El cuarteto es un prototipo de rock contemporáneo que prescinde de un estilo en particular: aires progresivos con post-rock y una estética depurada a través de un prisma “spinetteano”.

Cuando se hace referencia al recambio generacional del rock argentino, uno de los primeros argumentos en favor de esta nueva camada es el cruce de tradiciones y estéticas como fuente de inspiración constante. Lejos de la frialdad de los géneros establecidos, son cada vez más los artistas que eligen la ensalada de referencias frente a la disciplina del estilo.

Uno de los mejores ejemplos del rock contemporáneo despojado de estilos es el de Aloe, un grupo porteño que conjuga aires progresivos con post-rock y una estética depurada a través de un prisma “spinetteano”. El primer disco de Aloe, editado en 2015, es un recorrido virtuoso y distendido por distintos ritmos y climas armónicos. Cada acorde, con su expresividad y su textura, deja la sensación de ser fundamental en el devenir de las canciones. La poesía no se nutre solo de las palabras, sino también de la música en estado puro, que fluye, cambia, se transforma. Los juegos melódicos y la paleta sonora que remiten a Invisible y al paradigma del jazz rock son apenas la capa más superficial de la corteza. Vale la pena sumergirse en profundidad en su álbum debut para encontrarse con momentos de caos, sintetizadores espaciales y riffs y solos que se alquilan un espacio en nuestra memoria.

Tame Impala y el Pink Floyd de Syd Barret también aparecen aquí y allá, pero la música del grupo transpira un sentimiento porteño que tiene mucho de introspección: una suerte de espacio interior que sirve como refugio contra la bestia urbana. En ese punto se complementan el sentido de pertenencia a un rock argentino 3.0 y un contexto musical atravesado por la psicodelia indie y la experimentación a la hora del registro. Aloe es una banda de su tiempo y de su lugar, y eso se traduce en una obra que es producto de la reflexión y de la autoconciencia.

En ese cruce de intereses –el flash instrumental versus la depuración de la canción pop– se dibuja un camino propio en el que la lógica del “veamos qué pasa si…” puede más que el miedo al fracaso. Eso es lo que sucede en medio del proceso creativo de un segundo disco que ya se espera y promete ser todavía más denso en materia de información y contenido. Porque mañana siempre tiene que ser mejor.