El ex Tan Biónica, ahora solista, se lanza a la conquista del mundo con un comienzo en un estadio.

Chano aparece con movimientos tambaleantes arriba de la pantalla curva que cruza el escenario de lado a lado. Tiene una camisa blanca que de tan larga parece una túnica, un jogging y zapatillas. Debajo está su banda –con ardientes trajes rojos– que arranca una versión desquiciada de “Obsesionario en La mayor”, el hit de Tan Biónica, y el Luna Park explota en un grito adolescente. Parece un flashback perfecto al momento de gracia de la banda de los hermanos Moreno Charpentier: ese instante en el que saludaron al mundo y se lanzaron a la conquista del continente.

Esa historia ya es pasada. Ahora Chano sonríe al borde de la pasarela y se mueve tembloroso, esquizofrénico, desarticulado. Parece burlarse de todos mientras lo cruzan los lásers y suenan sirenas. Chano es una exageración de sí mismo: de su histrionismo, de sus demonios y de sus ganas de estar ahí haciendo esto. Es el tramo final de un show que lleva más de una hora y que representa un gesto bisagra en su carrera. Desde la disolución de Tan Biónica y después de algunas canciones nuevas que fue tirando de forma espaciada en internet y de una presentación gratuita en Mar del Plata, este es su primer show y hasta acá contó con todos los condimentos que uno podría demandar a un espectáculo de estadio.

Todo empezó pasadas las 21 con una versión desconcertante de “Formidable”, del belga Stromae, sonando desde las bandejas de DJ JMP mientras el rostro de Chano aparecía y desaparecía en la pantalla. Luego, las imágenes de animales en una secuencia salida de Nat Geo –y algo inentendible– y una melodía épica mientras entraba la banda, que se completó cuando Chano llegó al centro y levantó su puño derecho en su autoproclamada victoria. Siguió una versión latosa y nocturna de “Hola, mi vida”, y un Chano ardiente bailando como un Chaplin díscolo se movía por el frente mientras en la pantalla una ilustración de ave fénix completaba la escena.

Pegado sonó “Para vos”, la primera composición solista de la noche. Otro ritmo de tambor hipnótico, algunas líneas de teclados con el aporte grandilocuente y Chano repitiendo sus ya clásicas frases de perdedor en el amor; esas que reventaron en papel picado metalizado en el climax de “Un poco perdido” y convirtieron el Luna Park en una rave ATP y ATR.

A capella, con chasquidos y coros a lo Le Luthiers, la versión de “La bestia pop” inauguró el momento intimista y despojado. Chano cantó acompañado a penas por un par de guitarras acústicas, vestido de rojo como sus músicos y sentado en lo alto de la pantalla, que mostraba una luna naranja.

Todo lo que tenía lo dejé acá”, dice ahora, después de una extendida “La melodía de Dios” a dúo con su hermano Bambi –que incluyó coqueteos para futuras colaboraciones– y con show de luces cortantes para el deliro del piberio biónico que colmó el estadio. “Carnavalintro” y sus amagues cumbieros étnicos disparan el cierre. Chano, enfundado en un poncho, da la espalda a sus fans y mira la pantalla que refleja un Luna Park que baila a su antojo. Está transpirado, exhausto y con los ojos fijos, como si no quisiera perderse un instante. 

“Naistumichiu” vibra. Ya no queda más nada cuando una chica logra llegar al escenario. Se para frente a Chano, lo mira y se arrodilla ante él, que se agacha y le canta una línea directo en sus ojos antes de regalarle un beso. Así termina la noche de Chano, el solista, el hombre que pese a sus tropiezos sigue con esa mirada inocente dirigida hacia un horizonte en busca de la melodía universal que le permita conquistar el mundo.