El guitarrista ofreció un tributo a su legendaria banda acompañado por los brasileños Joao Barone y Rodrigo Santos.

Que Andy Summers regrese a la Argentina siempre constituye una excelente noticia. Sin embargo, esta nueva visita estuvo envuelta por una singular expectativa desde el momento en que anunció que se presentaría bajo el nombre de Call The Police, un flamante proyecto en formato de trío con el que recorrería gran parte del repertorio de The Police aunque sin Sting ni Stewart Copeland, sus históricos compañeros.

Lo que en un principio fueron simplemente relajadas y distendidas zapadas junto a Joao Barone (baterista de Os Paralamas do Sucesso) y Rodrigo Santos (exbajista de Barao Vermelho) durante sus sucesivos viajes a Brasil, pronto se convirtieron en ensayos de alto vuelo. Y ahí surgió la idea de tomarse las cosas más en serio y salir de gira, con Buenos Aires como primera escala en el marco del ciclo Jazz Nights.

La incógnita de lo que depararía esta nueva aventura de Summers quedó inmediatamente develada con los primeros acordes de “Synchronicity II”, seguidos de una ovación que partió desde los distintos sectores del Teatro Coliseo. Es que no todos los días se tiene el privilegio ni la oportunidad de disfrutar de un músico de su talla a tan pocos metros de distancia y menos en la atmósfera de intimidad y cercanía que genera un recinto cerrado. Destilando la humildad y simplicidad de los grandes, sin caer en poses de divo ni en vanas demostraciones de virtuosismo y pronunciando muy pocas palabras (apenas un saludo de bienvenida, otro de despedida y agradecimientos varios), el exintegrante de The Police se limitó a cautivar con su ductilidad sobre las seis cuerdas, el inconfundible sonido envolvente de su guitarra aguijoneante y su pedalera de efectos mágicos. Por su parte, su reconocido perfil jazzero afloró en varios pasajes del concierto a través de su festejada recurrencia a la improvisación. Y precisamente, esa libertad para zapar de manera tan fluida y natural fue la que dotó al famoso cancionero policíal de un vuelo propio y personal, alejándolo de la mera recreación en la que suelen desembocar la mayoría de las bandas tributo o de covers.

“Demolition man”, “Spirits in the Material World”, “De do do do, de da da da”, “King of Pain” y las contundentes “So Lonely” y “Can’t Stand Losing You” sumaron puntos a la hora de generar empatía entre una audiencia dispuesta a disfrutar y una agrupación que fue sintiéndose cada vez más sólida con el correr de los temas y que, más allá de los infaltables hits, despertó aplausos con piezas tales como “Invisible sun”, “Driven to tears” y la exquisita “Tea in the Sahara”.

Dueño de un registro igual de áspero y cascado aunque un tanto más grave que el de Sting, la performance vocal de Rodrigo Santos alternó momentos superlativos, como en “Walking on the Moon” y “Every Breath you Take”, con otros no tan felices como “Roxanne”, donde lució por demás exigido. No obstante, su despliegue escénico y su entrega merecen destacarse como así también su ajustada labor desde el bajo. Completando este triángulo instrumental, la figura de Joao Barone emerge como una pieza clave para definir el sonido de Call The Police. Es que el baterista de Paralamas es, desde hace muchos años, uno de los más encumbrados y perfectos discípulos de Stewart Copeland [chequear particularmente los dos primeros álbumes del trío brasileño: Cinema mudo (1983) y O passo do Lui (1984)] , con un estilo muy similar al del experimentado percusionista norteamericano, al amalgamar con notable buen gusto, destreza y precisión la base rítmica tanto del rock como del reggae, el ska, el punk y la new wave.

La inconfundible introducción de “Message in a Bottle” no sólo anunció que el final del show estaba cerca, sino que puso de pie a todos los presentes, quebrando por primera vez la extrema formalidad de un público que prefirió gozar la mayor parte del concierto y corear una contagiosa lista de temas desde la comodidad de sus butacas. A la hora de los bises, “Every Little Thing she Does is Magic” y la primigenia y volcánica “Truth Hits Everybody” oficiaron de inmejorable epílogo para una noche en la que Andy Summers volvió a sentirse parte de una banda de rock.