El rapero y baterista se presentó anoche en el teatro de Colegiales para cerrar el ciclo de sideshows del Lollapalooza Argentina.

You niggas got me high”, le grita Anderson. Paak a un Teatro Vorterix sold out hace meses. Claro que el público no está compuesto por esos niggas de su humilde Oxnard natal. De hecho, quizás solo algunos de los asistentes de esta noche deben saber quién es Madlib, otra innegable luminaria hiphopera y vecino suyo en el sur de California, que participó como productor en el álbum de .Paak Malibu. Pero eso poco importa realmente. La mecha rapera de “Come Down” se enciende, y en poco más de una hora, junto a sus geniales Free Nationals, .Paak va a empujar las barreras en un plan universal.

Es decir, la universalidad como concepto es algo mercurial en él: borra los límites entre el hip-hop, funk, soul, house y hasta rock. A su vez, en un plano personalista, puede cantar, rapear, tocar la batería –a veces simultáneamente, claro− y se pavonea como un frontman aceitado. De principio a fin regala el magnetismo de su sonrisa dientona, tanto a los espectadores como a sus compañeros, aplicando un sistema de recompensas. ¿La banda suena ajustada en una versión fumona de “The Waters”? .Paak sonríe. ¿El público levanta las manos en el aire para “Glowed Up”? .Paak sonríe. ¿.Paak se refriega sobre el pie del micrófono mientras emula a R. Kelly en “Ignition”? Paak sonríe. Hasta su remera blanca con smiley faces en el pecho sonríen.

Pero hay también un dejo de dramatismo que trabaja como un subtexto en su música. Antes de ser Anderson .Paak, Brandon Anderson −su verdadero nombre− la pasó mal. Su padre desapareció cuando tenía 14 años, su madre estuvo presa, y durante una temporada le tocó vivir de piso en piso con su esposa, inmigrante ilegal, y un hijo recién nacido a cuestas. Esas vicisitudes se ven claras en varias de sus letras, pero se acentúan espiritualmente cuando decide sentarse en la banqueta, destruyendo con breaks el clima R&B original de “The Season/Carry Me”, y recomponiéndolo en un hard rock psicodélico, aumentado por los solos filosos del guitarrista José Ríos.

Con solo dos discos editados –tres si contamos el de NxWorries, y más si se suma su etapa como Breezy Lovejoy–, .Paak se erige al igual que un artista cultivado hace décadas. Sabe tener a la audiencia en la palma de su mano. Los controla. Les dice, “No sé si se entiende lo que digo, pero los amo”. Claro que lo entienden. Por eso debajo del escenario le devuelven su mantra optimista Yes Lawd! a los gritos; y él, complacido, se pasea por todo su léxico musical. Desde gran parte de su gran disco Malibu hasta un freestyle hecho en una radio yanqui, pasando por el todavía no editado Bubblin’, el reciente “Til It’s Over” y el sensual “Suede”, el grupo toca todos los géneros que su líder trabajó a la perfección.

Y para no perder el calor y la concentración, amaga brevemente con retirarse para los bises. Así, con la guardia baja de los que miran, se sube encima del acid jazz housero a la Jamiroquai de “Am I Wrong”. Todavía el show no llega a la hora y entre los cuerpos pegoteados ya se habla de romance consumado. Es con “Lite Weight” termina de sellarse el pacto. En un pogo frenético todos cantan al unísono “There’s no reason to be afraid”, mientras los Free Nationals saltan en su lugar y el cantante erupciona en un baile de brazos agitados como un predicador frente a la congregación.

Cuando parece que ya se quemaron todos los cartuchos y unos imprevistos se apuran a salir, Anderson .Paak decide subrayar la universalidad con “The Dreamer”. “Esto es para todos los pequeños soñadores, a los que no les importó un carajo”, les dice, y se dice a sí mismo: “No paren ahora, sigan soñando”. Quizás esa tónica esperanzadora ayude a aguantar el tiempo entre este debut porteño y su regreso.