Rosario parece haber quedado relegada en el mapa musical de la Argentina contemporánea. Sin embargo, Chimo da cuenta de un caudal creativo siempre estimulante y, por sobre todo, de una comunidad artística que busca congregarse para superar obstáculos. Su segundo disco musicaliza esa realidad sin límites a la hora de imaginar.

No es fácil ponerle nombre a un disco, pero hay gente que tiene el interesante talento de poder resumir todo un concepto sonoro en un par de palabras, o solamente una. Es el caso de Chimo, proyecto rosarino liderado por el ecléctico músico Emiliano Ponzelli (antiguo miembro de Los Codos, banda insignia de aquella ciudad). Si su primer álbum, Manantial (2015), coqueteaba con la psicodelia sesentosa y fluía como una pequeña catarata de ideas encadenadas, su sucesor replica el impacto de su nombre en una música igualmente evocadora y cinematográfica. Yunga es, de hecho, una selva montañosa de referencias estéticas y recursos sonoros que se encuentran en un ecosistema musical exuberante y recargado.

A diferencia del debut (que incluye canciones mágicas como “El soñador” o una versión de “Pequeño”, de Daniel Melero), Yunga muestra un proyecto ensanchado desde lo humano. Ponzelli ya no es el músico de laboratorio que resuelve todo por su cuenta, sino que parece haber encontrado a un puñado de socios artísticos que lo han enriquecido. Más allá del vínculo con otros miembros del sello Polvo Bureau (Valentín Prieto y Germán Bertino, también presentes en Manantial desde varios frentes), aquí también se suman Diego Picech, en la percusión electrónica, y un equipo de colaboradores que incluye a miembros de proyectos contemporáneos como Matilda, Mi Nave y Telescopios. Esa aura colectiva se sostiene a lo largo y a lo ancho de un álbum en el que florecen arreglos y detalles variopintos por doquier.

En medio de una atmósfera tórrida y posmoderna, Chimo saca a relucir canciones que podrían liderar un ranking virtual de neo-psicodelia. “Tropicornio” y su adaptación latina del universo Animal Collective; “Perdidx” y su búsqueda bailable sin resignar texturas galácticas; la parsimoniosa y esotérica “La casa del viento”. Incluso “Tercer pez”, con su versión adaptada del sonido alternativo platense. Todas ellas responden a un horizonte común construido a partir de kilos y kilos de discos consumidos digital y analógicamente. Chimo es, también, un proyecto que destila amor por otras canciones y otros artistas. Esa intertextualidad es un reflejo de época, pero también es una forma concreta de apropiación de algo tan apasionante y transformador como la música.