ¡Hasta le indica cómo cantar a Spector!

El cuadro se repite en otros momentos del documental Gimme Some Truth, con Yoko sugiriendo ideas al pianista Nicky Hopkins o indicando a los músicos cómo encaminar la furia de “How Do You Sleep?”, que suena fofa hasta que ella pone los puntos sobre las íes. “Manténganla tensa”, dice John después de escuchar su opinión.

Por años, la omnipresencia de Yoko en la vida de John hizo montar en cólera a los acólitos de Lennon. A la absurda acusación de haber separado a los Beatles se sumaron los ataques a su aspecto, su inteligencia y su obra. Aún hoy, en 2018, YouTube asocia su nombre a “cantando horrible”; o se la llama “insolente egomaníaca” por lanzar un libro sobre Imagine, el disco que contiene la canción que le fue acreditada tras 43 años. “Mucho de la letra y el concepto vinieron de Yoko –dijo Lennon en una entrevista con la BBC que se usó para el anuncio–. En esos días yo era un poco más egoísta, un poco más machista, y omití mencionar su contribución. Pero estaba en Grapefruit, su libro. Hay un montón de partes que dicen ‘Imagina esto’, ‘Imagina aquello’”.

Atribuir la influencia de Ono en la obra de Lennon a una cuestión sentimental parece un error obvio, pero aún es la norma. Es una forma de menospreciarlos: ni Lennon iba a cambiar su sociedad compositiva con Paul McCartney por una con alguien sin ideas, ni Yoko iba a arriesgarse a hacer el ridículo en una disciplina que no conociera. Más valdría pensar que el talento aletargado de Lennon encontró en la irrestricta imaginación de Yoko una motivación para tirar abajo las paredes de los formatos pop y, luego, rehacerlas desde sus bases. Y que el manantial creativo de Ono encontró en John a un socio inquieto y un brazo ejecutor de ideas musicales en las que ningún otro astro pop hubiera creído.

Al contrario de lo que se piensa, Yoko Ono tenía más formación musical que Lennon. Su padre, Eisuke, había estudiado para concertista de piano, y su madre, Isoko, cantaba y tocaba el samisen. Yoko estudió piano, composición y teoría musical desde el jardín, donde le daban tareas como traducir los sonidos del día en notas musicales. Ahí advirtió que el piar de los pájaros era demasiado complejo para escribirlo, al menos para ella. “Pero inmediatamente me di cuenta de que no era una cuestión de mi habilidad, sino que lo que estaba mal era la forma en que anotamos la música”, dijo en 2002. El ejercicio se quedaría en su cabeza: en una de las primeras instrucciones de Grapefruit (1964), dice: “Elige una nota que quieras tocar. Tócala con el siguiente acompañamiento: el bosque de las cinco a las ocho en verano”.    

Su primera aparición ante la audiencia fue en 1961 en el Village Gate de Nueva York, junto al pianista Toshi Ichiyanagi, un discípulo de John Cage con el que se había casado en 1956. Al año siguiente fueron anfitriones de Cage en Tokio con una performance donde Yoko apenas rozó las teclas, bramó y fumó un cigarrillo antes de dejar la escena a siete hombres que resolvían problemas matemáticos: al terminar, emitían un sonido. Cage estuvo en sus primeras performances, así como Marcel Duchamp, el pianista David Tudor, el pionero de la electrónica Richard Maxfield y los minimalistas La Monte Young y Philip Glass. “Los chicos del avant-garde… eran todos tan cool, ¿no? –dijo Yoko años más tarde–. Había un tipo de atmósfera muy asexuada en la música. Yo quería escupir sangre”.

Así que hizo buches. Durante su matrimonio con el productor Tony Cox –quien sojuzgó a Kyoko, la hija de ambos, e inspiró la canción “Don’t Worry Kyoko”–, se alejó de la música hasta que conoció a Lennon, en noviembre de 1966. El encuentro fue oportuno, porque, como escribió el biógrafo Barb Jungr, “ella empezó a pensar que la pérdida del ritmo 4/4 en los compositores de art-music los había puesto en el techo de un edificio. Mientras que para ella el ritmo le devolvía el corazón a la música, bajándola al suelo de la experiencia humana”.  

Sus primeros discos con Lennon fueron todo menos convencionales. Unfinished Music N°1: Two Virgins, Unfinished Music N°2: Life With The Lions y Wedding Album son una trilogía de experimentación electrónica y música concreta que abarca su primer encuentro romántico, la convalecencia tras un aborto y el casamiento. El tercero tiene solo dos tracks y un rasgo a veces velado: el humor. A la búsqueda de “John & Yoko”, donde se llaman mutuamente durante 22 minutos con distintos rangos vocales, le sigue “Amsterdam”, un diario sonoro de su luna de miel, el Bed-In, que incluye este diálogo entre John y un periodista: “¿A mí también me amas, John?”. “No, no particularmente”. Era raro pero real, como un antepasado del live stream de Instagram.

“Yo era la única indie del mundo”, dijo Yoko en 2007, cuando presentaba Yes, I’m a Witch, un disco de remixes a cargo de Cat Power, Peaches y Porcupine Tree, entre otras, que continuaría en Yes, I’m a Witch Too (2016). Fue la confirmación de una creciente revalorización de sus discos, habitados por buenas canciones y gratas sorpresas que permanecen impermeables a las categorías de género. “Esos discos contienen, todavía, parte de la música más radical alguna vez hecha”, sentenció Kim Gordon, que grabó con ella Yokokimthurston (2012). Hay radicalidad en Plastic Ono Band (1970) y su experimento con la técnica del hentai, y en Fly (1971), que la tiene imitando el vuelo de una mosca por 23 minutos. Pero que el árbol no tape el bosque: Approximately Infinite Universe (1973), Feeling the Space (1974) y el binomio post Double Fantasy: Season of Glass (1981) y It´s Alright (I See Rainbows) (1982) son álbumes pop de atracción instantánea, provocadoramente bellos y consistentes, con gemas feministas para curar la apatía. Algunas de ellas fueron regrabadas para Warzone, el álbum con el que Yoko volverá a las bateas en octubre y dará a conocer su versión deImagine”.