Hasta ahora no había aparecido un tratamiento tan exhaustivo sobre el subgénero que entendió, como ningún otro, al rock como una gran puesta en escena y fue, a su vez, la primera manifestación artística posmoderna.

A veces, las buenas noticias vienen todas juntas: tenemos entre nosotros un nuevo libro de Simon Reynolds (y el delay con respecto a la publicación original en inglés es el mínimo, ya que fue editado en 2016); es el más extenso que escribió hasta el momento, y la temática resulta una verdadera bacanal. Estudia el glam, o glitter, sus antecedentes, su apogeo, que va aproximadamente de 1970 a 1975, y la larga serie de prolongaciones a las que dio lugar.

Reynolds muestra cómo el glam fue el salvoconducto creado para sortear y a la vez encarnar las dificultades del hombre posmoderno de significar un sentido del ser en un mundo hecho de esencias fugaces y certezas efímeras. A la vez, lee el glam como una vuelta al rock and roll de los cincuenta, al correrse de la carrera de complejización técnica, estructural y sonora de la década del sesenta, que luego del pináculo del rock sinfónico explotaría con el punk.

El párrafo aparte es para el artista medular de esta historia. Como un golpe de rayo avanza por y según el devenir de la carrera de David Bowie, la figura que se internó en el más allá para dejar su huella, particularmente a lo largo de los años en que el glam se desarrolló y culminó como movimiento, sensibilidad y “espíritu de época” de la música popular anglosajona.

Para Reynolds, el advenimiento de esta generación del rock, la tercera luego de los pioneros como Jerry Lee Lewis y Chuck Berry y la segunda de los sesenta con Bob Dylan y el boom británico encabezado por The Beatles, The Rolling Stones y The Who, tiene sus orígenes en el siglo diecinueve, y bajo sus afilados instrumentos ópticos, alcanza el presente y se torna de una vigencia inusitada y certera.

Las conexiones que el autor entabla cierran cadenas de sentido dentro del rock imposibles de interpretar sin ocuparse del glam: por un lado dentro de la música, el glam y el rock and roll de los cincuenta, el glam y el mod, el glam y el krautrock, entre muchas otras. Por el otro, en relación con los acontecimientos sociales: el glam y el movimiento drag, el glam y la revolución sexual, el glam y la espectacularización de la vida, el glam y el camp, etcétera.

El primer capítulo lo consagra, muy felizmente, a Marc Bolan, probablemente el eslabón en el collar de la música popular anglosajona de los últimos cincuenta años sobre el que más sombra ha caído, teniendo en cuenta el inmenso impacto de su obra, las resonancias que implicó y la poca atención que se le brindó hasta hace algunos años al fundador del género. Aparte de Bowie y los inexcluyentes Alice Cooper, Lou Reed, Slade, New York Dolls y Wayne County, entre tantísimos otros, la amplitud de miras alcanza otras figuras musicales como Queen, Prince, The Rolling Stones, Siouxsie And The Banshees y Marilyn Manson.

Como un golpe de rayo concluye con el capítulo titulado “Réplicas. Un inventario parcial de los ecos y reflejos del glam”, en el que Reynolds presenta una cronología de eventos y concatenaciones dentro y en torno del glam, partiendo de la audición de John Lydon para los Sex Pistols en 1975, en la que cantó un tema de Alice Cooper, y cerrando con el Globo de Oro otorgado a Lady Gaga por su trabajo en American Horror Story en 2016 y la muerte de David Bowie el mismo año. Así de amplio es el arco de brillantina que describe el glam-rock. Dentro suyo hay algunas de las obras más interesante y bellas del rock, y lo que Reynolds describe como “pop extremo y fantástico, ingenuo y siniestro”.

Simon Reynolds está contando la historia de la segunda mitad del siglo veinte en esa parte del mundo como nadie, a través de su música, sin excluir -al contrario- en su análisis aquella encrucijada en la que se atisba al ser humano en grados elevados de misterio, complejidad y riqueza: la del arte y la historia, el individuo y la sociedad.