La mitad de la banda se presentó en el escenario de Colegiales para homenajear a un disco que marcó una época.

La corrida de dólar y el ánimo arrasado por una jornada tumultuosa se sentían en el aire de un Vorterix que a las 19 puntuales abría sus puertas. Pero la lluvia ya había pasado y todo estaba por venir. La entrega de los ENDLRG dejó un ambiente electrojazzero con sintes funkies en el aire. Luego, Avey y Panda aparecieron en el escenario y desde el primer acorde marcaron el tono. “Tuvin”, un corte sin coordenadas precisas en la discografía del grupo, fue el elegido para dar inicio a lo que se sintió como una mezcla entre un ritual sagrado y una vuelta al país de la infancia.

Diez años después de su primera y única pasada por Buenos Aires, Animal Collective en formación reducida -solamente Panda Bear (Noah Lennox) y Avey Tare (David Portner)– volvieron a Buenos Aires en el marco de una gira nada habitual. Sung Tongs, lanzado en el 2004, fue un antes y un después, ya que por primera vez lanzaban un largo que se abría a lo experimental sin caer en el exceso o demandar una escucha demasiado generosa y atenta. Con un pie en el indie-pop y el otro en un folk de texturas psicodélicas, el disco marcó sin hacer mucho escándalo a fans y a bandas por venir y, tras tocarlo de principio a fin el pasado 2 de diciembre en el 21° aniversario de Pitchfork, se supo que era buena idea hacerle un homenaje un poco más extenso.

Dos grandes telas con obras del artista Michael Fuchs –de tema psicodélico fluorescente– colgaban del techo al piso achicando el escenario de Vorterix y daban un marco cerrado al espacio de acción previsto para el encuentro. Lejos del sonido electrónico espacial que los hizo conocidos en todo el mundo por Merriweather Post Pavilion (2009) el set de instrumentos para esta gira implica solamente cuatro guitarras acústicas, cuatro micrófonos, algún pedal y un tom para compartir. Poco espacio, pocos recursos, pero un sonido inmenso. Luego de la introducción que nos hizo pensar en la India y en el canto gregoriano al mismo tiempo, “Leaf House”, el primer tema del disco, abre las puertas a un espacio diferente en el que el despliegue vocal combinado de Lennox y Portner nos llevará de lo más bajo a lo más alto en cuestión de segundos.

Desde ahí en adelante, la guía será la solapa del disco y el viaje tendrá zonas de silencio y concentración profundos y paradas soleadas en las que bailar, saltar y aplaudir. Entre los primeros, “The softest voice” y “Visiting Friends” llegaron por momentos a hipnotizar y a dar la sensación de que el tiempo se había suspendido, con guitarras en ciclos infinitos y voces entre el murmullo y el grito tribal. En la otra punta, “Who could win a rabbit”, “Kids on holiday” y el punto altísimo de “We Tigers” nos enseñaron a jugar como cuando éramos chicos, sin buscarles motivos a las cosas, en sus letras sin demasiada lógica y con muchos animales. Las luces en movimientos sutiles y la cantidad justa de humo se sumaron a un ambiente que por momentos se volvía etéreo y en otros relucía brillante. Cerrado el disco, cuatro temas extra funcionaron de epílogo, tres de ellos grabados por la misma época junto a la enigmática Vashti Bunyan.

En una gira con setlists casi idénticos, Avey y Panda revelaron un manejo virtuoso de los elementos que deciden incorporar cuidadosamente en el escenario. Quizás, la única crítica sea que el control es un poco evidente y nada está librado al azar. Como sea, la mezcla entre la ceremonia y el delirio da sus frutos y los oriundos de Baltimore demuestran una vez más que saben abrir la puerta para ir a jugar.