Cómo las reinas del K-Pop cambiaron las reglas de juego. Al igual que BTS en 2018, el cuarteto femenino se prepara para tomar por asalto el mercado de los Estados Unidos.

En un modesto escenario en el centro de Los Ángeles, las cuatro integrantes del grupo surcoreano Blackpink hacen una formación de diamante y apuntan los dedos como armas contra la audiencia, mientras lanzan a coro el estribillo de su hit single, “Ddu-du Ddu-du”: “¡Espera que te… golpee con el ddu-du ddu-du du!”

Es la tarde previa a los Grammys en el evento anual que Lucian Grainge, CEO de Universal Music Group, utiliza para presentar a los superestrellas de su compañía frente a un grupo de ejecutivos de la industria (en el pasado, el evento incluyó a intérpretes como Ariana Grande, Halsey y Shawn Mendes). Con su intensa coreografía, duros beat bailables y vestuario digno de Clueless, las cuatro mujeres ofrecen una producción pop vistosa que las hace una anomalía entre las formaciones actuales, donde abundan raperos como 2 Chainz y Lil Baby, pero también en los charts, donde mujeres como Grande sirven su rol de divas con una dosis extra de realidad.

El evento marca la primera actuación de Blackpink en los Estados Unidos, aunque la banda viene haciendo historia hace rato: “Ddu-du Ddu-du” es el single de un grupo femenino coreano que trepó más alto en el Hot 100 (puesto número 55 en junio último) y este abril será el primer grupo femenino coreano que tocará en Coachella, antes de embarcarse en un tour por Norteamérica. “Ddu-du Ddu-du”, cantada mayormente en coreano, es una jactanciosa advertencia para quienes subestiman a Blackpink, con un gancho (imitación del sonido de las balas) que es también una invitación a los oyentes no coreanos –cualquiera puede cantar las palabras–, la reservada congregación de Universal parece un poco insegura, pero también intrigada: a medida que la cantante Jennie –dulce en persona, pero una fiera arriba del escenario– ataca con su flow en el segundo verso, los miembros de la audiencia sacan sus celulares para registrarlo.

Ya no quedan dudas de que el K-pop es un fenómeno en los Estados Unidos. BTS, la banda de siete jóvenes surcoreanos, ubicó dos álbumes en el número uno del Billboard 200 en 2018, y se convirtió en el primer grupo de K-pop que agotó entradas en un estadio norteamericano, cuando tocó en el Citi Field de Nueva York en octubre. Pero pese a su visibilidad, el K-pop sigue siendo un fenómeno alejado del mainstream: pese a la presión de los fans en las radios hay pocas canciones en el top 40, los artistas rara vez giran con músicos ajenos al K-pop, y a pesar de la pasión que generan las estrellas del género no atraen la misma atención que un tweet de Ariana Grande.


“Fui inmediatamente arrastrado a su energía poderosa y envolvente”, dice Dua Lipa, que invitó al grupo a grabar en su hit “Kiss and Make Up”, del año pasado.

Dua Lipa

Blackpink representa la última apuesta coreana para hacer explotar la caja norteamericana del K-pop. El grupo cree que su personalidad multinacional le da un atractivo global: Jisoo, de voz dulce y 24 años, es nativa de Corea del Sur; la alegre rapera Lisa, de 21, es de Tailandia; la guitarrista Rosé, de 22, creció en Australia; y Jennie, de 23, nació en Corea del Sur pero pasó sus años de formación en Nueva Zelanda. “No necesitás saber coreano para entender la música”, dice Jisoo, mediante un traductor (Rosé y Jennie hablan fluido inglés, Lisa alterna entre inglés y coreano durante la entrevista). “Tenemos mucha cultura coreana pero también mucha cultura occidental”, añade Rosé, con pronunciado acento australiano.

