El compositor y pianista Agustín Guerrero representa una de las máximas luces de la música argentina actual. Viene del tango, pero está generando algo inédito, un equilibrio entre la música popular y la contemporánea con referentes específicos.

Aunque no cante, la garganta de Agustín Guerrero suena tanguera. Rasposa, en efecto. También el tono, el modo y el lenguaje lo delatan como una persona salida de ese contexto. Y así es: tiene 29 años, poca edad para un músico, quizás, pero hace más de 20 que está inmerso en ese mundo. Toca el piano desde los 7, compuso su primer tango a los 11 y a los 16 tenía su propia orquesta. “El niño prodigio”, se escuchaba entre los rincones de los clubes cuando aparecía. No se quedó en esa: estudió, formó la OTAG (Orquesta Típica Agustín Guerrero), tocó en festivales de Alemania y México (entre otros), y se siente parte de la primera generación que lubricó el tango en el nuevo siglo: “Aunque era muy chico, yo vi la segunda presentación de la Fernández Branca, lo que sería después la Fernández Fierro. Siendo público ya sos parte de algo si después lo desarrollás”, asegura a Billboard.  

Guerrero estudió con Julián Peralta, Cristina Pería, Cecilia Methler, Ana Stampalia y Néstor Ibarra, músico de inspiración contemporánea con quien tomó clases puntuales de armonía, contrapunto y composición. “Ahí se me abrió mucho la cabeza”, asegura. Cursó en el conservatorio Julián Aguirre de Banfield y estudió Dirección Orquestal en la Universidad Maimónides gracias a la obtención de una beca. La base que sostiene a Guerrero en el tango de a poco comienza a trastabillar por sus propias búsquedas: “Estoy intentando un equilibrio entre la música popular y la académica del siglo XX con algunos referentes de cada uno de los géneros en los que me meto”, explica.

A la hora de las referencias, Guerrero arrancó su estudio en el lugar justo y con la persona indicada. Julián Peralta es uno de los fundadores de la Fernández Fierro y actualmente se desenvuelve en Astillero que, como lo indicó Billboard en su número 52, sacó en 2017 uno de los discos del año: Quilombo. Guerrero reflexiona sobre ese primer contacto docente e intuitivo: “Él es de Adrogué, y Pichuco, un amigo de mi viejo, fue el que dijo que tenía que estudiar con Julián. Desde chiquito tuve la necesidad de tocar música argentina, porque era lo que escuchaba en casa; entonces, apareció la recomendación un poco orientada por lo que se vivía en ese espacio de crecimiento. En ese tiempo, Julián tenía 24 años. Y lo que decía Pichuco era que Peralta, además de tener mucha docencia, enseñaba a través del piano mucha música argentina”. Los nombres musicales que se desprenden de la casa donde creció Guerrero son tajantes a la hora de pensar esa necesidad por la música popular: Atahualpa Yupanqui, Cafrune, Los Chalchaleros, Troilo, Zitarrosa, el Chango Nieto y Gardel.    

 Las reflexiones y disquisiciones con un músico como Agustín Guerrero son miles. Podés estar una tarde entera en un café de Lomas de Zamora desarrollándolas, como lo hizo Billboard para este encuentro, y sin embargo quedarte con la sensación de que eso fue solo un comienzo de su perfil. Se destaca una, al menos como muestra. Su amor por la música de Horacio Salgán y sus contradicciones y reconocimiento por la de Astor Piazzolla, un equilibrio justo a la hora de pensar en la obra de Guerrero: “Considero que estoy influenciado más por Salgán. Piazzolla siempre me provocó algo raro, contradictorio. Es más, de chico hasta no lo quería. Después me fui dando cuenta de lo que había hecho con la música”, afirma Guerrero mientras arma una mueca pícara con el lado izquierdo de su cara.

¿Cuándo fue que la cabeza te susurró diciéndote que existía un Salgán en el tango?

− Me acuerdo el año en que me empecé a fanatizar: a los trece. Comencé a entender que eso era medio distinto a todo el tango. Empecé a caer. Escuchaba que era más complicado y que tenía más cosas. Ahí empezó como un fanatismo groso hasta que me calmé. Hace poco estuve dando un seminario sobre Salgán en Rosario, fueron como cinco horas.

¿Llegaste a tener un diálogo con él?

− Fui dos veces a la casa, me prestó partituras y toqué en su piano. No me dijo nada, pero la manera en la que él se movía cuando yo estaba tocando me dio a entender que me estaba dando el o.k. de lo que estaba haciendo. Si alguien con la música se queda quieto, no la pasa bien. Pero si se mueve, eso quiere decir algo. O mucho.

A pesar de sus resistencias, a la hora de hablar de los desprendimientos del siglo XXI que pueda tener Astor Piazzolla, uno de los nombres que siempre salen a la luz es el de Agustín Guerrero. Hay que repetir que no tanto por el perfume de su música sino más bien por el desarrollo de una metodología que tiene al tango como punto de partida.

“Para mí Piazzolla fue fundamental para entender de que abría un montón de puertas. Él abría, hacía un aporte, pero no avanzaba. Lo hacía. Eso fue un gesto revolucionario, lo que pasa es que el problema de muchos es que piensan que para hacer algo revolucionario tiene que salir a partir de eso. Entonces pretenden hacer una música como la de Piazzolla y eso no se puede hacer, Piazzolla es uno solo. Siempre va a ser el mejor porque es él mismo, parece un chiste pero es así, es una música hecha para él. Con eso hay que ser cuidadoso. Por eso a veces se habla de que esa grieta está cerrada y en realidad se cierra si la querés imitar, pero si tomás las enseñanzas podés encontrar una de esas ventanas abiertas”, explica Guerrero y luego vuelve a su otro pilar en el tango: “Con Salgán pasa lo mismo. Si copiás sus formas, sonaste. Hay que agarrar un aspecto y continuarlo. Así es como podés generar algo nuevo”.     

Tres son los caminos que se pueden describir en la actualidad del compositor. El primero es el pleno desarrollo sonoro de su quinteto: “Recién ahora estamos llegando a la sonoridad deseada”, asegura. El segundo es el dúo que armó con el guitarrista Juan Scalerandi: “En unos días nos metemos a grabar un disco que vamos a presentar el año que viene”. Y el tercero es el espectáculo que realiza junto con el cantor rosarino Leonel Capitano, Orillas gardelianas: “Con este espectáculo dejamos registro. Grabamos en Rosario y también será un disco que vamos a presentar en 2018”, concluye. Es decir, habrá dos discos para el año que viene de uno de los músicos más importantes que tiene la actualidad del país y una certeza: su quinteto está llegando a un lugar deseado. Eso, para un compositor, siempre debería ser trascendencia periodística, porque, consecuentemente, es trascendencia musical.

Flor de fango cantó Gardel, uno de sus héroes del tango, para proyectar la imagen de un músico de Burzaco que siempre se movió por el underground. Una flor en el fango tiene la música argentina entre tanto adorno importado.