A siete años de su primera visita porteña, los australianos explican los detalles detrás de su último disco y repasan su historia y su lugar en la escena clubber.

El viernes 31 de agosto se presentarán en Niceto Club. Entradas desde los $900 en Ticketek. En nuestro Instagram podés participar por un par.

 

De la misma forma que LCD Soundsystem y Soulwax encontraron en la electrónica un vector sonoro hacia diversos terrenos, Cut Copy se erigió en Melbourne a principios de 2000 como la contracara australiana para la redefinición del género.

El entonces DJ y artista gráfico Dan Whitford le dio vida al proyecto como un experimento unipersonal en su cuarto de universidad, en el que al cabo de pocos años se unieron el guitarrista Tim Hoey, el baterista Mitchell Scott y más tarde Ben Browning en bajo. La banda encontró un formato estable hasta después de editar su primer álbum, Bright Like Neon Love de 2004, y desde ahí no hubo frenos. Giras de perfil ascendente y un disco seminal como In Ghost Colours, de 2008, posicionaron el sonido de Cut Copy a escala global.

Para Haiku from Zero, su quinto experimento de estudio de 2017, los encontró revisitando los cánones sonoros ya establecidos: bases electrónicas sobre instrumentación rockera tradicional, con guiños de funk y psicodelia, y un sentido refinado de la producción. Mucho de eso se debe a la asociación con el productor norteamericano Ben Allen, quien había mezclado Zonoscope de 2011, y que nuevamente los convocaría a su nuevo estudio personal en Atlanta. “Él, obviamente, fue parte de otros proyectos excelentes y entiende nuestra historia, de dónde venimos, hacia dónde vamos con nuestras ideas y lo que queríamos para este disco. Por eso era importante tener una opinión externa en la que nosotros confiáramos”, responde Hoey a Billboard desde Nueva York, donde vive hace cuatro años mientras el resto de la banda reside desperdigado por otras partes del mundo.

Haiku from Zero propone nuevas texturas de clara influencia africana, especialmente el beat inicial de “Standing on the Middle of the Field” o bien en “Airbourne” y “Counting Down”, que evocan la producción de Lee Scratch Perry en la era del Black Ark. ¿Cómo llegaron a esos sonidos?

-“Standing on the Middle of the Field” se dio a partir de ese loop que vos mencionás y fue escrita antes de que pensáramos en ir a Atlanta. Dan lo armó de una forma simple y tiene ese estribillo que va bien hacia arriba que es lo que él mejor sabe hacer, y en cuanto a la letra tiene algo con lo que es fácil de conectar. Cuando me mostró un primer demo, sabía que había acertado. Llevamos eso a Atlanta, le regrabamos algunas partes y así quedó. En “Airbourne” no hubo un estribillo concreto sino algo más de fraseos de guitarra y teclado que se repiten, y ahí fue donde empleamos a Ben porque queríamos que la segunda parte de la canción fuese hacia un lugar inesperado. Esos dos temas fueron los que dictaron la idea global del disco: partir de loops de percusión o bajo y descubrir la arquitectura detrás de hacer una canción más interesante a partir de esos elementos básicos.

Mencionaste las letras, y a lo largo de la carrera existe una conceptualización de que ustedes son o suenan como una banda feliz. Aunque en este último disco hay canciones que tienen un trasfondo amargo, por ejemplo “Tied to the Weather”. ¿Qué le estaba pasando a la banda en ese momento?

-Las letras son algo muy personal de Dan así que es una respuesta que puede elaborar mejor él. De todas formas, creo que una de sus estrategias desde que empezamos es encararlo de una manera a lo Brian Wilson y Beach Boys, que aún con un dejo de tristeza sean alegres. “Tied to the Weather” específicamente funciona como una señal hacia una posible nueva dirección a la que Cut Copy podría ir, no necesariamente en términos de sonido, pero si a la idea de despojarnos de cosas y tener un approach más minimalista y texturado, como vos decías antes.

¿En qué momento se dieron cuenta de que eran una banda en serio y empezaron a descubrir sus fortalezas para el vivo?

-Es interesante esa pregunta. Al día de hoy sigo pensando en eso. Inclusive cuando hicimos ese primer disco, yo no sentía que funcionásemos como una banda. Al participar inicialmente con Mitchell, pensamos que todo iba a terminar ahí. De hecho yo todavía seguía en la escuela de arte y todos trabajábamos de otra cosa. Después nos llegaron ofertas para tocar en vivo y a partir de ahí armamos como una versión tipo banda de garage para adaptar las canciones que habíamos grabado. Ese creo que fue el verdadero comienzo, porque entonces en Melbourne no había una escena de música electrónica con bandas tocando en vivo, a pesar de que si hay antecedentes clubber y de DJs.

¿Se consideran un grupo electrónico?

-Sí. Siempre lo sentí de esa forma, inclusive cuando a veces esa idea nos jugó en contra. La gente, sobre todo en el Reino Unido, no sabía si éramos una banda indie o una banda electrónica y ocasionalmente no éramos ni una ni la otra. Pero ocurría que tocábamos en festivales enormes súper enfocados en el EDM y nos sentíamos súperajenos a eso. Para colmo el público, al vernos entrar con guitarras y batería al escenario, no entendía qué estaba pasando. Después ocurría lo inverso, en los boliches tradicionales de rock llegábamos con cajas de ritmos, un MPC, sintetizadores y samples y nos decían “Ahhh, pero ustedes no tocan en vivo”. Siempre fue una batalla constante que quizás con suerte se transforma en nuestra fortaleza, nos permite existir en ambos contextos y tener una audiencia más amplia.

¿Cómo entra The January Tapes en ese contexto siendo un proyecto más bien ambiental?

-Con Cut Copy repasamos tan meticulosamente las canciones que hacen un disco, que terminamos tomándonos mucho tiempo para armar todo y pulirlo. Entonces January Tapes se nos ocurrió como un ejercicio distinto, desde un formato libre y abierto. Se compuso, grabó y mezcló en siete u ocho días, que es algo que nunca habíamos hecho antes, y eso ayudó definitivamente a romper el molde e inyectar vida a las canciones que terminaron en Haiku.

Este año se cumplen diez años de In Ghost Colours. ¿Qué recordás de esa producción?

-Venir a Nueva York y trabajar en DFA con Tim Goldsworthy fue algo increíble para nosotros. Muchas de las bandas de ese team (The Rapture, The Juan Maclean, Black Dice) fueron una gran influencia cuando empezamos. Tim nos enseñó tantas cosas. Yo no tenía ni idea de cómo grabar guitarras, ni tampoco sabíamos cómo hacer un disco en un estudio todos juntos porque antes trackeabamos por separado en nuestra habitaciones. Lo gracioso es que una vez terminamos de grabarlo, pasó un período muy largo hasta que finalmente salió. Había gente en el sello que tenía muchas dudas sobre si lo habíamos hecho bien o si tenía potencial. Eso inclusive nos contagió a nosotros y empezamos a dudar también. Y de repente sacamos “Lights and Music” como un single en vinilo con etiqueta blanca, sin nombre, y los DJs empezaron a pasarlo en los boliches y los chicos lo bailaban. Unos meses después de eso justo Daft Punk nos sumó a su gira australiana y todo cambió para nosotros. Ver a la gente disfrutándolo fue hermoso porque nos hizo dar cuenta de que habíamos hecho algo especial. Y tiene una evidente longevidad porque veo que sigue sonando al día de hoy. Ojalá lo quieran escuchar otros diez años más.