El domingo finalizó el festival que celebra la música folklórica del país, y además de los grupos tradicionales la grilla presentó modernidad y diversidad en sus Nueve Lunas.

“Señores programadores de los festivales: abran las tranqueras. Por más mujeres en los escenarios”, alzó la voz la Bruja Salguero el sábado cerca de las 23 horas en la Octava Luna del Festival de Cosquín. “La música no es sólo para divertir sino para sembrar conciencia”, concibió más tarde el cantautor cordobés José Luis Aguirre. Y un día antes lo marcaba Raly Barrionuevo: “Nosotros nos subimos a los escenarios para cambiar el mundo”.

Este domingo terminó la 59ª edición de Cosquín, en la que se demostró algo claro: una necesidad de mayor visibilidad a las y los artistas con mensajes sonoros y sociales de este tiempo. Y, en sintonía, el debate clave que recorrió el festival fue el bajo porcentaje de artistas mujeres presentes. Este año hubo en las Nueve Lunas 110 hombres y 20 mujeres programadas (entre figuras centrales e invitadas), sin contar los cuerpos de baile y las delegaciones provinciales. Un número desigual frente a la incontable variedad de cantoras e instrumentistas de hoy.

Cosquín 2019 reconfirmó las disímiles tendencias en las músicas de raíz del siglo XXI. Están los tradicionales, los masivos que repiten o combinan fórmulas -entre el pop, lo romántico y hasta el reggaetón- para las palmas sin freno, y los exponentes alternativos. “Vivimos días difíciles. Hay que borrar las fronteras”, ampliaba el sábado la Bruja, quien invitaría al power trío cordobés Eruca Sativa, en afinidad conceptual y rebelde con los demás programados de esa anteúltima Luna.

¿Y qué había pasado en las Lunas Previas con los artistas folklóricos menos apegados a la estridencia? Esa distancia entre quienes cobijan sonoridades y poesías sin concesiones y los famosos de alta rotación se plasmó desde el arranque. El homenaje a Mercedes Sosa “Traigo un pueblo en mi voz” inició el sábado 26 la Primera Luna de Cosquín con un cruce de generaciones en la línea profunda de lo popular. León Gieco, Peteco Carabajal, Víctor Heredia, Teresa Parodi, Liliana Herrero, Julia Zenko y Mónica Abraham atesoraron la obra de la Negra en diálogo con sus pares más jóvenes. La Bruja, Bruno Arias, Nahuel Pennisi, José Luis Aguirre y Nadia Larcher concibieron una celebración dirigida y arreglada por Popi Spatocco más coro y orquesta. No habrá olvido para este encuentro de tres edades hacia la ideología y las marcas de la Negra.

Esa misma noche inicial (en la que volvió Emiliano Zerbini, el consagrado en 2018) ocurrió otro encuentro cabal. La Trova Rosarina -como delegación oficial de Santa Fe- recobró sus clásicos con potencia, afinación y brillo atemporal: Juan Carlos Baglietto, Jorge Fandermole, Silvina Garré, Adrián Abonizio y Fabián Gallardo evocaron, sin nostalgia, una música argentina integradora (entre el folklore, el rock y el tango) desde los años ’80, que jamás se dejó de multiplicar.

En otro segmento de la Luna inicial, el Cuarteto Karê -de Rosario- recordó la impronta de los grupos vocales de los años ’70, quienes jamás subestimaron a su público. Allí está otra de las claves de de la renovación tímbrica de hoy. Como número final de la noche, Soledad Pastorutti ofreció su carisma y su profesionalidad sin quiebres. También ella ofrece un puente a las vetas menos eufóricas de hoy.