Aunque sus canciones están matizadas con ocasionales palabras en inglés, Jennie afirma que “definitivamente quieren” hacer canciones completas en inglés en el futuro (primero se concentrarán en completar su álbum debut). Su sonido –una omnívora fusión de dance electrónico con beats de hip hop y flashes de house, pop de los ochenta y hasta una armónica folk– parece concebido para llegar a las audiencias más amplias. “Fui inmediatamente arrastrado a su energía poderosa y envolvente”, dice Dua Lipa, que invitó al grupo a grabar en su hit “Kiss and Make Up”, del año pasado. “Ellas no sólo sacan canciones exitosas, están enviando un mensaje que resuena más allá de sus letras”.

En el otoño boreal, Blackpink firmó con el sello Interscope Records, que servirá como socio creativo y comercial de YG Entertainment, hogar del grupo coreano y uno de los tres sellos más importantes de ese país, junto SM Entertainment y JYP Entertainment. Esas compañías funcionan como sello, firma de management y estudio de producción, controlando casi todos los aspectos de las carreras de sus artistas. John Janick, CEO de Interscope, dice que YG –Hyunsuk “YG” Yang, es el fundador, productor y director creativo de Blackpink– “dirige el show”. Sam Riback, director de Interscope, ha hecho múltiples viajes a los cuarteles en Seúl de YG y ha “enviado montones de ideas”, según Janick. “Nuestra finalidad”, dice, “es amplificar lo que YG hizo a nivel global”.

Si Interscope puede ayudar a convertir a Blackpink en estrellas globales, la sociedad sería un modelo para que otros sellos inviertan en el K-pop e incluso preparen el terreno para futuras sociedades. “Este arreglo puede ser histórico”, dice Joojong “JJ” Joe, de YG, que lidera las operaciones de la compañía en los Estados Unidos desde una pequeña casa en Los Ángeles. Esto también confirmaría la previsión de Interscope sobre el K-pop. En 2011, el sello fichó al grupo Girls’ Generation durante una de las primeras olas de importación de K-pop, cuando artistas como BoA y Wonder Girls trabajaban para compañías y productores occidentales.

Por entonces, aquellos artistas apenas tuvieron impacto en los charts del mainstream: pese a una gran campaña de promoción, el LP The Boys, de Girls’ Generation, sólo vendió mil copias en los Estados Unidos en su primera semana de lanzamiento, en 2012, según Nielsen Music. Desde entonces, las plataformas de streaming facilitaron la difusión de música coreana, mientras el crecimiento de las redes sociales los animó a forjar alianzas con otros artistas en todo el mundo. “En esta era, la gente encuentra su música y sus artistas favoritos en internet”, dice Susan Rosenbluth, vicepresidenta de AEG Presents/Goldenvoice, que ayudó a cerrar fechas del tour norteamericano de Blackpink, y nota que la audiencia estadounidense del K-pop “no sigue un lineamiento étnico”.

“Muchos artistas de nuestro catálogo llamaron, diciendo, ‘Quiero trabajar con esas chicas’. Las estaciones radiales demandan nueva música”.


Jeremy Erlich, vicepresidente de desarrollo comercial de Interscope

Para Janick, el éxito de “Despacito”, el hit latino de Luis Fonsi y Daddy Yankee, ayudado por un remix de Justin Bieber, abrió a las audiencias anglosajonas a escuchar música en otros lenguajes. “Vamos a tener hits desde los más diversos territorios; muchos más y más de los que tuvimos en el pasado”, dice.

Pero la responsabilidad no sólo recae en los oyentes del pop coreano; está en los consejeros de la industria, también. En el evento de Universal, la reacción a Blackpink es entusiasta, pero parece silenciosa en comparación con la ovación que reciben los retro rockeros de Greta Van Fleet, cuyo álbum debut de 2018 fue catalogado por algunos críticos como “derivativo”. La respuesta al contrato de Interscope con Blackpink sugiere, por otra parte, que esa actitud puede cambiar.

“Muchos artistas de nuestro catálogo llamaron, diciendo, ‘Quiero trabajar con esas chicas’. Las estaciones radiales demandan nueva música”, dice Jeremy Erlich, vicepresidente de desarrollo comercial de Interscope, quien facilitó las primeras conversaciones entre el sello y YG (él y Joe fueron juntos a la escuela de negocios). “La industria está lista. Cuando salga la música, no creo que vaya a haber mucha gente diciendo, ‘Esto es sólo una moda’”.

