La 15° edición del festival convocó a más de 40 mil personas en Costanera Sur. Hernán Cattáneo y Paul Oakenfold fueron las figuras centrales.

Hay cansancio en miles de cuerpos, pero no todos se quieren ir a dormir. Una masa heterogénea de más de 40 mil personas se arrastra con lentitud y alegría hacia las calles de Costanera Sur. Muchos aprovechan el verde de los parques que conforman el entorno de la zona para relajarse un poco, para prolongar el bienestar que genera semejante fiesta y extender el disfrute junto a los amigos con los que se compartió el ritual. La postal, con el sol de las 6:30 abrigando el regreso, es de la Creamfields 2015, que tuvo un cierre a todo trapo y a cuatro manos: desde el escenario principal, Hernán Cattáneo y el inglés Paul Oakenfold comandaron juntos el tramo decisivo de la jornada, mientras la noche se iba y el día llegaba.

El DJ argentino más popular y el británico que supo apadrinarlo en sus inicios fueron el plato fuerte de una edición que también tuvo en su grilla al inglés Richie Hawtin, a las gemelas australianas de Nervo, al cubano Maceo Plex, al alemán Sven Väth, al bosnio Mladen Solomun, a los belgas Dimitri Vegas & Like Mike y a las hermanas que conforman Krewella -oriundas de Chicago-, entre muchos otros. La organización dispuso, además del escenario central, cuatro carpas, y una agenda que arrancó a la hora del té, pero con mucha agua.

El sábado, la histórica fiesta original de Liverpool llegó a su capítulo 15 en la ciudad de Buenos Aires. Desde su creación en Inglaterra, en 1998, ya pasó por casi una veintena de lugares en el mundo.

Kit necesario

Para una buena parte de los fanáticos de la electrónica, este tipo de eventos supone una ceremonia en la que nada debe faltar: aparte del agua y de algunos estimulantes que pueden elevar el goce hasta las nubes, hay quienes van equipados con numerosas golosinas, cremas para el cuerpo, aceites, masajeadores de mano, orgasmatrones para masajes capilares, inhaladores de menta y también globos, muy útiles para encontrar amigos en caso de aislarse entre la multitud.

En la Creamfields, la diversidad puede ser sorprendente. Están aquellos con varias ediciones en su haber; están los que, además, cada fin de semana van a escuchar a algún DJ; y se dan también casos como el de Juan, de 29 años, a quien le gusta principalmente el rock y a la vez suele frecuentar peñas folclóricas: el mega evento del sábado fue su primera fiesta electrónica, asegura que nunca la va a olvidar y promete volver. Para algunos, asistir es un imperativo ineludible, cueste lo que cueste. Un muchacho se movía de una carpa a otra con un respirador conectado y el correspondiente tubo de oxígeno lo cargaba un amigo suyo.

Los remolinos de barro, provocados por las intensas lluvias de la semana, dificultaban los traslados de la gente, que iba y venía en múltiples direcciones como si se tratara de un aeropuerto. La tierra mojada acumulada en zapatillas e incluso pantalones no empañó la felicidad que la música arrojó sobre los feligreses. Sin embargo, hubo un contrapunto aún más molesto: por momentos, en ciertos sectores se podía escuchar el sonido de otros sets, algo que puede ser imperdonable en este tipo de eventos.

Los puntos más altos fueron las actuaciones de Cattáneo en solitario -antes de compartir la escena con el legendario Oakenfold, tuvo su propio set más temprano, de 22 a 00-; el house cambiante y movilizador de Solomun, en la carpa Cocoon; y el techno versátil de Hawtin, en el escenario Enter.

Tanto los amos de las bandejas como los miles que ofrendaron su cuerpo al disfrute del baile y de la charla desprejuiciada dejaron todo en el campo de juego. Porque la Creamfields, como tantos otros encuentros electrónicos, consiste en eso: jugar, bailar, vivir sin ataduras y ser uno mismo de la forma más espontánea posible, durante seis, ocho, diez o incluso doce horas, con un telón de beats y ritmo de fondo.

Fotos: Gentileza TyT