El trinomio retoma el camino discográfico con Triángulo de fuerza, su primer LP desde 2009, donde sintetizan una búsqueda artística que en 2017 cumple 30 años. “Uno puede decir cosas fuertes y bancársela, y otro puede elegir cagarse de risa”.

En una tarde cualquiera en el calor palermitano, los Attaque 77 dan una nota para la TV, sentados prolijamente en un sillón, entre la esquizofrenia climática de aire acondicionado y luces calientes. Ahí están ellos, serenos, sobrios, despejando las dudas de la cronista y sonriendo a la cámara. Momentos después, cuando la luz se apaga y este grabador se enciende, preguntan: “¿Esto es con cámara?”. No. Lo que antes era prolijidad, ahora es desparramo y desparpajo, cuerpos derritiéndose en un sillón. Esto parece un poco más punk.

“En 30 años de carrera vivimos en una vorágine de velocidad que nos impusieron”, explica Luciano Scaglione, siempre de buen humor. “Cuando crecimos, nos dimos cuenta de que las cosas son como a nosotros se nos antojan”, remata Mariano Martínez, mientras apoya las manos detrás de la cabeza y sube ambos pies a la mesa ratona ubicada frente a él.

Tal vez, los fans de la banda se acuerden de otro relajo: el que los alejó del estudio durante siete años. En 2009, el álbum Estallar significó el primer trabajo como trío, ya sin la compañía de Ciro Pertusi. En el medio, claro, no solo hubo pies sobre mesas ratonas: los primeros años de gira evolucionaron en casi dos años de sesiones acústicas a lo largo del país, que terminaron por conformar un DVD. “En un momento nos preguntábamos ‘¿Y por qué tenemos que hacer un disco? Si ya hicimos muchos’”, se excusa Martínez y completa: “Los fans nos dieron un empujón, hubo mucha gente pidiendo canciones”.

Después de 30 años en los escenarios, las preguntas frente a la búsqueda de nuevas composiciones ya no son las mismas que las del principio. Ahora, lejos de los planteos estructurales, las cuestiones más bien serían cómo innovar dentro del propio estilo, cómo escapar a lo que ya se ha hecho. “Nosotros siempre buscamos hacer algo nuevo, salir del subgénero”, comenta Scaglione, mientras piensa en Triángulo de fuerza, el más reciente trabajo de la banda, y más puntualmente en Volumen 1, el EP que anticipó el LP. “En todos los discos vas a encontrar una canción que se escapa de ese estereotipo del punk rock”, completa.

Para ello, durante el proceso de composición y producción del disco, viajaron a Tanti, Córdoba, el que sea, quizás, uno de los lugares menos punk en la tierra. El que haya ido lo sabrá. Ahí se ubica geográficamente una de las moradas de la familia Martínez. “Éramos cuatro la primera vez que fuimos a Tanti, y ahí fue donde nos convertimos en un triángulo”, explica el propio Martínez, y no hace falta explicar qué arista se perdió para que se produzca el cambio geométrico. La consulta por el nombre del disco y esta relación con las tierras cordobesas se vuelve inevitable. “El triángulo es porque somos illuminati”, bromea el guitarrista con la aprobación de sus compañeros, en un gag que servirá para comenzar o terminar el resto de las preguntas. Después de las risas, define: “El nombre del disco explica el presente del grupo. Es decir, nosotros, ahí, en Tanti, funcionamos bien, por lo menos en el hecho creativo”.

Sea como sea, en estas tres décadas de rock, con imposiciones o sin ellas, siendo un cuadrado o un triángulo, ha habido una constante que se repitió en todas las placas, en mayor o menor dosis: la necesidad de decir lo que está mal, de repudiar lo que duele. “Uno puede elegir decir cosas fuertes y bancársela, y otro puede elegir cagarse de risa –comenta Scaglione–. A nosotros nos pega todo lo que vivimos viajando por la Argentina durante toda nuestra vida”. Está pensando en A cielo abierto, uno de los nuevos tracks del álbum, que no necesita mayor explicación que su letra. Los tags: “corrupción”, “famatina”, “privatización”. Y en los oídos quedan retumbando frases de la canción: “Son las corporaciones los nuevos conquistadores y le entregan el oro a nuestros gobernadores”, “La Barrick Gold, los Bush, la CIA, son la misma compañía”.

El breve repaso por la letra de A cielo abierto revela una verdad: “No son canciones muy felices las que hacemos”, bromea el bajista. Ahora, mientras habla, sus gestos de sonrisa constante se le van desdibujando: “Sin embargo, en otros temas hay una intención de optimismo”. No está conforme con lo que dijo, debe aclarar: “Es un optimismo buscado, porque no nos sale espontáneamente, porque lo que vemos es una mierda”. Respira y termina: “A veces hay que hacer un esfuerzo para ser optimista”.

Sin embargo, hay un tópico en el que la banda en general coincide en su falta de optimismo: el rock actual. Les gusta lo clásico, “los que la inventaron”. Escuchan los Ramones, obvio, pero también fueron a ver a Black Sabbath en su show despedida de la Argentina, aunque aclararon que no escucharon a Rival Sons, los teloneros, porque para eso se iban a escuchar Led Zeppelin a su casa. Mariano Martínez toma la batuta imaginaria: “No veo nada naciendo en el rock”, dice, para continuar: “No me interesa mucho lo que pasa con el rock en la actualidad. El punk fue lo último que rompió todas las estructuras, en todos los niveles sociales. Ahora todo se vuelve aburrido. Nosotros, desde nuestro lugar, tenemos que tratar de romper con nuestra estructura. Muchos podrán decir de nosotros que también estamos metidos en esa suerte de aburrimiento que es el rock hoy, que estamos metidos en esa pose. A mí no me interesa la pose, esa idea de que hay que ser roquero porque es una forma de vida”. Un descanso sirve para tomar impulso y rematar: “Si el rock es funcional al sistema, no sirve. Si tiene algo que decir, es contestatario y rebelde, me parece que sí, que sirve”. ¿El rock es funcional al sistema? “Sí, creo que sí, el rock es funcional al sistema, hace un montón”.