El bahiense cerró la Cuarta Luna del Festival de Cosquín con un set folklórico y sus clásicos pop ante una Plaza Próspero Molina casi al cien por ciento. Emoción, precisión musical y expansión sonora, entre las raíces y los sonidos pop bajo el temporal entre las sierras.

Abel Pintos deja volar una de sus manos cantando Mariposa, el martes 29 de enero a las 2.30 de la mañana en el Festival de Cosquín, cuando el viento se transforma en ráfagas de lluvia. “Cada final de los días lo real se confunde con lo onírico”, se endulza Abel, abriéndose a las gotas en el vuelo de sus dedos, bajo la noche de las sierras. “Entre el perfume suave de las rosas, de nuestro jardín. Con el abrazo de la mariposa te posas en mí”.

Abel se expande en los oídos masivos de la Cuarta Luna en la Plaza Próspero Molina, casi a tope, que resiste la lluvia creciente y goza con los pliegues de su voz y de su cuerpo en la trasnoche. ¿Y antes? A eso de las 12.30, había dicho en conferencia de prensa: “Cosquín es un festival muy especial para mí, por su historia legendaria y por mi propia historia aquí. En 2018 celebré mis veinte años en el escenario Atahualpa Yupanqui. Y ahora volveré a sumar un set folklórico al show de esta gira, llamado La familia festeja fuerte”.

Sin escucharlo aún, en la Próspero Molina saltaban y gritaban miles de adolescentes, chicos solos, chicas acompañadas por chicas, hombres con otros, y familias a la espera de Abel Pintos. ¿Cómo será volver a ver a un ídolo que sigue desvaneciendo cánones en la música popular, y que deja aflorar la sensualidad sin adjetivos de su cuerpo flaco, a la par de los misterios de su voz?

Al borde de las 2, con su sincronía escénica fascinó el conjunto de malambo La Huella, ganador del Pre-Cosquín por la sede San Juan. Las abeleras y los abeleros de todo el país (en la Próspero Molina aún sin lluvia) gritan con las mudanzas de malambo -del que poco conocen- llevados por la euforia próxima junto a Abel Pintos.

Y cuando él surge, por fin a las 2.30, de camisa en rayas rojas y blancas con cuello mao, anteojos redondos a lo Lennon, y canta “Cómo te extraño” en sincronía de reloj con el groove de su banda dirigida por Marcelo Predacino (guitarras, charango y hasta un aro de bombo sin caja, que vibra con poder eléctrico), muchas lloran. Otros bailan. Otras abrazan a sus hijos. Otros gozan. Otras golpean las vallas laterales y, todas y todos llegan al segundo tema, “Aquí te espero”, frente a ese cuerpo que se contorsiona en escena y eleva sus agudos a las nubes grises de Cosquín.

Continúa con “De sólo vivir” (del disco Abel), “Pájaro cantor” (de 11), y nuevos códigos en su sonido y su performance sin pudor. “Fijate cómo se mueve; cómo flexiona las piernas, con los antejos redondos, pelado y abriendo los brazos. ¿No tiene algo del Indio Solari?”, esboza una periodista cordobesa. Las huellas y coordenadas del arte de Abel Pintos son múltiples, siempre: del pop al rock, de la raíz folklórica al romance sin exaltación machista.

“Uno se siente siempre como la primera vez estar en Cosquín, y dos las gracias con toda mi alma por compartir esta fiesta con ustedes”, confía Abel frente al público.

Se despide del pop enchufado con “Oncemil”. Y vuelve -frente a la histeria adolescente- a su recuerdo triunfador en Viña del Mar de 2004 con Bailando con tu sombra (Alelí), de Víctor Heredia. Esa que dice: “Ya sabrá el infierno cómo hacer para aceptar, que baile en mi celda con tu sombra sin parar. Como he podido matar a quien me hacía soñar”.

En Buenos Aires, otras abeleras que no pudieron llegar a Cosquín siguen por TV o por streaming, minuto a minuto, cada estrofa y estribillo que recobra Abel. Una de ellas dice mirando la pantalla: “A esa canción no debería cantarla más. En la letra hay violencia de género”.

Quizá lo intuya Abel al contrastar aquella letra con la pausada seducción de “Mariposa”, cuando la lluvia comienza a rozar su figura y a hacer temblar a las fanáticas, brillosas de agua y nieve de carnaval. Algunos corren a refugiarse bajo los aleros de las gradas y puestos laterales: el aroma a empanadas fritas y a carne recalentada se funde a los hilos de tormenta sobre Cosquín.

Y Abel regresa así a su cuna de folklore: “Haremos un set de zambas para que los bailarines se animen”, dice, eligiendo el popurrí de “Sólo canto por vos”-“Quisiera”-“El beso”. Suena una clásica chacarera en pulsos más lentos y con leves golpes electrónicos: “La flor Azul”, de Arnedo Gallo y Rodríguez Villar. Elige su propia vieja zamba “Mi error” (algo menor en el peso de su repertorio) y otro clásico de honda gravitación reflexiva: la chacarera “La filosófica”. “La vida es la gran escuela, y en el aula del saber no te vaya a sorprender, que de un árbol bien nacido salgan los gajos torcidos, pues se han doblado al crecer”, canta.

─¡Qué temazo de Abel! ¡Qué profundo! ─dice una chica de 20, alzando un cartel de Bahía Blanca, el pago de aquél.

─Nooo. Esa chacarera es del santiagueño Elpidio Herrera ─detalla un porteño de más de 30, con poncho para el agua, mientras las pibas chapotean entre los pasillos.

Muchos en las redes sociales (y en los medios) llaman “épico” a este show de Pintos en Cosquín. Sin desvelo por tanto, el propio cantor e ídolo deja aflorar las lágrimas en momentos estratégicos del aguacero coscoíno como en “Sin principio ni final”, esa canción que legó primero a Los Nocheros y que recuperó sin exceso de miel en su voz.

Abel se toma el rostro, la frente brilla, los ojos tiemblan. Y la histeria se vuelve candor entre casi nueve mil personas. “¿Por qué lloró Abel Pintos en Cosquín?”, se lee en innumerables webs desde el miércoles 30 de enero. “Con mucho amor quiero hacer algo especial esta noche. Presentar una canción que me hace mucha ilusión”, revela Pintos para su single estreno y que, en días, tendrá su video alusivo: “Cien años”. El teclado (lejos de la versión grabada) vestirá de nuevos colores la voz del folklorista-pop que, escenas antes, pasó por “Asuntos pendientes” y por el festejo peruano “El Alcatraz”.

La tormenta arrecia su voz, su banda lo sostiene y las/los devotos adolescentes de Abel se deconstruyen en nuevas sensualidades para el resto de los hits envueltos en lluvia.

Hasta que Pintos rescata su hit “Crónica” en euforia de aguacero. Son las 4 de la mañana. Se abren las puertas oxidadas de la Próspero Molina para que los recién venidos celebren la lluvia con Abel, que sigue danzando (entre más hits) y decide una conexión con el rock de los 70: “Pensar en nada”, de León Gieco.

La armónica pregrabada da algo de tono blusero al cierre de esta máquina pop; Abel roza los cuerpos del público al borde del escenario húmedo y la noche de Cosquín va virando hacia las peñas alternativas a la celebración oficial. La voz del cantor de la música popular argentina inscrito en el folk, abierto al pop -y difundido en los charts sin fronteras-, se deja flotar. Y las abeleras y abeleros no dejan de llegar.