Se cumplen cinco décadas de un álbum que marcó un antes y un después para el grupo británico.

Un disco puede ser mucho más que una selección de canciones. A veces, funcionan como testimonio de una época; combinan un mensaje potente, la encarnación de un contexto y un éxito comercial. Tal es el caso de Tommy (1969) de The Who, cuarto álbum de la banda británica que los consolidó en tiempos en donde The Beatles comenzaban a despedirse y los Rolling Stones sufrían de escándalos mediáticos. Con esta obra la opinión pública comenzó a hablar de Ópera Rock, un concepto que no era nuevo (ya había sido explorado por The Kinks, The Pretty Things o Keith  West) pero que se popularizó con esta álbum al comprobar que el formato disco podría ser un dispositivo narrativo.

Un antecedente clave fue el disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) de The Beatles. Allí el rock se complejiza y, pese a que el concepto no se mantuvo a lo largo de todo el álbum, “ayudó a forjar la idea del rock como arte, y del rock como término unificador de una cultura que parecía unidimensional, pero no lo era y que cada vez se fragmentaba más en subgéneros, nuevos estilos y denominaciones distintas”, según afirman Sergio Marchi y Fernando Blanco en su libro The Beatles, En el Final (1967-1970) Editorial Planeta. Aún se percibían las esquirlas de aquel “verano del amor” en San Francisco, que se extendió hasta el viejo continente junto con el hippismo y la psicodelia. The Who, empapados de blues norteamericano y del movimiento Mod, le dieron su propia vuelta de tuerca al asunto de la mano de Pete Townshend, su alma mater y principal compositor. Hace tiempo tenía en mente utilizar al rock como lenguaje para construir una historia compleja. Quería construir personajes y una trama sólida que se cuente a lo largo de las canciones. Los antecedentes fueron “A Quick One, While He’s Away”, una canción narrada en seis partes acerca de la infidelidad y la traición amorosa. Allí fue clave su representante histórico, Kit Lambert, quien luego sería el productor de Tommy. Grabado entre septiembre de 1968 y enero de 1969 en los IBC Studios de Londres, de 75 minutos de duración y 24 canciones, contando sets instrumentales, Townshend se inspiró en las enseñanzas del gurú Meher Babá para diseñar a su protagonista. Tommy sería un chico sordo, ciego y mudo que atravesaría una serie de abusos, episodios traumáticos y descubrimientos hasta convertirse en una suerte de guía espiritual. La música, pergeñada por The Who, funciona como una recreación de las sensaciones vivenciadas por este joven a lo largo de su odisea.

Hubo un encuentro durante la grabación con el crítico Nik Cohn que fue determinante. Él se encontraba escribiendo una novela sobre el pinball y tal sería el puntapié que Townshend necesitaba para quitarle al álbum cierta solemnidad. Dicho cruce originaría “Pinball Wizard”, tema que se convirtió en un clásico a partir de un notable trabajo de voces y de ensamble de guitarras.

¿Cómo suena? The Who se diferenció de otras bandas del momento por su energía rabiosa en el vivo: la locura de Keith Moon, la versatilidad en el bajo de John Entwistle, el histrionismo de Roger Daltrey en voz y el virtuosismo vertiginoso de guitar-hero de Townshend. Según cuenta la leyenda, fueron de los primeros en destrozar sus instrumentos arriba del escenario. ¿Cómo trasladar esa ferocidad al álbum? Muchos lo creían imposible. Aquí la banda, con Lambert en producción, se dedicó de manera obsesiva al trabajo delicado de cada canción, con momentos de estallidos y sutilezas, orquestación, y arreglos de piano que brindan de sutileza preciosista a  melodías como “1921” o punteos de guitarra rectores de la melodía como en “The Acid Queen”. La batería de Moon, con un redoble épico, es demoledora. También se incluyen reminiscencias beat, por ejemplo en “Do You Think It´s Allright?” o arreglos de guitarra simples de formato canción como en “We´re Not Gonna Take It”. “Underture” -notable pieza instrumental de diez minutos de duración- bien podría haber sido una influencia para Luis Alberto Spinetta, por sus acordes abiertos,  texturas, cortes, acentos y silencios. De hecho, “El Flaco” compuso un tema del mismo nombre, “Obertura”, para el disco Almendra II (1970).

Escribió Townshend en sus memorias (Who I Am, Malpaso): “la «pretenciosidad» de Tommy era necesaria. Sin su audacia y morro para atraer tanto la atención como el oprobio, creo que los Who habrían desaparecido o se habrían sumido en la inanidad. Además, disfruté escribiendo canciones que obedecieran a un discurso determinado. Así es como había empezado, me solía funcionar, y el resultado fueron una serie de canciones que, de otro modo, no se habrían compuesto. Después de Tommy, cada serie de canciones que entregaba para el grupo estaban inspiradas en una idea, historia o concepto que obedecía a cierto tipo de forma dramática, no siempre evidente, pero siempre presente”.

Este disco le abrió paso a obras como The Wall (1979) de Pink Floyd, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) de David Bowie, Jesus Christ Superstar (1971)  de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber, The Lamb Lies Down on Broadway (1974) de Genesis o Bat Out of Hell (1977) de Meat Loaf. Sería clave para bandas como Queen o artistas como Frank Zappa. Tendría su adaptación teatral, sinfónica y hasta cinematográfica (dirigida por Ken Russel, con Roger Daltrey como Tommy y cameos de Elton John, Tina Turner, Eric Clapton, entre otros). El rock se consolidaba y coqueteaba con la alta cultura, transgrediendo los fronteras de lo (hasta entonces) políticamente correcto o esperable. Ya no era algo propio de ciertos jóvenes revoltosos sino, más bien, formaba parte del arte y la cultura.  

Cada pieza se sumaba a la siguiente, el todo fue más que la suma de las partes. En términos comerciales fue el mayor éxito de la banda hasta la fecha, consagrándolos como una de las bandas más importantes de la década del 70. Obtuvo el segundo puesto en la lista de los más vendidos del Reino Unido y lograron, por primera vez, ingresar al top 10 estadounidense Billboard 200. Dos años antes, ocuparon el puesto 48 con The Who Sell Out (1967). Todo esto acrecentó el interés de Norteamérica por su música. Algo que se mantendría en los años posteriores.

A cincuenta años de su publicación, Tommy funciona como un exponente del fin de la psicodelia y la consolidación del rock como lenguaje artístico. La década del sesenta abrió paso a la experimentación. La juventud de posguerra pedía a gritos liberarse. Eran épocas de Guerra Fría y Generación X, de los últimos esbozos de la generación “Baby Boomer”. También, los discursos eran robustos y las ideologías inundaban las veredas, distinto a lo que vendría luego de la caída del muro de Berlín: posmodernidad, modernidad líquida, fin de las ideologías, post-verdad. Hoy, muchos artistas no necesitan ni siquiera grabar un disco. Les alcanza con subir un tema a Spotify o un video a YouTube para consagrarse y llenar estadios. El boca a boca es virtual y el disco como objeto en sí, como soporte de un discurso, atraviesa una crisis. Hoy, su esencia, está en jaque. Pero el legado de The Who sigue vigente en cada canción que ofrezca la posibilidad de contar una historia.