Lunas en nuevos tonos

En el adiós de la Segunda Luna del domingo 27, Peteco Carabajal inició con sus clásicos a guitarra y voz solas, y desmalezó la Plaza Próspero Molina del romance recargado del trío Destino San Javier. Luego sumó a su hijo Homero Carabajal (guitarras) y a su hijastra Martina Ulrich (batería) para presentar las nuevas canciones y las ya grabadas de su proyecto en trío “Riendas Libres”. Con bailarines a tono, la magia del creador que no descansa y el desvelo de quienes saben que Peteco es fiel a sí mismo para seguir buscando: con el riesgo como bandera.

La del lunes 28 iba a ser una Luna más conservadora. Tras la elegante furia del violinero Néstor Garnica hubo otros en la línea amor-tradición-patria-paisaje: desde Los Guaraníes hasta Facundo Toro con Nacho Prado y Daniel Campos (Los Nombradores del Alba). Y el martes 29, Nahuel Pennisi con su guitarra sobre las piernas fue de un repertorio de Atahualpa Yupanqui a su hit “Ser feliz” y a “El témpano”, de Abonizio: llegó sin esfuerzo a las mismas notas que allí sólo logra Baglietto. ¿Cómo expresar tal virtuosismo con sólo una voz, una guitarra y selectos músicos detrás? No le hicieron falta pirotecnia ni gritos para emocionar.

Más tarde, Patricia Gómez -con su refinación litoraleña- abrió nuevos matices en la Plaza, que en el remate se preparaba para la maquinaria pop de Abel Pintos, al ritmo del aguacero. Él también evocó parte de su acervo folklórico primal bajo la lluvia. Muchos hablaron de un concierto “épico”. Pero, lejos de adjetivos altisonantes, con Abel hubo un alto despliegue escénico y performático de un cantante que mira al mundo para latir con su interior. Fue la noche más taquillera (con casi el 100 por ciento de entradas vendidas).

El miércoles 30, más allá de los auto-homenajes de Los Cuatro de Córdoba, Los Manseros Santiagueños y la nostalgia de Por Siempre Tucu, el grupo Los Carabajal vibró a la par de la Plaza. Con homenajes a Jacinto Piedra, sintonía de pueblos originarios y permanencia, el linaje Carabajal sabe dejar latiendo a todos. Justo antes, las pampeanas Lucrecia Rodrigo y Ángela Irene agregaron los matices de las llanuras tornasoles y las huellas de su provincia.

Ya el jueves 31 comenzó a aumentar el número de nuevos referentes y emergentes innovadores de las raíces. Bruno Arias abrió esa Sexta Luna con un homenaje a Jaime Torres (con sus tres hijos Juan Cruz Torres, Soledad y Manuela) y, enseguida, con “el pogo andino”: entre cuerpos de baile, discurso social y vibración en la Plaza. Muchos lo criticaron por haber dicho “¡sin presos políticos en la Argentina!” en el homenaje a Mercedes Sosa del primer día. También a la joven platense-jujeña Milena Salamanca, por haber cantado con una proyección en pantalla de mujeres referenciales e incluir a Cristina Kirchner y a Milagro Sala.

Más allá de afinidades o de distancias partidarias, las discusiones sobre “la música y lo político” atravesaron Cosquín, pero nadie podrá soslayar que la entrega de Arias en vivo sigue en aumento. O que Salamanca es una intérprete despojada de adjetivos trillados. Esa misma Luna aparecerían Los Tekis con su pirotecnia escénica sobre un Jujuy casi de postal, y la cerraría el salteño Lucio “el Indio” Rojas con un show afín al de su hermano Jorge Rojas, que apuntala su repercusión. Entremedio, los riojanos Josho González y Flor Castro enarbolaron a la chaya como acto rebelde y a la vez ceremonial, demostrando que lo folklórico es más que entretenimiento: es un hecho de liberación emocional, mental y grupal.

Tres noches sin concesiones

La Luna siguiente -del viernes 1º de febrero- no casualmente se llamó “Piedra y camino” como la zamba de Atahualpa Yupanqui. Pedro Aznar volvió a Cosquín (luego de 2009) y lo dejó todo: con el bajo eléctrico y el acústico, su voz de múltiples pliegues y la guitarra eléctrica, hasta pasó imágenes de su época con Charly García para “Mientes”; hizo cantar al público sus propias escalas de bajo mientras iba y venía sonriendo por el escenario, y terminó bagualeando a pura caja.

