Un análisis de lo último de John, George, Paul y Ringo juntos en un estudio de grabación.

Primero, los datos románticos: Abbey Road es el último disco que grabaron los Beatles. El último tema se llama “The End” (“El fin”) y la última frase de ese último tema dice “Y en el final, el amor que recibes es igual al amor que construyes”.

Ahora, los datos realistas: Abbley Road no es el último disco que publicaron los Beatles (ese fue Let It Be, editado en 1970). Y Abbey Road termina, en realidad, con un track oculto titulado “Her Majesty”. La frase final allí es mucho menos trascendente: “Algún día la voy a hacer mía”

Haya sido, o no, pensado como el último acto de la banda más importante de la historia del rock y uno de los grandes acontecimientos culturales del siglo XX, Abbey Road, del que este mes se cumplen 50 años de su salida, se sostiene como una obra de arte al margen del lugar y la función que ocupe en la discografía de los Beatles. El mito alrededor de la grabación, la portada icónica, los rumores de una relación desgastada… todo forma parte de una imaginaria que se sostiene gracias a su hormigón fundamental: el poder de las canciones. Antes que nada y después de todo, allí se encuentra el espesor de los cuatro de Liverpool. Nadie nunca dominó con tanta maestría el arte de combinar melodía, ritmo y armonía y disponerlos en el envase más simple y antiguo: estrofa-puente-estribillo. Con 10 años y 10 discos de experiencia, ellos eran, tal vez demasiado, conscientes de tal logro

Para 1969, los Beatles eran más grandes que Jesús y también más grandes que ellos mismos. En apenas una década, habían hecho del rock un movimiento contracultural de escala mundial, “inventado” la adolescencia, llevado sus discos a niveles de experimentación impensados en la música popular, moldeado sus personalidades como referentes de una generación y una larga lista de logros que nunca son exagerados. Todo eso, sobre el peso de sus hombros y sus egos, fue parte de un combo que provocó rispideces que terminaron por dañar seriamente el engranaje interno. Tanto fue así que, antes de la grabación, John Lennon ya había anunciado a sus compañeros que se iba del grupo.

Con ese estado de situación, Paul McCartney y George Martin diseñaron un plan de trabajo para recuperar la chispa del cuarteto: volver a las bases y grabar un disco como en los viejos tiempos. Cuatro músicos y un productor dentro de un estudio con las canciones como norte. “Volvimos a tocar como músicos de nuevo”, le dijo George Harrison a Thomas MacFarlane para su libro The Beatles’ Abbey Road Medley Extended Forms in Popular Music. Lejos de las sobre grabaciones y la búsqueda de vanguardia en la que se habían abanderado desde Revolver, los Beatles fueron al reencuentro con su propia sencillez. Una suerte de palo y a la bolsa sin necesidad de renegar de su pasado inmediato. No había intenciones de reaccionar contra su evolución sino más bien de volver a sentir cómo eran las cosas ahora que todos (excepto Paul, técnicamente) peinaban barbas.

Ya desde el bajo proto-funk de McCartney en el comienzo de “Come Together”, el track inicial, los Beatles dejan en claro que habría cierta crudeza-de-banda-de-rock como búsqueda sonora. Incluso en el tema siguiente (“Something”, la balada salida de la pluma de Harrison), todo se mantiene dentro de esos parámetros. Si ambos temas, lanzados como lados B y A, respectivamente, del mismo single, funcionan como estados de ánimo extremos, el grupo mostraba ahí mismo que podía hacerse cargo de todo y a pesar de todo. “Maxwell’s Silver Hammer” y “Oh, Darling!”, ambas de McCartney, provocó algunas (más) tensiones. La primera, sobre todo, por sonar, en palabras de John y Ringo, como “música para abuelas”; la segunda, de calidad mucho menos reprochable, es un doo-wop en pulso de blues que Lennon luego entendería como más apropiada para su estilo de voz que del propio Paul. Para el cierre del lado A, “Octopus’s Garden”, de Ringo, y “I Want You (She’s So Heavy”, de John para Yoko, el grupo vuelve a probar su versatilidad: un tema bien calmo primero y una guitarra que prefigura el rock progresivo después.

The Beatles.

El lado B sería más a pedir de Paul. “Here Comes The Sun” (el tema más escuchado de los Beatles en Spotify es cortesía de Harrison) y “Because” se imponen como los temas memorables de esa mitad, pero enseguida le sigue el famoso “Medley” que McCartney compuso como una suite de ocho minicanciones. Incluso bajo el pacto de no agresión, la lucha de poderes existía y ese round fue para el bajista. “The End” funciona entonces como final del “Medley”, final del disco y final del grupo. O casi. Porque, como ya se mencionó antes, “Her Majesty” aparece en forma de último aliento. Después de ahí, el futuro incierto. Como en la portada: las cuatro individualidades caminando hacia adelante, pero no juntos. Al llegar del otro lado de la calle, cada uno podría tomar una dirección distinta y ante la certeza de una reunión futura improbable. 

Abbey Road es el resultado de una tregua. Todas las partes involucradas sabían que la relación había terminado, pero así y todo acordaron un último encuentro. No para dejar rencores de lado sino para pausar el tiempo y las hostilidades, aunque sea para ser felices por un rato y que el futuro se encargue de plantar los problemas a resolver. La felicidad dura un instante, las canciones de los Beatles para siempre. Entregarse al 100% en ese capítulo final y “acabar juntos” como podría traducirse en clave soft-porn ese primer tema del disco. Durante 47 minutos, John & Paul & George & Ringo construyen amor (desde donde ya no había) para recibir una cantidad igual (o mucho mayor). Así lo cantan en “The End”, aunque después hayan venido un track oculto y un disco post-separación. Dos posdatas no tan necesarias, pero entendibles: cualquier despedida es poca, y el adiós puede alargarse cuando te llamas The Beatles y sucede que sos la banda de rock más grande la historia.