Sin la trascendencia de otros pares de la escena cordobesa, Anticasper ratifica sus convicciones en un cuarto disco alucinógeno. Mezclado por Gustavo Iglesias (ingeniero de Babasónicos), 'Anillaco' pide a gritos que le presten atención. Canciones pop, estirpe rockera y espíritu experimental.

Si el mundo fuera un lugar más justo, Anticasper debería llenar salas a diestra y siniestra. Pero en un contexto en el que la sobreinformación reina y las relaciones públicas tienen más peso que la más fabulosa de las canciones, el cuarteto cordobés navega entre la indiferencia y un cambio de época en la que el rock ha quedado al margen. Sólo así puede entenderse una realidad inobjetable: que Anticasper sea, después de varios años de trayectoria, un nombre desconocido para muchos productores, programadores y periodistas dentro de la escena independiente. Aún así, el grupo es responsable de uno de los discos más contundentes de 2018. Una auténtica delicia para aquellos paladares dispuestos a experimentar el desconcierto y la psicodelia al servicio de estrofas, estribillos y partes instrumentales dignas de cualquier artista de culto.

El álbum se llama Anillaco y, desde su nombre, refleja un valor fundamental dentro del universo estético de Anticasper. ¿A quién se le ocurriría titular un álbum con el lugar de nacimiento de un expresidente asociado al costado más explícito del neoliberalismo? La ironía y el absurdo son la materia prima básica en la lírica del grupo, que es capaz de cantar sobre sentimientos, situaciones y deseos, pero siempre desde un lugar propio, alejado de los clichés. “¿Qué es eso que me lastima? / ¿Serán todas esas pastillas de cloro vencidas?”, canta David Fontana en “Hacé sanar” (donde aparece Shaman Herrera con su registro grave). “Ese charco yo no lo pisé, pero el barro está en mis pies, no sé por qué”, dispara en el comienzo de “El terror”. Y los ejemplos se multiplican a lo largo de la brillante discografía anterior del proyecto: El éxtasis del siglo (2015), Armónicus Daltónicus (2012) y Venado Tuerto (2010).

Al mismo tiempo, Anillaco muestra una asociación directa con el rock de guitarras y el espíritu alternativo. Un guiño a los 90 y grupos como Pavement, Pixies y The Flaming Lips. Allí, Federico Kenis toma la posta y vira el timón hacia una zona en la que los estribillos se cantan con el corazón en la mano (“Lanzallamas”, “Animal”). Mientras tanto, la base de Nicolás Garriga y Fernando Rojas (bajo y batería, respectivamente) hace pensar en una banda todoterreno, capaz de tener pulso glam, sensibilidad pop y groove espacial. A fin de cuentas, Anticasper es lo más cercano a una caja de pandora de la historia de la cultura joven hecha música. Su música es, también, una forma de entender el mundo como otro lugar posible. Y Anillaco supone la muestra cabal de esa intransigencia artística. Un valor que, más allá de las modas, cala hondo en quienes viven las canciones como pasadizos secretos a nuevas dimensiones.