El día anterior a la función de Universal, las chicas de Blackpink fueron alojadas en la suite de un hotel en el centro de Los Ángeles. Lisa, vestida con un sweater gris y un tapado en damero, espía el letrero de Hollywood por el costado de una ventana, y se acerca a un sillón para tener mejor vista. Sus compañeras, vestidas con cardigans y sweaters coloridos, admiten que no esperaban un febrero en Los Ángeles con tanto frío. En sus momentos libres salen de compras por Santa Mónica. “Se suponía que íbamos a comprar cosas de moda”, dice Jennie, “pero terminamos agarrando cualquier cosa que fuese abrigada”.

El proceso fue lento. Antes de que Blackpink debutara en 2016, Jennie pasó seis años entrenándose, Lisa y Jisoo cinco, y Rosé cuatro. Para las integrantes que habían dejado atrás una vida lejos de Corea del Sur, el entrenamiento sumado al choque cultural fue a veces muy duro.

Este es el primer viaje de Blackpink a Los Ángeles, pero su logística demoró casi una década. Las integrantes del grupo llegaron de distintas partes del mundo a Seúl, para empezar en 2010 un riguroso proceso de entrenamiento. La compañía YG y sus competidoras hicieron pruebas dentro y fuera de Corea (Rosé viajó a Sidney desde su hogar en Melbourne) buscando personal típicamente adolescente, étnicamente coreano o fluido en el lenguaje, aunque esas cualidades no eran exclusivas. Lisa, que hizo su audición en su nativa Tailandia, en 2010, no hablaba coreano hasta que empezó a entrenarse en Seúl, en 2011.

Para las cuatro mujeres, unirse a YG significó enrolarse en una especie de academia de estrella pop de tiempo completo, que Jennie llama “más estricta que la escuela” y que Rosé compara a The X Factor pero “con dormitorios”. Durante 12 horas diarias, los siete días de la semana, las futuras integrantes de Blackpink –junto con, Jennie calcula, otras 10 a 20 aspirantes a cantantes que rondaron el proyecto– estudiaron canto, bailaron y rapearon, se involucraron en tests mensuales designados para identificar sus potencialidades. “Alguien llegaba con un trozo de papel, lo pegaba en la pared, y decía quién lo hizo mejor, quién lo hizo peor, quiénes se volvían casa”, recuerda Jennie, quien inicialmente fue asignada para rapear porque habla inglés fluido. “Obtenías un puntaje, A, B, C”, explica Lisa. “Lisa se sacaba A en todo”, añade Jennie riendo.

El proceso fue lento. Antes de que Blackpink debutara en 2016, Jennie pasó seis años entrenándose, Lisa y Jisoo cinco, y Rosé cuatro. Para las integrantes que habían dejado atrás una vida lejos de Corea del Sur, el entrenamiento sumado al choque cultural fue a veces muy duro. “Llamaba a mis padres llorando”, recuerda Rosé. “Pero por más duro que era lidiar con eso, me volvía al mismo tiempo más ansiosa. Mi mamá me decía, ‘Si es tan duro para vos, volvé a casa’. Pero yo le respondía –poniendo una cara arisca que divierte a las demás–, ‘¡No estoy hablando de eso mamá!’”. Lisa acredita a sus futuras compañeras por facilitar la transición. “Jennie me hablaba en inglés y Jisoo me ayudaba con mi coreano”, dice. Rosé fue la última que entró al entrenamiento, pero recuerda que las cuatro se unieron durante una improvisación que duró toda la noche cuando llegó. “Hubo onda inmediata”, dice.

Todavía pasa eso: Rosé a veces pone sus manos sobre las rodillas de Lisa cuando le traduce, y en un momento Jennie y Jisoo se acurrucaron juntas, mientras una le arreglaba el collar a la otra, mostrando la proximidad de amigas íntimas. “Nunca tenemos un día libre”, dice Lisa (“Una vez cada dos semanas”, aclara Rosé). Y como sus familias viven muy lejos, a menudo pasan su tiempo libre juntas. “Somos muy pegadas”, dice Rosé riendo.

