Un sexteto viene empujando hacia arriba desde hace ocho años, y su pop ochentoso ya está en el punto de ebullición. Mientras planea su próximo álbum, se prepara para su show del 7 de diciembre en el Vorterix.

–¡¿Qué es eso!?

La vestuarista de Bandalos Chinos interrumpe la charla entre el cantante Goyo Degano y esta periodista. No mira a ninguno de los dos. Sus ojos intentan pulverizar un detalle en particular: unas medias amarillas y rojas se asoman, cobardes, por debajo del pantalón de Goyo para después volver a esconderse en las zapatillas.

–Te dejé unas botitas divinas preparadas –le dice al vocalista, y da media vuelta para retirarse.

Días después, la situación no causará más que risas. “Parecía Ronald McDonald. Caos, muerte, miseria. Encima no combinaban con la remera”, recordará la estilista. Pero no es simplemente anecdótico. Esas medias son la metáfora perfecta de la pizca de rebeldía contumaz y deslices voluntarios que quedan exentos del control de los Chinos. “En otro momento, nos enroscábamos muchísimo en que la armonía. Buscábamos la manera de que no sonara cheesy, trillado, ni tan pop. Hoy, si nos salen tres acordes que son los típicos, nos animamos a usarlos. Los incorporamos desde otro lado”, sostiene Goyo.

Algunas horas más tarde, tras haber presentado el videoclip de Dije tu nombre en los estudios de Tastemade Argentina de Palermo, el frontman –y sus botas de cuero marrón− se para junto a Iñaki Colombo, Tomás Verduga (ambos en las guitarras), Nicolás Rodríguez del Pozo (bajo), Salvador Colombo (sintetizadores y teclados) y Matías Verduga (batería) para ametrallar al público con su pop ochentoso. Mientras tanto, un pibe que camina por la vereda que bordea el edificio se saca sus auriculares, se detiene frente a la puerta y agudiza el oído. “¿Quiénes son?”, pregunta. Alguien le responde, y entonces, el joven se desvía de su camino y entra en el alborozo de la chinada –como se hacen llamar los seguidores más fieles−.

“Si bien hay dos pares de hermanos, el resto no tenemos vínculos directos de sangre. Aun así, es una familia, nuestra relación es de hermanos. Aprendimos a correr el ego y a laburar en equipo. Confiamos en que la decisión del otro es la mejor. Todos apuestan al proyecto desinteresadamente”, explica Goyo. Y no se refiere solamente al trabajo de la vestuarista; Bandalos Chinos dispone una cancha sin réferi para jugar: por ejemplo, Tomás Terzano es el 5 en el campo de la dirección artística, los Colombo son goleadores en la producción, y Matías se perfeccionó como defensor en la técnica de shows y montaje de escenarios.

Peter Lanzani también es un leal colaborador. Comenzó ayudándolos como plomo –de hecho, todavía lo hace−, y terminó actuando en el más reciente corto. “Mientras hicimos el video, yo estaba ensayando para una obra de teatro, El emperador Gynt. Ahí encarno a 14 personajes, y como es un unipersonal, no tuve muchas imágenes u otro actores en los que apoyarme. Así que recurrí a la memoria emotiva. Y la música de los Chinos me ayudó mucho, me despierta la creatividad. Ponía sus canciones cuando repasaba el texto”, dice Peter.

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Los estrechos y lóbregos pasillos del Polo Cultural Saldías tercamente se bifurcan en otros, que tercamente se bifurcan en otros. El espacio es el mismo donde el Flaco ensayó el concierto de las Bandas Eternas para Vélez, en 2009. Allí, en la sala 43, Bandalos Chinos está gestando su sonido: en su último EP, En el aire (2016), los sintetizadores punzantes y las guitarras impalpables tejen los ecos de Phoenix, Genesis, Cerati, Charly García y Virus en clave pop deforme, bailable y acicalado. El lirismo minimalista que surge después de la cacería de palabras convive con los arreglos obsesivamente prolijos de la orquestación, a la vez que la tersura de la voz pinta paisajes quiméricos. ¿Su jaque mate predilecto? Puentes musicales que desafían la duración, ubicación y matices de lo que el oyente está preparado para atajar. Esas son las cartas que el grupo mostró en las seis fechas que hizo por mes desde julio hasta octubre, y serán 41 hasta terminar el año.

“Estamos re nacionaleros. En los temas nuevos del vivo metimos un saxo [de la mano de Pablo Vidal, de El Kuelgue], que es algo muy arraigado a nuestra cultura. Hace un tiempo, éramos repuristas, ni a palos poníamos un viento. De a poco nos vamos soltando de esas cadenas. Me encanta la cara de la gente cuando el chabón está con el saxo y ¡pum!, se los clava en el corazón”, agrega Goyo.

Sin embargo, desconocen qué dirección tomarán con el próximo álbum. “Estamos entregados. Los seis vamos a entrar a un estudio y ver qué pasa −asegura Tomás−. Somos muy inquietos, por eso creo que no somos conceptuales. Nos cuesta aferrarnos a cualquier cosa. No podemos dejar nuestra música estática. Buscamos que no se nos imponga nada a la hora de crear”.

¿Y su relación con la industria?

GD: Creemos que de alguna manera podemos seguir laburando como venimos, independientes. Estamos un poco distantes de la industria porque no nos llegan buenas propuestas.

TV: Estamos abiertos a escuchar diferentes opciones, no siempre la misma propuesta que viene haciéndose en el rock desde hace 20 años. Si es lo que nos dicen a nosotros, no entiendo cómo alguien la agarra.

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Una tarde de 2009, unos chicos que rondan los 18 años coinciden en una casa de Santa Bárbara, en Tigre. Es el primer ensayo oficial, y lo inauguran con un tema inspirado en el libro chino taoísta El secreto de la flor de oro; suenan los primeros acordes de Durazno sangrando, y los pibes vaticinan lo que vendría: el fruto sí estaba prematuro para caer del árbol, pero había alma, y el pacto chino ya estaba sellado con sangre.

Ese encuentro derivó en un álbum homónimo (2012), y después de algunos cambios en la formación –en 2013 Nicolás sustituyó al anterior bajista y entró Salvador−, en dos EP: Nunca estuve acá (2014) y En el aire (2016). En un repaso con atajos, también resultó en una participación en el Lollapalooza del año pasado, un Niceto Club sold out autogestionado, un festival propio en ese mismo lugar de Palermo, la inclusión de su nombre en la mayoría de los festivales nacionales, un millón de reproducciones de Isla en Spotify, giras por Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Misiones, y ponderaciones varias –incluso, reciben reiterados buenos comentarios de Juliana Gattas y Abel Pintos compartió en su Instagram la canción El verano−. Ahora pongamos quinta: el 7 de diciembre los encontrará en su primera fecha propia en el teatro Vorterix, que ya colmaron el año pasado en el marco de la fiesta Roxstar, junto a Silvestre y la Naranja.

“Le tengo mucho cagazo. Es un escenario en el que vi artistas que hicieron que se me caigan los calzones; siento una responsabilidad muy grande. La primera vez fue tan reveladora como esta… ver el escenario impoluto y acostarnos ahí para sentir la vibra… Está buenísimo llegar a cada lugar y ver qué tiene para dar, así es un ida y vuelta”, confiesa Goyo, que antes del show del festival La Nueva Generación, en Córdoba, expuso el ritual: con los ojos cerrados, extendió sus brazos hacia arriba y abrió las manos. Las palmas, tensas y enfrentadas; y los tendones se contrajeron y se ramificaron hacia cada dedo para convertirlos en garras. Ah, el acecho de la bestia.