Sus guiños grunge invitan a pensarla como heredera de un imperio acéfalo desde la muerte de Kurt Cobain. Cuándo volverá a grabar y cómo se llevan la fama y su personalidad. “Para evitar ser herida, una se tira abajo”.

Horas antes de su debut en la Argentina, Courtney Barnett espera sentada en el backstage de Tecnópolis. Sonríe. Lleva puesta una remera de Harmony –banda coterránea de Melbourne– y una gorra de un local de autopartes. Pasaron apenas tres días desde la muerte de Leonard Cohen, y la referencia es inevitable. Si el canadiense patrocinó junto a Dylan la llegada de la poesía al rock, la australiana es por decantación una admiradora: “Es curioso, porque hasta el año pasado nunca me había subido a la onda de Leonard Cohen, pero últimamente estuve metiéndome mucho en su música –dice–. Nos enteramos de la noticia la otra noche, después del show en Lima. Es muy triste, pero se estaba preparando para su muerte, y es muy lindo que un hombre tan espiritual y tan buen compositor haya conectado de esa manera con temas como la mortalidad”.

En sintonía con las metáforas del buen Leonard, Courtney Barnett escribe canciones que hablan de ansiedad, frustración y desencanto. Aunque lo hace sobre bases garageras y riffs que invitan a pensarla como heredera de un imperio acéfalo desde la muerte de Kurt Cobain. Pero no. “Poneme sobre el pedestal, y solo voy a decepcionarte”, advierte en Pedestrian at Best, en una señal de rechazo hacia halagos o etiquetas. Esa actitud funciona como paradoja: es la espina dorsal para su esqueleto artístico, y al mismo tiempo, la razón que seduce a tantos fans en el mundo.

Su primer y único LP hasta la fecha –Sometimes I Sit and Think and Sometimes I Just Sit– atrajo la curiosidad de tipos como Jack White, quien la invitó a grabar un sencillo de dos caras en octubre del año pasado. ¿Un teaser de su próximo proyecto? No estemos tan seguros: “Con Jack White grabamos solo un single y fue muy bueno. Pero estuve muy ocupada girando. Algo estuve escribiendo durante los viajes, aunque estaría bueno sentarme en casa y pensar bien qué quiero hacer”, cuenta.

Courtney Barnett todavía no sabe si es tímida o simplemente sencilla. Incapaz de asumirse como nueva referencia roquero-intelectual, ella siempre va a tener una respuesta espontánea para alejarse de la posición de heredera: “Es como un mecanismo de defensa, ¿viste? Para evitar ser herida, una se tira abajo. Quizás es un poco vago, pero pienso que todos lo hacemos. Es una especie de escudo protector para las emociones”, reconoce.

“Una forma de autoconocimiento”, así define Barnett al hecho de volverse cada vez más popular. “Es algo raro al principio, pero tuve que aprender a adaptarme”. Se refiere, indirectamente, a la cosecha temprana de reconocimientos que recibió desde la publicación de su LP –premio ARIA a Mejor Artista Femenina en 2015; nominación al Grammy como Mejor Artista Nuevo en 2016; nominación a los premios Brit como Mejor Solista Femenina Internacional en 2016–.

El combo festival + sideshow fue suficiente para saciar el apetito del sólido nicho de seguidores argentinos –algunos de los cuales se escudan detrás del hashtag #barnettismo en Twitter–. Si bien el del Music Wins fue la oportunidad de darse a conocer ante público nuevo, el de Niceto fue un espectáculo cumbre para el rock en la Argentina este año. “Mis canciones tratan de compartir historias e ideas. Tienen ese tipo de conexión emocional, así que supongo que es parte de eso. Es como una extensión”, explica Barnett su vínculo a través de las canciones. Su paso por la Argentina fue una ventana que, seguramente, se hará puerta grande la próxima vez.