La banda presentó The Magic Whip en Tecnópolis y renovó una conexión intensa con el público argentino.

El show empieza con una puntualidad odiosamente británica. Todavía hay algún rezagado en la puerta cuando los acordes de Go Out reverberan por todo el microestadio de Tecnópolis. Blur pisa por tercera vez Buenos Aires, bajo la excusa de presentar The Magic Whip, un álbum que será recordado por volver a juntar a los cuatro integrantes de la banda en un estudio después de 12 años, aunque fue grabado en cinco días en Hong Kong y comandado artísticamente por Graham Coxon, el díscolo guitarrista que, ahora, arriba del escenario, luce demasiado transpirado en el primer tema y no deja de rascarse la cabeza, como si se estuviera sacudiendo la resaca del show de la noche anterior en Córdoba.
A la izquierda, Damon Albarn y su marca registrada: una entrega conmovedora que incluye lanzamiento de chorros de agua mineral (para terror de los fotógrafos), contacto físico con los fans y el incesante ir y venir de una punta al otro del escenario con un micrófono conectado por un cable largo, que inevitablemente se enreda en los monitores y en el pie del micrófono, haciendo que un asistente se convierta casi en un integrante más de la banda. Damon se mueve y ahí sale disparado el asistente, tirando un pique largo y volviendo a su posición, como si fuera un ball boy de tenis entrado en años. 
Graham y Damon son antagónicos y complementarios. Se necesitan mutuamente. Si el guitarrista se pierde en Coffee & TV, un clásico de su autoría, el cantante sale del paso invitando a la audiencia a que coree el final de la canción. Si Damon se excede en su papel de showman, Graham ejecuta unos acordes demoledores y se adueña de los momentos musicales más estremecedores de la noche: las codas noise de Beetlebum y Trimm Trabb. En el medio de estas canciones, logra su plenitud como cantante en un pasaje de Thought I was a spaceman, uno de los cinco temas de The Magic Whip que Blur presenta en Buenos Aires. Fue la energía de su guitarra, además, la que despoja levemente a Tender de su aire góspel.

El ídolo
Damon es el perfecto frontman para el público argentino, porque se nutre del fervor de los fans y no hay audiencia con tantas ansias de protagonismo como la nuestra. Albarn le canta el feliz cumpleaños a una admiradora, tira besos, saluda, salta y durante Parklife, uno puñado de fans invade el escenario, cantando felizmente como un grupo de egresados un tema que retrata con sarcasmo la mediocridad de la vida moderna. Es el momento más bajo de un show impecable, un intervalo que solo disfrutan los chicos que sacan selfies con Graham y Alex James, quienes están muy concentrados en sus instrumentos. Una escena que muy bien retrató Babasonicos en el video El ídolo: fans que suben al escenario a sacarse una foto con un artista que está en otra, aunque a nadie le importe. “Son el mejor público del mundo”, concede Albarn cuando el show estaba a punto de llegar a su fin.
Ong Ong, con su gancho viral y festivo, es el preludio perfecto para que todo el estadio salte y baile con Song 2. Cierran con This is a low, y luego de un breve receso, Blur encara la recta final del show con Stereotypes, una joya de The Great Scape, y sigue con Girls & Boys –otro de los temas más celebrados de la noche-, For Tomorrow, perteneciente a Modern Life is rubbish y con The Universal, otro himno de The Great Scape. El baterista Dave Rowntree pierde el rumbo, y tras un comienzo algo caótico, Damon decide parar y la banda la toca de nuevo.
No es casualidad que Blur haya elegido canciones de sus álbumes clásicos para cerrar la noche. Quienes asistieron a Tecnópolis estuvieron ante un grupo de viejos amigos, que no se frecuentan como al principio y que tienen proyectos en paralelo –al otro día del show, Gorillaz comenzó a trabajar en un nuevo álbum-, pero que sienten respeto mutuo y saben que defienden una historia sazonada con canciones inmortales.  
   
Imágenes: Gigriders