Los ingleses se empaparon de distintas referencias literarias y musicales para dar a luz a 'Relaxer', un álbum que los consolidó como abanderados del indie de estadios y que fortaleció su confianza: “Seguimos estando acá, seguimos siendo populares, así que ahora podemos hacer lo que queramos”. Actualmente, son uno de los actos principales del cartel del Lollapalooza Chicago 2017.

Imagínense en un primer plano cómo el fuego se va a infiltrando en las grietas de la leña que previamente deterioró. Dentro de las salamandras de hierro de la catedral de Ely, en Cambridgeshire, Inglaterra, las brazas infernales se enredan en las maderas, las conquistan hasta hacerlas propias, y ahí es cuando sucede la traición: ¡crack! Las maderas se quiebran, crujen, y disparan chispas que lentamente buscan encontrarse con el resto de las astillas. Es noviembre de 2016, y en un plano más abierto, se ven a tres freaks del sonido embobados por el audio que reproduce el fuego. Son Joe Newman (voz y guitarra), Thom Green (batería y programación) y Gus Unger-Hamilton (teclados y coros), y están realizando una grabación de campo que desembocará en el tercer y más reciente álbum de alt-J, Relaxer, editado en junio de este año.

En efecto, el crepitar la leña terminó en la canción Pleader, junto al sonido de los turistas que paseaban, el coro de niños y los órganos de la iglesia, y samples de sirenas de policía. “Intentamos cosas nuevas, fue más experimental. Nos divertimos mucho. En House of the Rising Sun [reversión de la canción tradicional que popularizó The Animals], por ejemplo, grabamos a veinte guitarristas especialistas en música clásica de la Orquesta Metropolitana de Londres, que colaboró en seis de los tracks del LP. Fue increíble. Uno tocó el dulcémele. También usamos muchos instrumentos de viento… la flauta, el fagot. Expandimos nuestras fronteras en  una gran escala”, le explicó Gus a Billboard. Pero la orquesta y la catedral no fueron los únicos que ayudaron: Ellie Rowsell de Wolf Alice puso su voz en 3WW y Deadcrush, y Marika Hackman ofreció la suya para Last Year.

Con su último lanzamiento, alt-J concibió una belleza sombría de ocho canciones. “Fue una travesía emocional desde el momento en que empezamos la exploración sonora: pasamos del regocijo a la tristeza de un corazón roto, para finalmente terminarlo con esperanza”, dice el tecladista. Insisten con una voz que no es protagonista −casi que extiende sus garras desde detrás de los instrumentos− y un sonido que encuentra la armonía desde el procesamiento digital.

Relaxer es una vedette moderna cuyos implantes están dispuestos delicadamente: una suma de sutiles influencias que no logra tener una identidad definida. Algo así como un hermoso monstruo de Frankestein cuyos ensambles constituyen un organismo funcional, pero que cada parte logra remitir a algo distinto, y evidencia la privación del riesgo: de Radiohead tiene lo sexy de In Rainbows, lo enigmático de A Moon Shaped Pool y lo lúgubre de The King of Limbs; también hay restos de la suavidad de I See You de The xx y de la majestuosidad de Three de Phantogram.

Con su álbum debut, An Awesome Wake (2012) –que le valió el honor del Mejor Álbum Británico del Año en los premios Mercury−, y especialmente con el éxito de Breezeblocks –195.400.000 reproducciones en Spotify y 142.500.000 en YouTube−, alt-J se ganó el visto bueno del público y de los principales medios de la industria. Así, se convirtieron en abanderados del indie rock de estadios, y después de haber entregado los 38 minutos de Relaxer, sienten que pueden darse más lujos de experimentación: “Seguimos estando acá, seguimos siendo populares, así que ahora podemos hacer lo que queramos”.

El eclecticismo de las letras en la unidad es un punto a favor para el dinamismo del álbum: la inclusión de versos del cántico irlandés The Auld Triangle en Adeline, un homenaje a Truman Capote en Cold Blood, historias sexuales de moteles en Hit Me Like That Snare, amores difuntos en Deadcrush –Joe y Gus tuvieron parejas que murieron–, una canción dentro de otra estilo relato enmarcado en Last Year, una mención indirecta a la novela How Green Was My Valley de Richard Llewelyn en Pleader, y referencias shakesperianas en 3WW, como la alusión a la estatua de Julieta en Casa Di Giulietta en Verona (y no, el tema no tiene nada que ver con la Tercera Guerra Mundial: “Disfrutamos de la ambigüedad”). Además, su propia versión de House of The Rising Sun sacude el avispero de su esencia folk.

Existe la creencia de que el indie y los acuerdos discográficos son enemigos mortales y de que la independencia es el camino más honesto para no convertirse en un producto más. Pero alt-J no lo concibe así y tampoco teme exponer su alianza comercial:

Por los constantes cambios en el mercado de la música, los artistas están en una búsqueda incesable de la forma más ingeniosa para lanzar y difundir sus álbumes. Ustedes presentaron un nuevo videojuego para promocionarlo. ¿Cómo llegaron a esa decisión?

– Fue idea de la discográfica.

¿Por qué eligen comunicarse en código binario, a pesar de saber que no todos podrán descifrar el mensaje? [Agradecieron de ese modo vía Facebook a los fans por la buena recepción que tuvo 3WW, e incluso el “0011” del estribillo de la canción se traduce a “3WW”]

– De nuevo, idea de la discográfica. Aceptamos que somos parte de la industria. En un mundo utópico, podríamos hacer lo que deseáramos, pero no funciona de tal modo. Tenemos que generar dinero, y la discográfica también, así que entendemos y aceptamos esa relación.