La nueva edición del legendario festival vuelve a instalar a la primera gran marca de encuentros multitudinarios del rock local. ¿Cómo era antes y cómo será este año?

Ya pasaron casi 35 años desde aquella última versión de fines de 1982 en las canchas de hockey y rugby de Obras Sanitarias, sin embargo, el nombre de B.A. Rock (¡y el logo!) siguen vigentes, y los afiches y las gigantografías llaman la atención. Si se tiene en cuenta que las primeras ediciones fueron de 1970 a 1972, es poco menos que un milagro que miles de personas aún recuerden la marca.

Lo que ocurre es que B.A. Rock no es solo un festival de rock o una marca con valor histórico. Es la representación de una época. Sintetiza el espíritu de inocencia, frescura, originalidad y sorpresa de la primera etapa del rock argentino. Es un logo poderoso que engloba desde el espíritu hippie hasta el poder contestatario y contracultural del rock. Es el recuerdo de un tiempo en que todo estaba por inventarse y por hacerse. Es una postal de momentos en que nadie tenía una dimensión clara del poder de convocatoria del rock en la Argentina. Es nostalgia, sí, pero también es una vara para volver a medir el estado del rock. Es una manera de mirar hacia adelante y de plantearse nuevas preguntas. Porque el rock no debe creer en respuestas, sino en las preguntas, como cantaba Raúl Porchetto.

En los años 70 (e incluso en la versión del 82) no se hablaba de sponsors, marketing, merchandising, activaciones, catering ni viralización. Había ganas de hacer las cosas lo mejor posible y profesionalmente, pero sobresalía una mezcla de inocencia con falta de modelos. Es obvio que en 1970 armar un escenario con columnas de sonido y luces acordes a un show de rock no tenía muchos antecedentes, pero tampoco hubo progresos tan extraordinarios hacia 1982, cuando los recitales en estadios eran casi inexistentes y las convocatorias más grandes habían sido Serú Girán en La Rural y el Festival de Solidaridad en Obras. Hacia su última edición, ya había mejores equipos de sonido y luces, tal vez gentileza de la época de “plata dulce”, pero hoy resultan casi de juguete.

Tanto en los años 70 como en la actualidad hay una suerte de previa del B.A. Rock, que es su variante más folk y unplugged: el Acusticazo. En 1972 fue un ciclo de recitales en el Teatro Atlantic, donde se buscaba mostrar una veta diferente al rock y blues de La Pesada y tantos más. Fue buscar un lugar para la propuesta más guitarrera de héroes consagrados como Litto Nebbia y Edelmiro Molinari, además de nuevos valores como León Gieco, Raúl Porchetto, Gabriela y el dúo Miguel y Eugenio, entre otros. Como decía el vinilo original, “fue un esfuerzo grupal para demostrar que no siempre son necesarias las ‘paredes’ de equipos para llegar al público de su propia generación en el idioma musical de estos tiempos”.

Ahora, apenas el mes pasado, el Acusticazo se reeditó en el Teatro Gran Rex y fue mucho más que un viaje a ese momento de la historia. Fue una manera de unir generaciones. Estuvieron Litto Nebbia y León Gieco, además de casi todo el elenco del disco en vivo del 72, pero también se sumaron Catupecu Machu, Salta La Banca, Boom Boom Kid y el cantante de El Atolón de Funafuti. Ese minifestival de cuatro horas y media calentó motores para el plato fuerte, que llegará en octubre al estadio Malvinas Argentinas. En su listado de artistas no olvidará el talento de los pioneros que muchas veces son dejados de lado. Será la unión de tres generaciones de músicos de rock y un muestrario del estado actual del asunto, donde sigue presente un nivel de inocencia, frescura, originalidad y sorpresa no tan diferente al de 35 años atrás. Habrá sponsors, marketing, merchandising, activaciones, catering y viralización, pero nada de eso conspirará contra el poder de una música que lleva cinco décadas de historia. Serán herramientas nuevas para un festival viejo que, de esta manera, ganará vigor y vigencia. Será todo eso. O no será nada.

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