Desde su génesis, Led Zeppelin eligió el blues como factor común, sin descuidar la incorporación de sonidos laterales que definirían una nueva forma de entender el rock and roll en los setenta: folk inglés, arreglos arábigos y gestos barrocos.

Así como, según La Renga, 2 + 2 = 3; y según Radiohead, 2 + 2 = 5, no caben dudas de que, en términos de Led Zeppelin, dos más dos siempre, pero siempre, dio cuatro. Cuatro músicos abocados cada uno a una tarea única y distinta a la de los otros; cuatro ingredientes musicales clave en su estética (el blues, el folk, la psicodelia y el soul); ocho discos de estudio claramente divisibles en dos tetralogías; y la certeza de que entre 1969 y 1980 fueron la banda más grande de un género de cuatro letras: el rock (con y sin el roll). Y Led Zeppelin, el disco debut del grupo, es la muestra de que cada uno de esos elementos ya estaban presentes y eran parte constitutiva de su sonido desde el minuto cero. “Solo hace falta escuchar los primeros dos segundos de la primera canción de su primer disco para entender perfectamente qué quería hacer Led Zeppelin –escribió Jon Dolan en una reseña retrospectiva editada en el bookazine de Rolling Stone–. O, mejor dicho, qué querían hacerte a vos”. Así de contundente y de en-tu-cara es el comienzo de “Good Times Bad Times”. Una célula rítmica de dos notas que impactan como una mole contra el parlante y desatan la furia pulsional de Jimmy Page y Robert Plant. Después de un cierre con un fade-out inexplicable, “Babe I’m Gonna Leave You” es el opuesto perfecto: la prefiguración de la power ballad con un arpegio dulce y un estribillo desgarrador. En más de seis minutos, el cuarteto edifica una balada tierna de arquitectura monumental.

Los integrantes de Led Zeppelin apenas se conocían cuando entraron a grabar las nueve canciones que componen su álbum homónimo. Sin embargo, no les llevó más de 30 horas dar con el resultado final. Si la estructura política de un grupo de rock se construye a partir de la diversidad de sus individualidades (al contrario de, por ejemplo, la de una orquesta, donde se define por la unicidad de sus individuos), el cuarteto londinense cumplía ese precepto al pie de la letra, como solo The Who lo había hecho hasta entonces. Un cantante (Robert Plant), un guitarrista (Jimmy Page), un baterista (John Bonham) y un bajista (John Paul Jones) puestos a tocar de la manera más fuerte y expansiva que sea posible. Porque para ellos siempre fue una cuestión de volumen, en tanto cantidad de decibeles, pero también en cuanto al espacio: Led Zeppelin suena voluminoso. La virilidad del sonido es tal que el teórico Simon Firth llamó al estilo “cock-rock” (algo así como “rock fálico”) y lo definió como “una expresión magistral, explícita y cruda de sexualidad (…). La música es fuerte, rítmicamente insistente, construida alrededor de técnicas de excitación y liberación. Las letras son asertivas y arrogantes, pero las palabras son menos significativas que las formas vocales involucradas, los chillidos agudos y los gritos”. “Dazed and Confused” (que más adelante tuvo que incluir en los créditos que había sido inspirada por el cantautor Jack Holmes) con sus alaridos orgásmicos y “Communication Breakdown” con sus staccatos punzantes y el solo de guitarra lacerante son las pruebas irrefutables de la idea de Firth manifestada en Led Zeppelin.

Si parte del ADN de Led Zeppelin es el blues, en su ópera prima queda bien en claro con “You Shook Me” y “I Can’t Quit You Baby”, dos composiciones de Willie Dixon. Respetando todo el ethos blusero (la rítmica en 12/8, los turn arounds, los punteos extendidos y el clima de lamento amoroso), el grupo le añade nada más (y nada menos) que toda su voracidad amplificada. “Para Led Zeppelin, la electrificación y decoloración étnica del blues siempre debe ser épica, descomunal e intimidatoria”, definió Pablo Schanton para Clarín en 2003 a propósito de la salida del triple en vivo How the West Was Won. Mucho antes de las incursiones épicas (“The Inmigrant Song”) y el ocultismo místico (“Black Dog”), Zeppelin fue una banda de ingleses blancos que veían a Muddy Waters como faro. Jimmy Page ya contaba con cierto reconocimiento por haber tocado en los Yardbirds (pudo haber contado para este proyecto con Keith Moon y Jeff Beck, pero decidió ir por sangre nueva), John Paul Jones se había establecido como músico de sesión y Bonham y Plant eran desconocidos que habían formado parte de Band of Joy, de nula trascendencia. En total control de la situación, el guitarrista definió el repertorio, produjo este y los discos siguientes, y formó la identidad del grupo a su antojo. Sus compañeros irían ganando protagonismo en la toma de decisiones con el correr de los años y a medida que Zeppelin, sus canciones y sus ambiciones se volvieran cada vez más grandes.

Con un teclado de aires barrocos, “Your Time Is Gonna Come” deja entrever cómo el northern soul de la época había hecho mella en las inflexiones vocales de Plant, que en su registro medio reafirma la atmósfera de mañanas campestres del tema. Detrás, Bonham, esa bestia capaz de golpear su batería como si la estuviese pisando un luchador de sumo, prueba toda su ductilidad con una base delicada. En el final, un pequeño detalle de producción: el tema se extiende tanto que se cuela en el inicio de “Black Mountain Side”, un instrumental (el primero de una larga saga del grupo) repleto de guitarras acústicas de inspiración arábiga y ejecución folk, reversión de un tema de Bert Jansch. El disco cierra con todo el arsenal zeppeliniano al servicio de “How Many More Times”. John Paul Jones ensaya un groove protojazzero, Page entromete su guitarra como un relámpago y Plant se va cargando de tantos agudos como su garganta le permite. Y eso es más de lo que puede cualquier otra garganta. Ocho minutos de rock and roll construido por adición hasta terminar en ebullición eléctrica. En 1975, William Burroughs entrevistó a Jimmy Page para la revista Crawdaddy. En la introducción, escribió que Led Zeppelin “no inventó el heavy metal, lo convirtió en una forma de arte”. Desde 1969 hasta 1980, eso fue Led Zeppelin, la forma de arte más desbocada y voraz de la cultura rock. Y Led Zeppelin, el disco, la prefiguración de su grandilocuencia.