Tras él, Charo Bogarín ofreció otra visión de la obra de Mercedes Sosa, conjugando lenguajes y nuevas formas. Y el trovador multiinstrumentista chileno Nano Stern -por primera vez en Cosquín- invocó a Víctor Jara e invitó a Aznar, desenfadó cuecas y ganó poderosa ternura en su “Carnavalito del ciempiés”, con Bruno Arias y más danzantes de lo andino.

Al rato, los cordobeses de Presenta Trío debutaron en el escenario Atahualpa Yupanqui electrificando clásicos, con actitud de jazz-rock. Y el final de la Séptima Luna fue para Raly Barrionuevo y su profusa banda, de 2:20 a 4:20 horas. “¡Bienvenides! que lo disfruten”, dijo, con lenguaje inclusivo. Como invitados vinieron Nano Stern, y además Milena Salamanca y la chilena Miloska Valero: sonó una chacarera feminista y los tres recordaron a Violeta Parra.

Tampoco quedarán lejos de la memoria las presencias del sábado 2 de febrero: La Callejera acentuó su moderna actitud peñera sin nichos. La Bruja (Premio Consagración 2017), al fin, cantó sin temor de afinidad rockera. Y con Bruno Arias y luego con Eruca Sativa generó un momento inolvidable: la zamba “Amor Ausente”, pasada por los pedales enchufados de la guitarra y el bajo de Sativa, y la canción de conciencia campesina “Cuando tenga la tierra”. Una vez más, en este gesto estuvo la huella de Mercedes Sosa (y de todas las que se empoderan sin eufemismos).

“Es importante que haya más mujeres en los festivales del folklore y del rock. Nosotras poseemos una fuerza ancestral, una tripa guerrera tremenda, y quienes no nos toman en cuenta se la pierden”, le dijo la Bruja a Billboard. La anteúltima Luna iba a seguir bien conectada: hubo un homenaje al icónico Zitto Segovia, del Chaco, por su hijo Lucas Segovia, el chaqueño Coqui Ortiz y el misionero Joselo Schuap.

Enseguida llegaron el Chango Spasiuk y su chamamé de cámara para festejar 30 años, otra vez superándose a sí mismo; Horacio Banegas y sus chacareras que expanden sus pulsos con electricidad y misterio; el Dúo Coplanacu y su vigencia en varias generaciones (para presentar su disco Los Copla), la inventiva testimonial y transerrana de José Luis Aguirre, y el dúo Orellana Lucca con su visión pinkfloydeana del universo de las chacareras.

Quedaba la Novena Luna, que inició con Los Nocheros y cerraría con el Chaqueño Palavecino, y que tuvo a la vez un cálido homenaje al recordado Jorge Marziali. ¿Qué iba a suceder con el anhelado premio Revelación, que surge de los Pre-Cosquines y se entrega al cierre? En este rubro triunfó Guido Encinas, Solista Vocal Masculino por la Sede Chaco, quien -más allá de su indudable soltura- recuerda un poco al primer Abel. Claro que los demás candidatos a la Revelación, como la honda cantora Camila Nievas (de 21 años), no fueron menores en calidad. El premio al Destacado de Espectáculos Callejeros fue para Rivera Folk y hubo menciones especiales para Sofía Assis y Abuelo Algarrobo.

¿Cuál iba a ser el criterio para el Premio Consagración, el máximo del Festival? Ya en los últimos días resonaban tres o cuatro candidatos: Nahuel Pennisi,Milena Salamanca, el Indio Rojas, y José Luis Aguirre. El domingo, Cosquín 2019 decidió consagrar a Rojas, un poderoso cantor investido de euforia.