“No hay música en el mundo que penetre emocionalmente como lo puede hacer la guitarra de blues”, dijo una vez la cantante Bonnie Raitt, en el documental The Life Of Riley. Y si bien la frase puede referirse a los numerosos artistas que han hecho de la guitarra blusera su vida, en esa mención, la vocalista pelirroja pareciera querer homenajear solamente a uno de ellos, al difunto Riley B. King, mejor conocido como B. B. King.

El principio

Su relación de amor con el instrumento nació mientras el pequeño Riley vivió provisoriamente en lo de su tío. “El pastor, los domingos venía a visitar a su hermana, que era la mujer de mi tío. Siempre dejaba su guitarra sobre la cama, y yo la agarraba ni bien se distraían con otra cosa. Eso fue lo que realmente me puso en camino, no tanto el escuchar a otros”, dijo alguna vez. 

Luego vino su primera exposición al blues. Fue a los siete años, mientras King trabajaba en los campos de algodón de Kilmichael, Mississipi, donde ya vivía con su abuela. “Usualmente tendrías a un tipo arando, y por ahí escuchabas a otro cantando”, describió. Pero el blues no era un sonido que los sectores religiosos, a los que pertenecían su madre y su abuela, favorecieran. Para ellos era la música del diablo.

Tras el fallecimiento de su abuela y de su madre, su padre se lo llevó a Lexington, Mississipi, donde King contempló por primera vez la opresión y la segregación racial. “Una vez ví que una multitud enardecida había matado a un chico. Lo habían colgado, tenía que ver con una mujer blanca. Lo habían atado y llevado a rastras con un auto. Yo lo vi, y es algo que nunca olvidé. Parecido a cuando alguien ha matado en una guerra. Nunca lo olvida”, sostuvo King. Para su amigo Charles Evers, “B. B. sufrió lo que sufrimos todos; el racismo y la intolerancia. Pero déjenme decir esto sobre él: nunca dejó que eso lo ponga en contra de la gente blanca”.

King duró poco tiempo en Lexington. Cansado del ambiente, tomó su bicicleta y pedaleó de vuelta hasta Kilmichael, donde se quedó en lo de su primo, y trabajó en las plantaciones de Johnson Barrett. Fue por aquellos días que consiguió su primera guitarra, por la que pagó unos 15 dólares (unos 250 dólares actuales, si tomamos en cuenta la inflación).

Lanzado a la música

“Durante mis primeros años, cantaba canciones Gospel en varios cuartetos. Generalmente era la voz principal”, recuerda King en el documental. El más conocido de esos grupos fue el St. John Gospel Singers, donde ofició de voz principal y guitarrista. Pero a la noche Riley King se cambiaba el sombrero y tocaba blues. “Cuando tocaba gospel me daban una palmada en la espalda. Cuando tocaba blues me daban unos mangos”, dijo. El dinero, no obstante, seguía escaseando. 

Fue por eso que en 1946 trató de convencer a sus compañeros de dejar Mississipi y probar suerte como grupo profesional. Al rehusarse ellos, el guitarrista decidió que lo haría solo. King viajó entonces a Memphis, Tennessee, donde se instaló con su primo, el celebre blusero Bukka White. En aquel entonces la ciudad de Memphis estaba recien convirtiéndose en el centro de actividad de la música blues que sería después para cuando apareció Elvis Presley.

Pero para el joven guitarrista, si bien había llegado al lugar correcto, su suerte llegaría unos años mas tarde. Al punto de volver a casa por dos años hasta que se convenció nuevamente. “Volví con las piernas flojas a Mississipi. Pagué todas mis deudas y luego me sentí listo una vez más”, supo decir.

Fue en este segundo viaje a Memphis donde tuvo su primer éxito. El legendario Sonny Boy Williamson II fue quien le abrió las puertas de la radio al permitirle audicionar para su programa. Fue tal el éxito que le dieron diez minutos por programa en la cadena WDIA. Y el éxito era cada vez mayor. Eventualmente, King tuvo su propio programa. Lo único que hizo falta entonces fue un nombre que funcionara. Riley B. King pasó de ser “Beale Street Blues Boy”, a “Blues Boy King”, para finalmente quedar en B. B. King

El gran monarca 

En 1949, el guitarrista comenzó a grabar discos para Bullet Records, y luego para Modern Records, de la discográfica RPM. Dos años después, en 1951, su carrera dio el giro que esperaba al grabar Three O’clock Blues, que llegó a la cima de los charts de R&B, donde permaneció por 15 semanas. Poco a poco su fama se fue cimentando sobre hits como Every Day I Have the Blues, The Thrill is Gone, y Sweet Little Angel.” 

Allí, a mediados de los años 50 fue cuando Lucille entró en su vida. Mientras tocaba en un club en Twist, Arkansas, dos hombres empezaron a pelearse por una mujer y tiraron accidentalmente una estufa de kerosene, incendiando todo. Todos abandonaron el edificio sin problemas. Pero una vez afuera King se dio cuenta de que le faltaba una de sus guitarras favoritas. Se lanzó a buscarla en el edificio en llamas, y apenas logró salir. Al día siguiente se enteró que la mujer por la que se generó el embrollo se llamaba Lucille. “Le puse ese nombre a la guitarra para que me recuerde nunca hacer una cosa como esa otra vez. Y no lo volví a hacer”, recordó el guitarrista.

Con la llegada de los años 60, King comenzó a tener una visibilidad mayor entre las audiencias blancas. Fundamentalmente por la invasión británica de actos como The Beatles, The Rolling Stones, The Animals y The Yardbirds, todos grupos que reconocían como sus ancestros musicales a los bluseros del delta y de Chicago, como Robert Johnson y Muddy Waters respectivamente. Su álbum de 1964, Live At The Regal, era la biblia de los guitarristas ingleses. Así en 1968, King tocó en el Newport Folk Festival en el Fillmore West de San Francisco con grandes figuras del rock. Al año siguiente fue el telonero de los Stones durante su gira norteamericana. 

Su lugar en la historia estaba asegurado. Los años pasaron y de a poco, además de la musica, comenzó a expandir su presencia a distintos ámbitos. Participó en series como Married…With Children y en películas como Blues Brothers 2000 y When We Were Kings. Incluso lanzó su propio club, el B. B. King Blues Club sobre Beal Street en Memphis, activo desde 1993. Actualmente tiene sedes en Los Angeles, Nueva York, Connecticut, Palm Beach, Las Vegas y Nashville. 

A pesar de cuidarse del alcohol y del cigarrillo, su cuerpo inevitablemente comenzó a sufrir el paso de los años. Se le diagnosticó diabetes tipo 2, con lo que convivió los últimos 20 años de su vida. A pesar de esto, siguió activo hasta el 1º de mayo de 2015, cuando se le ordenó reposo en un hospicio de la ciudad de Las Vegas, donde vive, por un infarto.

Tras semanas de incertidumbre sobre su recuperación, el último de los llamados “tres reyes del blues”, a los 89 años, partió de este mundo. Ahora no hay quien pueda ocupar el trono tripartito que compartió con los otros King, Freddie y Albert. Pero no hay que pensar en eso. Aun quedan muchos discípulos, algunos más jóvenes que otros, pero a fin de cuentas todos fieles a su memoria. Y todos, al tomar sus guitarras aseguran, parafraseando a Neil Young, “que el rey ha muerto, pero no se ha olvidado”.