Con Billy Bond como invitado, García alargó su leyenda con un concierto sobrio en el que actualizó clásicos y proyectó su influjo al presente.

El neón del Gran Rex se recortaba contra un cielo amenazante, mientras un racimo de fieles a Say No More buscaba algún resquicio, o imposible ticket sobrante, para asistir al evento más excluyente de una Buenos Aires aletargada por el feriado. Charly García volvía a escena luego del sorprendente show que dio en febrero en el teatro Coliseo. La Torre de Tesla, el espectáculo que estrenó en la sala de la calle Marcelo T. de Alvear, tenía su prolongación en uno de sus reductos preferidos, allí donde -por caso- realizó su notable serie Adiós Charly García, a fines de 2002.

Misión imposible para aventureros: solo aquellos afortunados que accedieron a las entradas de venta récord, agotadas en menos de media hora el viernes, pudieron atravesar las puertas del teatro. Y una vez allí, sí, sentirse parte de una velada histórica.

A las 20:51 el terciopelo rojo se descorrió y apareció, imponente, la Torre de Tesla, mientras García comandaba a su banda en una versión brumosa de “No soy un extraño”, un desembarco perfecto para este regreso desde un exilio interior más tortuoso que aquella excursión neoyorquina de la que nació Clics modernos. A la izquierda del escenario, apoltronado en un sillón de respaldo alto y rodeado de teclados, García tenía de frente a los operadores de su torre-antena: Fabián Quintiero en teclados, Rosario Ortega en voz, Kiuge Hayashida en guitarra, Carlos González en bajo y Toño Silva en batería.

Cuando la incredulidad todavía cundía entre un público que mezclaba sesentones con parejas jóvenes, García emprendió “Instituciones” -el único tema de sus bandas eternas de la noche- y en seguida “Cerca de la revolución”, mientras las pantallas proponían una narrativa distópica con escenas de El increíble hombre menguante, gema de la ciencia ficción de 1957.

En la Torre de Tesla, la iridiscencia de las pantallas jugó un rol no solo estético, sino narrativo: la correspondencia visual del setlist reformulaba el cancionero de García. Como toda obra viva, reveló nuevos rasgos y adquieró nuevas significaciones con el paso del tiempo. Y con García, que ha decidido convertir su propia vida en parte de la obra, la experiencia es aún más intensa y fecunda.   

El increíble hombre menguante parecía ilustrar la expectación alienada de una humanidad que se ahoga en un vaso de agua. Más adelante, hubo mayor literalidad para ligar “Asesíname” con “Psicosis” (1960) y “Rivalidad” con “Toro Salvaje” (1980). Charly había propuesto el “disco para mirar” en Kill Gil (2009), pero es recién ahora que su ambición de sincronía y complementación se realiza satisfactoriamente.

“Decían que estaba acabado, que no podía componer más”, soltó Charly con tono sardónico antes de invocar con sus manos huesudas la introducción de “La máquina de ser feliz”, de su último y multinominado disco, “Random” (2017). La voz de García entró sólida a la primera estrofa y la audiencia del Gran Rex se llamó al silencio para contemplar el milagro: Charly estaba ahí y está cantando como nunca. Atrás despuntaba el amplio cosmos de 2001: “Odisea en el espacio” (1968) y su fulguración lumínica, mientras Hayashida mete uno de sus elegantes solos de la noche. “King Kong”, con imágenes del rollo original de 1933, confirmó la buena salud de la gola del cantante y su notable empleo, que perduraró sin flaquear hasta el final del concierto. El repaso por composiciones recientes concluyó con una versión aplacada del inesperado de “Lluvia”.

Los asientos quedaron de adorno al sonar el riff de “Rezo por vos”, que García tocó mirando al público como testeando la inviolable identificación entre su audiencia y el tema que compusiera con Luis Alberto Spinetta en 1985. Con una Gibson SG sobre el regazo, encabezó una purulenta versión de “Fax U” seguida por “Otro”, antes de zambullirse en el empuje anímico de “Reloj de plastilina”, durante la que aprovechó para subrayar la frase “soy lo que creí, soy lo que está pasando”.

Luego de preguntar “¿Qué opinan de la bachata, chicas?”, García emprendió el segmento final del concierto con energía y buen humor. “Con esta canción empezó mi decadencia”, dijo mientras Hayashida y González alumbraban una memorable “Yendo de la cama al living”. Charly se señaló el pecho mientras Ortega y el público cantaban a coro aquello de “podés saltar de un trampolín”, y se tomó en broma su tirante relación con Nueva York al presentar a “In the City that Never Sleeps” como “mi primer éxito en Estados Unidos”.

“¿A dónde querés que vaya?”, respondió García a una voz de aliento –“¡Vamos, Charly!”- antes de largarse con una imperfecta “Me siento mucho mejor” y una exquisita “Promesas sobre el bidet”, donde revalidó -como si hiciera falta- sus dotes de cantante. “Demoliendo hoteles” fue un cierre de alta tensión para el set inicial, que concluyó dos minutos antes de las 22:00. ¿Podrá alguien escribir una mejor biografía que ésa en menos de 150 palabras?

Ya sonaba “Los dinosaurios” cuando el telón volvió a abrirse y las imágenes de los dictadores motivaron una enorme silbatina. La sobria relectura del clásico dio pie inmediato a una tenebrosa y ralentizada “No importa”, la única canción de la noche que mereció que su letra se proyectase: “El mundo es un patio de prisión”, podía leerse en letras rojas, mientras García movía su dedo-obelisco en señal negativa. Entonces, tomó cuerpo la idea de que Charly busca en Tesla el espíritu que lo forjó en un humanismo utópico desde el que mira, con amargura y desánimo, la actualidad de un mundo sin horizontes políticos y siempre al borde de otra guerra absurda. Tal vez por eso una de las puertas del Gran Rex estaba ocupada por una gran fotografía de Peter Sellers en su papel de científico desquiciado en Dr. Strangelove (1964). 

García se tomó un momento para presentar al único invitado de la noche, Billy Bond: “Un hombre que me ayudó”. El Bondo, que promovió las primeras grabaciones profesionales de Charly, se subió con ímpetu juvenil a cargarse un excelente repaso de “Loco, ¿no te sobra moneda?”, un clásico del tesoro bootleg que Serú Girán grabó con el ex La Pesada en el álbum Billy Bond and The Jets (1979). “Esta noche toca Charly, no me lo puedo perder”, levantaba Bond a la platea, mientras se dibujaban sonrisas por las trompadas y patadas, placas de Crónica y destrucciones varias protagonizadas por Charly que las pantallas trajeron como recuerdo de mil y una supervivencias.

Antes de la despedida, hubo tiempo para que “Fanky” -en cuyos prolegómenos García y Ortega mostraron el pañuelo verde en favor de la despenalización del aborto- desatara el baile de “Freaks”  (1932), continuado por el Zorrito Quintiero en “Nos siguen pegando abajo”. Hasta que, una hora y cuarenta minutos después de empezar, Charly dijo “Gracias, buenas noches”.

Nostálgico de aquel indomable animal de escena de otras épocas, el público se quedó pidiendo más y cantando, en un ritual pagano, las canciones del ídolo intercaladas por un grito de guerra equitativo para mujeres en sus cincuentas y jóvenes de bigote precoz: “¿Si esto no es aguante, el aguante dónde está?”.