A Miles Davis la tradición siempre le importó bastante poco. Para 1969, y con 42 años de edad, ya había cambiado el curso del jazz en no menos de dos oportunidades y se preparaba para una tercera.

“Todos esos puristas andan caminando por ahí, hablando de cómo los instrumentos eléctricos van a arruinar a la música. La mala música va a arruinar a la música, no los instrumentos que los músicos eligen tocar”, escribe Miles Davis en su autobiografía cuando recuerda los años de In A Silent Way, el disco que este 30 de julio cumple 50 años y que significó su primera grabación con una banda totalmente eléctrica. La vehemencia con la que el trompetista nacido en Alton, Illinois militó su posición del lado menos conservador de la grieta no era un grito en el desierto. Así como hoy se discute el uso del autotune, hacia fines de los 60, la intelligentzia jazzera veía en el auge del rock y su consecuente electrificación el enemigo principal de la música. Enchufarse suponía, para ellos, una ayuda técnica (aseguraban que tocar un piano eléctrico era más fácil que tocar uno acústico) y una renuncia a los sonidos de la tradición.

Pero a Miles Davis la tradición siempre le importó bastante poco. Para 1969, y con 42 años de edad, ya había cambiado el curso del jazz en no menos de dos oportunidades y se preparaba para una tercera. El cool jazz con Birth of the Cool (grabado entre 1949 y 1950 pero editado recién en 1957) y el jazz modal con Kind of Blue (1959) lo habían coronado no sólo como uno de los mejores trompetistas de su generación, sino también como una mente creativa que entendía a la búsqueda de originalidad como el gran eje estético del arte. Un poco más acá de las vanguardias, sin embargo, había algo que no estaba dispuesto a negociar: sus aspiraciones de masividad.

Por eso no dudó en desatomizar su quinteto, ese que se completaba con Herbie Hancock en piano, Wayne Shorter en saxo, Tony Williams en batería y Ron Carter en contrabajo, y que tal vez sea la mejor formación jazzera de todos los tiempos. Fanatizado por la música de Jimi Hendrix y Sly And The Family Stone, Miles Davis quiso llevar su sonido para ese terreno, y en el curso de unos meses sumaría para su formación a John McLaughlin en guitarra, a Dave Holland en bajo eléctrico y a Chick Corea y Joe Zawinul en piano eléctrico. De aquel quinteto quedarían todos excepto Carter. Con ese personal entró a grabar In A Silent Way el 18 de febrero de 1969. No harían falta segundas ni terceras sesiones.

Integrado por un tema tripartito de cada lado, In A Silent Way planteó un panorama radical para su época y hoy es considerado uno de los primeros discos de jazz-rock de la historia. En tiempos de lisergia, Miles Davis aportaba su propia visión: una psicodelia gélida, melancólica. Simplificadas las armonías, los instrumentos valían ahora más por su poder melódico y textural. Tal como lo había pergeñado en Kind of Blue, los acordes permanecen estáticos. Ya no importa su función armónica: importa su color. Con los tempos ralentizados, el swing se disuelve como un hielo que se derrite bajo un sol de otoño y las improvisaciones se vuelven diáfanas. Transcurren, como bien lo dice el nombre del disco, “de una manera silenciosa”. 

En ese contexto sonoro, la trompeta de Miles Davis suena como si hubiese estado allí desde toda la vida. Carente de afectación alguna, cada nota se abre paso tímidamente en ese entramado tan complejo y frágil como una telaraña que apenas se resiste al viento. Se trata de un jazz sin clímax ni épica, casi ambient. En la construcción de ese jazz tántrico, los arpegios de la guitarra de McLaughlin (en un flash forward a 1991, andá a buscarlos a Mark Hollis en Laughing Stock, de Talk Talk) y el magma de teclados del tridente Hancock-Corea-Zawinul se vuelven clave.

Ahora bien. Es cierto que la electrificación, que le daba un abanico de recursos sonoros antes impensado y le permitiría salir de los clubes de jazz para tocar ante multitudes y llegar al público joven, es el factor sobresaliente del disco de Miles. De hecho, en 1970 formaría parte del festival Isle of Wight, en el que compartió cartel con los ya mencionados Jimi Hendrix y Sly & The Family Stone, además de The Doors, Joni Mitchell, Emerson Lake & Palmer y Jethro Tull, entre otros. Pero también es cierto que la dos piezas del disco deben su forma más a la sonata que a cualquier estructura propia del rock. El esquema Exposición-Desarrollo-Recapitulación rige ambas composiciones (“Shhh”-“Peaceful”-“Shhh” y “In A Silent Way”-“It’s About Time”-“In A Silent Way”) como bloques fijos, más espaciales que temporales.

Demasiado rockero para ser jazzero y demasiado jazzero para ser rockero, In A Silent Way tiene el valor de hablarle a su época con la mirada en el futuro. La electrificación del jazz y los cruces con el rock y el funk se volverían la norma en los 70. Todo eso está contenido en el disco con el que uno de los músicos más geniales del siglo XX daría por iniciado su “Período eléctrico” para no abandonarlo nunca más. Extasiado por lo nuevo, apenas 20 días más tarde de la salida de In A Silent Way, entraría a grabar Bitches Brew, el álbum de jazz-rock por excelencia. La década del 60 llegaba a su fin como una de las más liberadoras para el arte pop en todas sus formas, y allí estaba Miles Davis para absorber las tendencias y hacerlas propias. Una constante en alguien que siempre entendió al jazz como una música que tiene al cambio constante en su ADN. Con o sin enchufes. 

Como toda piedra angular, In A Silent Way tiene valor por peso propio y también por lo que significó a futuro. El sonido del disco etéreo pero las convicciones sobre las que fue construido sólidas. Tal vez porque así se vive mejor el silencio: como la ausencia de todo lo que no se necesita para envolver los principios más fuertes, sean dichos o no. “Los músicos tienen que tocar los instrumentos que mejor reflejen el tiempo en el que viven”, asegura Miles Davis también en su autobiografía. Y su trompeta siempre está allí, hablándole a su tiempo. Antes, ahora y después.