Con un show enfocado en sus dos primeros discos, la piedra angular del heavy metal presentó el The End Tour en nuestro país. Así, demostró que no siempre las despedidas son tristes.

Los finales angustian: cada vez que termina algo, ya sea una relación, una serie o una etapa, una sensación amarga nos invade. Pero no siempre tiene que ser así, y el show de Black Sabbath en Vélez lo demostró.

Pasadas las 21 h −después de la lluvia y de un atardecer con una gama de colores que parecía la señal del apocalipsis advertido en Iron Man−, las luces se apagaron y Ozzy Osbourne, Tony Iommi y Geezer Butler salieron al escenario para dar su última misa satánica en nuestro país. Acompañados por Tommy Clufetos y Adam Wakeman, la reunión no podía comenzar de otra manera que con Black Sabbath y ese riff construido con una progresión armónica de una quinta disminuida, el clásico tritono que hicieron famoso en la música occidental.

Tras un silencio hipnotizante y una ovación al final, Fairies Wear Boots fue la segunda canción, mientras la guitarra de Tony Iommi controlaba la voluntad del público. El viaje a los años 70 se facilitó por las pantallas que deformaban imágenes y proyectaban colores psicodélicos. El show continuó con After Forever e Into the Void.

Antes de Snowblind, Ozzy agitó a la gente: “¿Están bien? ¡No los escucho!”. La edad y los excesos lo limitaron mucho físicamente, pero lucía como esos jugadores de fútbol experimentados que saben caminar la cancha; administraba sus energías y nunca se desconectó. Cuanto presentó a la banda, Geezer Butler se llevó una ovación, pero cuando nombró al “one and only” Tony Iommi, el estadio se vino abajo.

Sonaron alarmas, se vieron luces rojas y luego de War Pigs y Behind the Wall of Sleep, llegó el protagonismo de la sección rítmica: al ser un power trio en el cual los teclados pasan casi desapercibidos, Clufetos y Butler utilizaron las influencias del jazz para introducir el swing en el sonido de Black Sabbath. Butler se lució en la intro de Bassically para enganchar con N.I.B y Clufetos brilló en Rat Salad con un aplastante solo de batería.

Llegó Iron Man y el hombre que viajó al futuro pudo presenciar la locura de los argentinos, causada por ese sonido ralentizado al máximo. Dirty Women −la única de Technical Ecstasy− fue el mejor momento de la noche y los créditos van para Tony Iommi. El guitarrista es el único miembro que siempre formó parte del grupo y sabe reponerse con resiliencia a las adversidades que le presentó la vida: en el año 1965 −tres años antes de formar Sabbath− perdió parte de sus dedos anular y mayor trabajando en una fábrica. Inspirado en la historia de Django Reinhart, que se hizo un lugar en la historia del jazz tocando con dos dedos, Iommi utiliza dedales para tocar y se adaptó bajando la afinación que le otorga ese sonido grave y denso. Pero este no es el único problema que tuvo que enfrentar; en 2012, Iommi fue diagnosticado con un linfoma, la razón por la que la banda decidió encarar su tour final. El cáncer afortunadamente se encuentra en remisión, pero no es recomendable para la salud del guitarrista continuar con el ritmo de disco y giras. En palabras de Butler, se retiran en “en un punto muy alto. Lo hacemos tocando mejor que nunca. Preferimos ser recordados de este modo que dando lástima. Los conciertos han sido una maravilla y la respuesta de los fans fantástica”.

Paranoid es la culminación de un show que dejó satisfecha a la audiencia desde el principio. Así, tras 48 años de carrera, Black Sabbath tiene un glorioso final, a la altura que merece.