Mientras las compañías de K-pop tienen la reputación de sacar grupos como chorizos, las integrantes de Blackpink afirman tener mucha libertad creativa, pese a no tener los créditos compositivos de sus canciones. Park les toca lo que anduvo ensayando y “realmente trata de volcar nuestras impresiones en sus canciones”, dice Jennie. “Obtiene su inspiración de nosotras”.

“Es importante que como artistas puedan ser dueñas de sus canciones”, dice Park. Las chicas hacen sugerencias sobre quién debería cantar qué parte, y si una parte no se ajusta a alguien él hace arreglos. “No es que él nos da una canción y nos dice, ‘Practiquen’”, cuenta Rosé.

Además, las integrantes de Blackpink tienen otra salida creativa: en el otoño boreal, YG anunció que todas ellas lanzarían material solista, empezando por Jennie, cuyo single debut, “Solo”, encabezó el chart World Digital Song Sales de Billboard en diciembre. Aunque la música es aún creada y distribuida por YG, la idea de que la longevidad del grupo y el éxito solista no son mutuamente excluyentes es un salto radical en la historia de los grupos femeninos –uno que, dice Janick, “reforzará a la marca” –.

Estrellas que vienen de compañías como YG son llamados “ídolos” en Corea, e históricamente se espera que mantengan una imagen intachable. Cuando debutó Blackpink, Jennie dice que YG era muy selectivo respecto a las apariencias para las promociones: “Nos entrenaban para que fuéramos un poco más…” “¿Cercanas?”, sugiere Rosé.

“Cercanas” es exactamente lo que las honestas mujeres que lideran los charts, de Grande a Halsey, no son –ellas hacen música cruda y profundamente personal–. Pero mientras Blackpink puede alcanzar el éxito que otorga un espectáculo pop como el programa Total Request Live –Erlich, de Interscope, llama al grupo “las Spice Girls modernas”–, últimamente la banda está menos preocupada por aparecer perfecta, tanto arriba como abajo del escenario. “Siempre quisimos ser nosotras mismas y un poco más libres”, dice Jennie. “También hay cosas que pueden salirnos mal. Queremos mostrar nuestra realidad”.

Jennie y Lisa hacen justo eso cuando les pregunto sobre sus expectativas como raperas en los Estados Unidos. Lisa hace un gruñido avergonzado, ocultándose en su suéter. Ella ama al hip hop desde la infancia y está obsesionada con Tyga (“Adoro su estilo”, dice, poniéndose colorada). Pero ella y Jennie parecen conscientes de que un grupo de asiáticas adoptando un estilo dominado por artistas americanos es difícil de vender en los Estados Unidos, con escuchas en sintonía sobre debates de apropiación cultural.

“Lisa y yo no lo hablamos mucho en público, pero sé que tenemos esta gran presión”, dice Jennie, que admite haber estudiado a artistas como Lauryn Hill y TLC cuando empezó a rapear. Mira a Lisa a través de la habitación. Lisa arruga su cara.

Esta clase de vulnerabilidad quizás es lo que vuelve a Blackpink atractivo a las audiencias norteamericanas. “Los artistas más exitosos, en estas situaciones, son los que se muestran auténticos con esta experiencia de crecimiento” en su música, dice Rosenbluth, del Goldenvoice. “Hay un cierto grado de autenticidad en Blackpink que realmente me gusta. Se siente su dedicación”.

De regreso al show, la banda finaliza el set con el casi reggaetón “Forever Young”, con una coreografía intrincada, y revoleo de pelos en los cortes del baile. Mientras el beat llega al clímax, las integrantes se reúnen y adoptan una pose de estatua, con las manos en las cinturas, al tiempo que la música se detiene. Se quedan detenidas por un momento mientras las luces se atenúan; después aflojan sus brazos y se miran, reteniendo la respiración, sonriendo como cuatro chicas jóvenes que no pueden creer que estén aquí.