De American Idol a Queen, la estrella pop todavía está buscando su costado dulce. “Me resulta difícil ser feliz”.

Adam Lambert parece estar nervioso. El cantante de 1,85 metros deambula por su penthouse de Chateau Marmont, Hollywood, y se eleva por sobre un grupo de asistentes dentro de su par de botas con plataforma que lo hacen bastante más alto aún. Para completar el look, viste pantalones caídos en la entrepierna y una remera ajustada negra que le deja al descubierto su musculoso brazo con nuevos tatuajes; la mayor parte de esa tinta fue adquirida durante los últimos dos años. Es una imagen melancólica, más cruda, diferente a la del defensor del glam rock que fue Lambert, más acorde a la de un tipo que llama a su inhabilidad para estar contento “su lado oscuro”. “Me resulta difícil ser feliz –dice–. Incluso si las cosas van bien, tiendo a ver lo negativo y a ser muy crítico de mí mismo. Creo que aún estoy buscando algunas respuestas”.

Luego de seis años en el candelero, Lambert todavía está tratando de encontrarse a sí mismo y de hallar su zona de confort dentro de la industria de la música. Su tercer álbum de estudio, The Original High (del 16 de junio), está influenciado por la nueva oleada euro dance de maestros pop como Max Martin y Shellback, productores de Taylor Swift; tiene una lírica más oscura –la soledad es un tema recurrente– y también presenta un nuevo sello, Warner Bros., luego de haberse alejado de RCA por diferencias en lo creativo en 2013.

“Muchos de nosotros vamos por la vida tratando de recrear algo que ya ha sucedido, y eso hace que giremos en círculos intentando atrapar nuestra cola –dice Lambert de forma suave–. La vida no se trata de eso”.

Criado en San Diego, donde su madre trabajaba como diseñadora de interiores y su padre como profesional de software, Lambert comenzó como una anomalía entre los cantantes pop de American Idol: un roquero sexualmente ambiguo con voz para la ópera y atuendo de cuero. Luego de salir en el segundo puesto del concurso, reveló que era gay en la nota de tapa de la Rolling Stone. Nada de eso perjudicó su carrera. Su debut en una gran discográfica en 2010, For Your Entertainment, logró dos hits top 10, If I Had You y Whataya Want From Me. El siguiente, Trespassing (2012), además de tener un sonido más glam, lo convirtió en el primer artista masculino abiertamente gay en llegar a la cima de los Billboard 200. Ese mismo año, comenzó una nueva etapa de su carrera, haciendo giras como frontman de Queen. Un extraño logro para una joven superestrella pop, aunque Lamber ya había cantado Bohemian Rhapsody en la audición para Idol. 

Esos eran buenos tiempos. Más tarde, Lambert cuenta que sintió una creciente desconexión con RCA, compañía que, después de lanzar dos álbumes del cantante, creyó que había solo un camino para un tercero: un disco de covers de los 80. Había un problema: “No soy un tipo de los 80 –explica–. No conozco la música de esa década. Pero como soy muy respetuoso de las opiniones de los sellos, me puse a pensar en esa idea y comencé a investigar ese período. Pero no era algo que iba conmigo. Me sentí forzado a hacerlo”.

Relación abierta

Anunciar su separación del sello en julio de 2013 –justo tres meses después de haberse peleado con su novio de hacía tres años– fue “terrible”, recuerda Lambert. “Me preguntaba ‘¿Qué va a suceder ahora?’. ¿Cómo es esa expresión… ‛estar en un bote sin remos’?”. Le daba miedo la idea de llegar a ser otro graduado de Idol en el olvido. “Pensé en eso también –confiesa–. Me sentí desilusionado”.

Pero no se tuvo que sentir así por mucho tiempo, Warner Bros. lo contactó al día siguiente, y finalmente firmó con el sello. “Su camino ha tenido altas y bajas, y baches –admite el CEO de Warner, Cameron Strang–. Pero está listo para tener una gran carrera. Está mejor consigo mismo”.

El año pasado, Lambert se reunió con Max Martin, quien accedió a producir su siguiente proyecto con su frecuente colaborador Shellback. “Adam llegó a nosotros con nuevas ideas que nos inspiraron a estar más involucrados –cuenta Martin–. Estoy entusiasmado”.

El sonido del álbum se asemeja más a la música electrónica que al pop o el rock. No es un “disco de dance”, destaca cauteloso Lambert, pero está inspirado en los nightclubs, tanto de su ciudad adoptiva de Los Ángeles como de Estocolmo, donde mucho del material fue grabado con Martin. “Quería algo más interno y con los pies en la tierra”, dice. El primer single, Ghost Town, suena como un tema dance de los 90, pero su coro (“Mi corazón es una ciudad fantasma”) expresa cualquier sensación menos alegría. “El álbum es realmente honesto –afirma–. Se trata de dónde estoy en mi vida en este momento”.

¿Qué es eso con exactitud? Lambert últimamente se siente solo. “No sé qué es lo que quiero en una relación, y es por eso, probablemente, por lo que pongo mis energías en el trabajo. Estoy saliendo con mi álbum en estos momentos –se ríe–. Vamos bien. Tenemos una relación abierta”.